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Pasión por el Diseño Sensual

6961 palabras

Pasión por el Diseño Sensual

En el corazón de la Condesa, en mi taller lleno de telas suaves y maniquíes que parecían susurrar secretos, yo era la reina del hilo y la aguja. Me llamaba Ana, y mi pasión por el diseño era lo que me hacía vibrar cada mañana. Diseñaba ropa que abrazaba el cuerpo como un amante, curvas que se delineaban con seda y encaje, prendas que convertían a cualquier mujer en diosa. Pero ese día, todo cambió cuando él entró por la puerta.

Se llamaba Diego, un tipo alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el chocolate de Oaxaca y una sonrisa que prometía travesuras. Venía por un traje a medida, algo elegante para una gala en Polanco. “Neta, Ana, quiero que me vistas como si fueras a desvestirme después”, dijo con esa voz grave que me erizó la piel. Reí, pensando que era un mamón coqueto, pero su mirada se clavó en mí, recorriendo mi blusa ajustada y mis jeans que marcaban mis caderas. El aire se cargó de un olor a cuero nuevo y su colonia fresca, como limón con un toque picante.

Empecé a tomarle medidas, mi cinta métrica deslizándose por su pecho ancho. Sentí el calor de su piel a través de la camisa, el latido firme de su corazón bajo mis dedos. “¿Ves? Esta es mi pasión por el diseño”, murmuré, tratando de sonar profesional, pero mi voz salió ronca. Él se acercó un poco más, su aliento cálido en mi cuello. “Y yo siento tu pasión, carnala. Se nota en cómo tocas la tela... y a mí”.

¿Qué chingados estoy haciendo? Este pendejo me está volviendo loca con solo mirarme. Su cuerpo es perfecto, como un lienzo para mis manos.

Acto primero: la tensión inicial. Terminamos la sesión sin más, pero su imagen se quedó grabada en mi mente esa noche, mientras me tocaba bajo las sábanas, imaginando sus manos en lugar de las mías.

Al día siguiente, Diego regresó por la primera prueba. El taller estaba iluminado por la luz del atardecer que se colaba por las ventanas altas, tiñendo todo de oro. Le puse el chaleco sin mangas, ajustándolo a su torso musculoso. Mis dedos rozaron su abdomen, duro como piedra tallada. “¿Te gusta cómo queda?”, pregunté, mi aliento acelerado. Él giró frente al espejo, pero sus ojos estaban en mí. “Me gusta más cómo te ves tú, sudando un poquito por el calor... o por mí”.

El ambiente se espesó, el sonido de la ciudad allá abajo —cláxones y risas— se volvió un murmullo lejano. Olía a café recién hecho que había preparado y a su aroma masculino, terroso. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo, y sentí un pulso entre mis piernas, húmedo y urgente. “Diego, esto es trabajo”, dije, pero mi mano se quedó en su pecho, sintiendo cómo subía y bajaba. Él cubrió mi mano con la suya, grande y cálida. “¿Y si lo hacemos placer? Neta, desde que te vi, no paro de pensar en tu pasión por el diseño... aplicada a mí”.

Me besó entonces, suave al principio, sus labios carnosos probando los míos como si saboreara un tamal recién hecho. Sabía a menta y deseo. Mis rodillas flaquearon, y me apoyé en él, mi lengua respondiendo con hambre. Sus manos bajaron a mis caderas, apretando la carne suave bajo la tela. “Eres una chingona diseñando cuerpos”, susurró contra mi boca.

¡Qué rico! Su boca es fuego, y mi cuerpo responde como si lo hubiera diseñado yo misma para él.

La escalada fue gradual, deliciosa. Lo llevé al sofá de terciopelo rojo en la esquina del taller, donde solía descansar entre creaciones. Le quité la camisa, revelando un pecho bronceado, con vellos oscuros que invitaban a la caricia. Mis uñas arañaron ligeramente, oyendo su gemido grave, como un ronroneo. Él me desabotonó la blusa, exponiendo mis senos llenos, los pezones ya duros como piedritas. “Míralos, perfectos para mi boca”, dijo, y chupó uno, lamiendo con lengua experta. El placer me recorrió como corriente eléctrica, un jadeo escapó de mis labios.

Sus manos exploraron mis jeans, bajándolos con urgencia contenida. Olía a mi excitación, almizclada y dulce, mezclada con el perfume de las telas. “Estás mojada por mí, ¿verdad, reina?”, murmuró, sus dedos deslizándose por mis labios hinchados. Asentí, perdida en el tacto áspero de sus yemas contra mi clítoris sensible. “Sí, pendejo, hazme tuya”. Introdujo dos dedos, curvándolos justo donde dolía de placer, mientras su pulgar giraba en círculos. Mi cadera se movía sola, el sonido húmedo de mi deseo llenando el cuarto.

Lo empujé hacia atrás, queriendo devorarlo. Bajé su pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor vivo, el terciopelo de la piel. “Esta es mi nueva pasión por el diseño”, dije juguetona, lamiendo la punta salada. Él gruñó, enredando sus dedos en mi cabello. La chupé profunda, saboreando su esencia masculina, el sabor salado con un toque dulce. Sus caderas se alzaron, follándome la boca con ritmo creciente.

¡Dios, qué grande y dura! Quiero que me llene, que me rompa de placer.

La intensidad subió como la marea en Acapulco. Me monté en él, guiando su polla a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. “¡Ay, cabrón, qué rico!”, grité, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empecé a cabalgar, mis senos rebotando, sus manos amasándolos. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el crujir del sofá... todo era sinfonía erótica.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome con fuerza controlada. Sus ojos en los míos, sudor goteando de su frente al valle de mis pechos. “Eres mi musa, Ana. Tu pasión me enciende”. Cada estocada rozaba mi punto G, el placer acumulándose como tormenta. Olía a sexo puro, a nosotros fusionados. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas. “Más fuerte, Diego, ¡dame todo!”.

El clímax llegó como avalancha. Sentí las contracciones primero, mi coño apretándolo como vicio, oleadas de éxtasis sacudiéndome. Grité su nombre, el mundo explotando en luces blancas. Él se tensó, gruñendo, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos.

Quedamos jadeantes, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante calmarse. El taller volvía a la vida: el tic-tac de un reloj lejano, el aroma a sexo y telas impregnado en el aire. Me besó el hombro, suave. “Esto fue más que una prueba, ¿verdad?”.

Sonreí, acariciando su cabello revuelto. “Fue el diseño perfecto, carnal. Mi pasión por el diseño ahora incluye tu cuerpo”. Nos vestimos despacio, risas compartidas, promesas de más sesiones. Salí a la ventana, viendo las luces de la ciudad parpadear como estrellas. Por primera vez, mi pasión no era solo tela y forma, sino carne viva, deseo compartido.

Y así, entre hilos y besos, encontré mi mejor creación: nosotros.

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