Kika Edgar Pasión
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de luces neón y risas que se mezclaban con el ritmo de la cumbia rebajada que salía de los altavoces. Yo, Kika, me había puesto mi vestido negro ajustado, el que marca las curvas justito, porque neta, necesitaba soltarme. Hacía semanas que no salía, desde que terminé con ese pendejo de mi ex. Entré al bar con mis amigas, pero mis ojos ya andaban escaneando el lugar como radar.
Allá, en la barra, lo vi. Edgar. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojarte de solo imaginarla. Llevaba una camisa blanca remangada, mostrando unos antebrazos fuertes, de los que dan ganas de morder. Pidió un tequila reposado, y cuando volteó, nuestras miradas chocaron. Órale, pensé, este güey es puro fuego.
Me acerqué con mi mejor pose, pidiendo un margarita con sal. "Qué buena noche para un trago, ¿no?", le dije, con voz ronca adrede. Él se giró, oliendo a colonia cara, esa que huele a madera y deseo. "Sí, y para conocer a alguien como tú", respondió, con ojos que me recorrían de arriba abajo. Se llamaba Edgar, ingeniero en una empresa chida de la colonia, soltero y con ganas de aventura. Hablamos de todo: de la pinche tráfico de Reforma, de tacos al pastor en la esquina, de cómo la vida en la CDMX te pone a prueba. Pero debajo de las palabras, había chispas. Su risa grave me erizaba la piel, y cada roce accidental de su mano en mi brazo mandaba corrientes hasta mis muslos.
¡Chin, Kika, no te lances tan rápido! Pero neta, su boca se ve tan suave...
La música subió de volumen, y me jaló a la pista. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro contra el mío, el sudor empezando a perlar su cuello. Olía a hombre, a tequila y a algo salvaje. Sus manos en mi cintura, bajando un poquito más, apretando. Sentí su verga endureciéndose contra mi cadera, y ay, Dios, mi panocha se contrajo de pura anticipación. "Eres fuego, Kika", me susurró al oído, su aliento caliente rozándome la oreja. "Tú no te quedas atrás, Edgar", le contesté, mordiéndome el labio.
Salimos del bar casi a las dos, el aire fresco de la noche contrastando con el calor que nos quemaba por dentro. Tomamos un Uber a su depa en Lomas, un lugar moderno con vista a la ciudad. En el camino, no paramos de tocarnos: sus dedos en mi muslo, subiendo despacio, mi mano en su paquete, sintiendo lo grande y duro que estaba. "No aguanto más", gemí cuando entramos. Nos besamos como locos en el elevador, lenguas enredadas, saboreando el salado del sudor y el dulce del deseo.
Adentro, las luces tenues pintaban su piel de dorado. Me quitó el vestido con manos temblorosas de ganas, besando cada centímetro que descubría. "Eres perfecta, mamacita", murmuró, mientras sus labios bajaban por mi cuello, chupando suave hasta dejar una marca roja. Yo le arranqué la camisa, clavando uñas en su pecho velludo, oliendo su aroma masculino que me mareaba. Caímos en la cama king size, sábanas frescas contra mi espalda desnuda.
Sus besos bajaron a mis tetas, lamiendo los pezones duros como piedras, mordisqueando hasta que arqueé la espalda gimiendo. "¡Sí, así, cabrón!", le pedí, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto. Bajó más, besando mi ombligo, mi vientre tembloroso. Cuando llegó a mi panocha, ya estaba empapada, los labios hinchados de pura kika edgar pasión que nos consumía. Separó mis piernas con gentileza, inhalando profundo. "Hueles a miel, Kika", dijo, antes de meter la lengua.
Ay, wey, qué delicia. Lamía despacio, círculos en mi clítoris, chupando mis jugos con hambre. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, en el punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El sonido de su succión, chapoteante y obsceno, llenaba la habitación junto con mis jadeos. "¡No pares, Edgar, pinche dios del sexo!" Olía a sexo, a mi excitación mezclada con su saliva. Me vine duro, temblando, gritando su nombre mientras olas de placer me rompían.
Esto es lo que necesitaba, pura pasión sin complicaciones. Edgar sabe lo que hace, carnal.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas redondas. "Quiero comerte toda", gruñó. Lamio mi ano con ternura, haciendo que me retorciera de placer nuevo. Luego, se puso de rodillas detrás de mí. Sentí su verga gruesa rozando mi entrada, cabezona y venosa, goteando precum. "Dime si quieres", pidió, siempre atento. "¡Métemela ya, güey! ¡Te quiero adentro!", supliqué, empinando el culo.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Qué apretada estás, Kika!", jadeó, agarrando mis caderas. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada vena, cada embestida. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, me volvía loca. Aceleró, sudando, gruñendo como animal. Yo me tocaba el clítoris, sincronizando con sus estocadas profundas. "¡Más fuerte, Edgar, rómpeme!", le pedí, y él obedeció, clavándome hasta el fondo.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando su verga dura como acero. Veía su cara de éxtasis, ojos cerrados, boca abierta. "¡Te ves tan chingón así!", le dije, apretando mis paredes internas. El olor a sexo era intenso, sudor, fluidos, pasión cruda. Sentí otro orgasmo construyéndose, mis muslos temblando. "¡Me vengo, Edgar!", grité, y él "¡Yo también, reina!". Se corrió dentro, chorros calientes llenándome, mientras yo explotaba en espasmos, arañando su pecho.
Colapsamos, jadeantes, su verga aún palpitando dentro de mí. Me besó suave, limpiando el sudor de mi frente con la lengua. "Eso fue kika edgar pasión pura", susurró riendo. Yo sonreí, acurrucada en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. La ciudad brillaba afuera, pero aquí dentro, todo era paz y calidez.
Nos quedamos así horas, hablando bajito de sueños, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de más noches como esta. No era solo sexo; había conexión, esa chispa que promete más. Al amanecer, con su brazo alrededor de mi cintura, pensé: Esto apenas empieza, wey. La kika edgar pasión nos había marcado, y no había vuelta atrás.