Actor Diario de una Pasion
Soy Javier, actor de telenovelas en el corazón del DF, donde las luces de los sets me ciegan y las fans me persiguen como si fuera el galán perfecto. Pero neta, mi vida es un chorro de escenas repetidas, besos falsos y diálogos que ya me sé de memoria. Hasta que apareció ella, Ana, en una fiesta post-grabación en Polanco. Alta, con curvas que gritaban chíngame, ojos negros como el mole poblano y una risa que me erizó la piel. Me miró como si ya supiera todos mis secretos. Esa noche, empecé este diario, mi actor diario de una pasión, para no volerme loco con lo que sentí al instante: un cosquilleo en la verga que no se iba.
Entrada 1: 15 de octubre. La vi bailando salsa, su falda roja subiendo por muslos morenos y firmes. Olía a jazmín y tequila, un combo que me puso duro al segundo. Le invité un trago, "¿Qué onda, mamacita? ¿Bailamos o qué?" Me contestó con una sonrisa pícara: "Solo si prometes no actuar, Javier." Neta, su voz ronca me mojó los calzones. Hablamos horas, tocándonos los brazos como por accidente. Al despedirnos, su beso en la mejilla dejó un rastro húmedo que olí toda la noche. Mañana la invito a cenar. No aguanto más esta hambre.
El DF bullía afuera de mi depa en la Roma, con el claxon de los taxis y el olor a elotes asados flotando en el aire húmedo. Me desperté con la verga tiesa, recordando su aliento cálido en mi oreja. La invité a un restaurante en la Condesa, uno de esos con velitas y tacos de autor. Cuando llegó, vestida con un escote que dejaba ver el valle entre sus chichis perfectas, mi pulso se aceleró como en una escena de acción. Cenamos, riendo de mis chistes de pendejo famoso, y sus pies rozaron los míos bajo la mesa, subiendo despacito por mi pantorrilla. Sentí el calor de su piel a través de la tela, un toque eléctrico que me hizo apretar los dientes.
Qué chingón es esto, pensé, mientras su mano rozaba la mía al pasar el guacamole. Hablamos de todo: su curro como diseñadora gráfica, mis broncas en el set con directores mamones. Pero en sus ojos ardía algo más, un fuego que me lamía por dentro. Al salir, la abracé contra la pared del valet, nuestros cuerpos pegados. Su concha rozó mi cadera, y gemí bajito al sentir su humedad a través del vestido. "Ven a mi depa, Ana. No actúo, te lo juro." Ella mordió mi labio inferior, saboreando a sal y deseo. "Sí, carnal. Pero despacito, que esto va pa'l largo."
Entrada 2: 16 de octubre. Su piel sabe a mango maduro y sudor dulce. La llevé a mi cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujieron bajo nosotros. Nos besamos como hambrientos, lenguas enredadas, chupando saliva con sabor a mezcal. Le quité el vestido, revelando lencería negra que enmarcaba sus pezones duros como piedras de obsidiana. Los lamí, sintiendo su temblor, el olor almizclado de su excitación subiendo desde su panocha. "Más, Javier, no pares", jadeó, clavándome las uñas en la espalda. Le metí la mano entre las piernas, moja como río en crecida. Sus gemidos llenaron el cuarto, un coro que me ponía la verga a reventar.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. La tumbé boca arriba, besando su cuello salado, bajando por su vientre suave hasta su ombligo, donde metí la lengua y la hice arquearse. Sus muslos me aprisionaron la cabeza, piel caliente y sedosa contra mi cara barbuda. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas que me volvían loco. Le abrí las piernas, admirando su panocha rosada, hinchada y lista. La lamí despacio, saboreando su jugo ácido y dulce, como tamarindo fresco. Su clítoris palpitaba bajo mi lengua, y ella gritó "¡Ay, cabrón, qué rico!", tirando de mi pelo.
Pero no quería acabar así. Me quité la ropa, mi verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando pre-semen. Ana la miró con hambre, acariciándola con dedos temblorosos. "Qué pinga tan chida, actorcito." Se la metió a la boca, chupando con labios carnosos, lengua girando en la cabeza sensible. Sentí su garganta apretándome, el sonido húmedo de succión mezclándose con mi jadeo ronco. Casi me vengo, pero la detuve. "Ahora te chingo yo, reina."
La puse a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto para agarrar. Escupí en mi mano, unté mi verga y la froté contra su raja empapada. Ella empujó hacia atrás, impaciente. "Métemela ya, pendejo. Te necesito adentro." Empujé despacio, sintiendo su concha tragándome centímetro a centímetro, caliente y apretada como guante de terciopelo. Gemimos juntos, el slap de piel contra piel empezando lento, acelerando. Sus chichis se mecían, yo las amasaba desde atrás, pellizcando pezones. Sudábamos, el cuarto olía a sexo y colonia cara, nuestros cuerpos chocando con ritmo de cumbia cachonda.
Entrada 3: 17 de octubre. La cogí como animal, profundo y fuerte, su panocha contrayéndose alrededor de mi verga. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como jinete en rodeo, sus caderas girando, clítoris frotándose en mi pubis. "¡Me vengo, Javier! ¡No pares!" Su orgasmo la sacudió, jugos chorreando por mis bolas, uñas en mi pecho. Yo la volteé, misionero para mirarla a los ojos, besándola mientras la taladraba. Su interior me ordeñaba, y exploté, llenándola de leche caliente, chorros que sentía salpicar dentro. Colapsamos, pegajosos y felices, su cabeza en mi pecho oyendo mi corazón galopante.
Después, en la afterglow, fumamos un churro con cajeta en la cama, riendo de lo pendejos que éramos por esperar tanto. Su piel brillaba de sudor, olor a nosotros impregnado en las sábanas. Me contó sus sueños, yo los míos, sin cámaras ni guion. "Esto no es actuación, ¿verdad?", murmuró, trazando mi verga flácida con el dedo. "Neta que no, Ana. Es pasión de la buena, mexicana y cabrona."
Ahora, mientras escribo, la veo dormir a mi lado, respiración suave como brisa de Xochimilco. Este diario guarda mi secreto: encontré mi pasión real, no en sets ni reflectores, sino en su cuerpo que me hace hombre de verdad. Mañana grabo otra escena, pero ya no soy el mismo actor. Soy el de diario de una pasión que apenas empieza. Quién sabe qué vendrá, pero con ella, todo pinta chingón.