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Pasión de Gavilanes Capítulo 187 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 187 Fuego en la Sangre

El sol del atardecer teñía de naranja la hacienda en las afueras de Guadalajara, donde el aire cargado de tierra seca y flores de bugambilia te rozaba la piel como una caricia prometedora. Tú, con el vestido ligero pegado al cuerpo por el sudor del día, sentías cómo el calor subía desde tus entrañas, avivado por los recuerdos de la noche anterior. Habías visto Pasión de Gavilanes capítulo 187, esa escena donde los hermanos Reyes se entregaban a sus amadas con una ferocidad que te dejó el corazón latiendo desbocado y un cosquilleo entre las piernas que no se apagaba. Órale, pensabas, neta que esa pasión es contagiosa.

Te recargaste en la cerca de madera, el tacto áspero contra tus palmas, mientras el relincho lejano de los caballos y el canto de los grillos empezaban a llenar el crepúsculo. Tu piel olía a vainilla del jabón y a ese sudor salado que te hacía sentir viva, mujer en todo su esplendor. De repente, oíste el trote de botas sobre la grava. Era él, Rodrigo, tu amante desde hace meses, el vaquero de ojos negros como la noche sinaloense y brazos fuertes de tanto domar potros. Llevaba la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que te volvía loca, y un sombrero que le daba ese aire de galán de telenovela.

¡Ay, wey, qué chido verte así, con esa mirada que me deshace!
pensaste, mientras él se acercaba con esa sonrisa pícara que prometía problemas del mejor tipo.

Nena, ¿qué te traes? Te ves como si el diablo te hubiera picado —dijo Rodrigo con voz ronca, deteniéndose a un paso de ti. Su aliento traía olor a tabaco y tequila fresco, una mezcla que te mareaba más que cualquier licor.

Tú lo miraste de arriba abajo, sintiendo cómo tus pezones se endurecían bajo la tela fina del vestido. —Es culpa de Pasión de Gavilanes capítulo 187, carnal. Esa entrega total... me dejó pensando en nosotros. ¿No sentiste lo mismo anoche?

Él rio bajito, un sonido grave que vibró en tu pecho, y extendió la mano para acariciar tu mejilla. Su piel callosa rozó la tuya suave, enviando chispas directas a tu vientre. —Claro que sí, mi reina. Esos gavilanes nos tienen inspirados. Pero déjame mostrarte mi propia pasión.

Acto primero de esa noche: la tensión se enredaba como las enredaderas en las paredes de la hacienda. Él te jaló suave hacia sí, sus labios capturando los tuyos en un beso lento, explorador. Saboreaste el salado de su boca, el roce húmedo de su lengua danzando con la tuya, mientras tus manos subían por su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la piel caliente. El mundo se redujo a eso: el crujir de la cerca, el viento susurrando secretos, y el aroma de su excitación mezclándose con el tuyo, ese almizcle dulce que te humedecía las bragas.

Te apartaste un segundo, jadeante, para mirarlo a los ojos. —No tan rápido, pendejo juguetón. Quiero que me hagas suplicar.

Él asintió, con esa obediencia fingida que te empoderaba. Te cargó en brazos como si no pesaras nada, sus músculos tensos contra tu cuerpo, y te llevó al porche cubierto, donde una hamaca de red esperaba. Te recostó allí con gentileza, el balanceo suave meciéndote como olas. Sus manos bajaron por tus hombros, desatando el lazo del vestido con dedos temblorosos de deseo contenido. La tela cayó, exponiendo tus senos al aire fresco de la noche, los pezones erguidos como botones de rosas bajo la luna naciente.

¡Qué delicia sentirlo mirándome así, como si fuera la única mujer en el mundo!

El medio acto ardía ya: sus labios descendieron por tu cuello, mordisqueando suave, dejando un rastro de saliva tibia que se enfriaba al viento. Lamía tu clavícula, bajando hasta un seno, donde succionó el pezón con hambre devoradora. El placer te arqueó la espalda, un gemido escapando de tu garganta —ahhh, sí, así—. Tus uñas se clavaron en su nuca, oliendo su cabello a heno y sol. Bajó más, besando tu vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar al borde de tus bragas empapadas. El olor de tu arousal lo invadió, y gruñó como animal satisfecho.

—Estás chorreando por mí, corazón —murmuró, su aliento caliente sobre tu monte de Venus.

—Pues haz algo al respecto, vaquero —respondiste, abriendo las piernas con audacia, sintiendo el poder de tu deseo.

Deslizó las bragas por tus muslos, el roce de la tela contra tu piel sensible te erizó el vello. Su lengua encontró tu clítoris hinchado, lamiéndolo en círculos lentos, saboreando tus jugos salados y dulces. El sonido húmedo de su boca chupando, combinado con tus jadeos y el chirrido de la hamaca, creaba una sinfonía erótica. Tus caderas se movían solas, presionando contra su rostro barbado que raspaba delicioso. ¡Más, no pares! gritaste en tu mente, mientras olas de placer subían por tu espina.

Pero querías más, lo querías dentro. Lo jalaste por el pelo, obligándolo a subir. —Quítate la ropa, ya.

Se puso de pie, quitándose la camisa con prisa, revelando el torso esculpido por el trabajo rudo. Sus pantalones cayeron, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La viste saltar libre, el glande brillando con pre-semen, y la codicia te invadió. La tocaste, sintiendo el calor satinado, la dureza de acero bajo terciopelo. Él gimió, ¡carajo, tus manos!.

Lo guiaste a la hamaca, montándolo con piernas temblorosas. La punta rozó tu entrada húmeda, y descendiste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llenaba, estirándote hasta el fondo. El dolor placer inicial se convirtió en éxtasis puro cuando tus nalgas tocaron sus muslos peludos. Empezaste a moverte, arriba y abajo, el balanceo de la hamaca amplificando cada embestida. Sus manos amasaban tus chichis, pellizcando pezones, mientras tú cabalgabas como amazona salvaje.

El clímax se acercaba en espiral: sudor perlando vuestros cuerpos, mezclándose en regueros salados que lamías de su cuello. El olor a sexo crudo, a piel caliente y fluidos, impregnaba el aire. Tus paredes internas lo apretaban rítmicamente, ordeñándolo, mientras él gruñía ¡te voy a llenar, mi amor!. Cambiaron posición; él te volteó sobre la hamaca, penetrándote por atrás, sus bolas golpeando tu clítoris con cada estocada profunda. El sonido de carne contra carne, plaf plaf, resonaba con tus gritos —¡más duro, rómpeme!—.

La liberación explotó como fuegos artificiales: tu orgasmo te sacudió entera, jugos chorreando por tus piernas, el placer cegador haciendo que vieras estrellas. Él te siguió segundos después, eyaculando dentro con rugidos guturales, su semen caliente inundándote en pulsos interminables. Colapsaron juntos, la hamaca meciéndolos en afterglow pegajoso.

El final sereno: Rodrigo te abrazó por detrás, su verga aún semi-dura dentro, palpitando suave. Besaba tu hombro, el viento nocturno secando el sudor de vuestras pieles. —Eres mi pasión de gavilanes, nena. Capítulo 187 no se compara.

Tú sonreíste, satisfecha, el cuerpo pesado de placer.

Esta es nuestra historia, ardiente y eterna, bajo el cielo mexicano.
El canto de los grillos los arrulló, dejando un eco de deseo que prometía más noches así, infinitas como las estrellas.

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