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Diario de una Pasion Española

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Diario de una Pasion Española

Querido diario, hoy empecé a escribirte porque no aguanto más esta diario de una pasion español que me quema por dentro. Todo comenzó en el Zócalo, bajo ese solazo de la Ciudad de México que te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho pirulos, con mi puesto de antojitos en la esquina, viéndolo llegar como si fuera un toro español sacado de una película. Javier, se llama, con ese acento de Madrid que suena a fuego y a mar. Alto, moreno, ojos verdes que te clavan como flechas. Me pidió unos tacos al pastor y mientras le servía, su mano rozó la mía. Neta, sentí un chispazo que me subió por el brazo hasta el pecho. Olía a colonia cara mezclada con el humo de la carne asada, y su risa... ay, su risa grave me puso la piel chinita.

Hoy conocí a un español que me revolvió las tripas. ¿Será que su pasión es como dicen, ardiente y sin frenos? Tengo que anotar cada detalle, no vaya a ser que se me escape.

Al día siguiente, me invitó a un café en la Roma. Caminamos por las calles empedradas, el aire fresco de la tarde trayendo olor a jazmín de los balcones. Hablábamos de todo: de mis noches bailando cumbia en el tianguis, de sus viajes por España comiendo paella bajo las estrellas. Me contaba de las fiestas en Andalucía, donde la gente se besa sin pensarlo dos veces. Yo lo veía, su boca moviéndose, los labios carnosos, y me imaginaba probándolos. Órale, Ana, contrólate, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba, las nalgas apretándose bajo el vestido ajustado que me puse a propósito.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. En el café, su rodilla rozó la mía bajo la mesa. Sentí el calor de su piel a través del pantalón, duro como tabla. Me miró fijo y dijo: Wey, tus ojos son como el tequila, queman y embriagan. Reí, pero por dentro ardía. Le conté de mi vida, de cómo ando soltera después de un pendejo que no valía la pena. Él me tomó la mano, sus dedos fuertes entrelazándose con los míos, pulgares acariciando la palma. El pulso se me aceleró, ta-ta-tan, como tamborazo zacatecano. Olía su aliento a café con canela, y quise morderle el cuello.

Pasaron días de mensajes, llamadas nocturnas donde su voz ronca me hacía mojarme sin tocarme. Ven a mi depa en Polanco, me dijo una noche. Llegué con el corazón en la garganta, el elevador subiendo lento como mi deseo. Él abrió la puerta en playera y jeans, el pecho marcado asomando. Me jaló adentro, cerrando con un pie. Nuestros cuerpos chocaron, su erección presionando mi vientre. Es enorme, neta, pensé, mientras sus labios devoraban los míos. Sabían a vino tinto y a hombre hambriento. Lenguas danzando, salvajes, chupando, mordiendo suave.

Esta noche será la primera entrega de mi pasion español. Mi coño palpita solo de pensarlo. Quiero que me rompa en dos, que me haga suya como en esas novelas calientes.

Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza, amasándolas como masa de tamal. Gemí en su boca, el sonido ahogado por su lengua. Me quitó el vestido de un tirón, quedando en brasier y tanga. Él se desnudó rápido, su verga saltando libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. La olí, almizcle puro de macho español. Qué chula eres, mamacita, murmuró con ese acento que me derretía. Me cargó al sillón, sus músculos tensos bajo mis piernas. Me abrió de piernas, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado. Bajó a mis tetas, chupando los pezones duros como piedras, mordisqueando hasta que arqueé la espalda, gritando ¡Sí, cabrón, así!.

La habitación olía a sexo inminente, a nuestra piel caliente mezclada con su colonia. Sus dedos encontraron mi panocha empapada, resbalando fácil. Estás chorreando, puta mía, dijo juguetón, metiendo dos dedos, curvándolos adentro. Sentí la presión en mi punto G, oleadas de placer subiendo. Me masturbaba lento al principio, luego rápido, el sonido chap-chap de mis jugos llenando el aire. Gemía como loca, uñas clavadas en sus hombros anchos. No pares, Javier, no pares, rogaba en mi mente.

Me volteó boca abajo, nalga arriba, azotándome suave. El escozor dulce me hizo mojar más. Su lengua en mi raja, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, chupando mis labios hinchados. Saboreaba mi miel, gruñendo de gusto. Sabes a gloria, como mango maduro. Yo temblaba, caderas moviéndose solas, persiguiendo su boca. Luego, su verga en mi entrada, frotando, lubricándose. Dime que la quieres. Sí, métemela toda, españolito caliente.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno total, su pubis contra mi culo. Empezó a bombear, lento, profundo, cada embestida sacándome el aire. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeándome el clítoris. Sudor goteando de su pecho a mi espalda, salado en mi lengua cuando lamí. Aceleró, follándome duro, mis tetas rebotando. ¡Más fuerte, pendejo! grité, y él obedeció, jalándome el pelo, arqueándome como yegua. El orgasmo vino como volcán, contracciones apretando su verga, chorros de placer mojando las sábanas.

Dios, qué cogida. Su pasion español es como un torbellino, me dejó temblando. Pero quiero más, mucho más.

No paró. Me puso de rodillas, su verga en mi cara, oliendo a mí misma. La chupé ansiosa, lengua en la uretra, tragando hasta la garganta. Él gemía ¡Joder, qué boquita!, cogiéndome la cabeza. Me vine de nuevo solo de mamarlo, el clítoris latiendo. Luego, misionero, piernas en sus hombros, penetrando profundo. Besos feroces, mordidas en labios. Sudor, alientos entrecortados, el colchón crujiendo. Voy a correrme, avisó. Adentro, lléname. Su leche caliente inundándome, pulsos y pulsos, mezclándose con mis jugos.

Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos, corazones galopando al unísono. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse, oliendo nuestro sexo en el aire. Me acariciaba el pelo, besándome la frente. Eres mi pasión mexicana, Ana. Reí bajito, sintiendo paz profunda, como después de un buen pozole con el estómago lleno.

Han pasado semanas, y cada noche es una página nueva en este diario. Vamos a la Condesa a bailar salsa, sus manos en mi cintura guiándome, frotándose disimulado. En su depa, experimentamos: aceite caliente en mi piel, sus dedos en mi culo mientras me come el coño. Siempre consensual, siempre queriendo más. Ayer, en el balcón con vista a los cerros, me folló de pie, el viento fresco en nuestras nalgas desnudas, luces de la ciudad testigos. Grité su nombre al cielo, él el mío al oído.

Esta pasion español no se acaba. Me ha despertado el fuego que no sabía que tenía. Javier es mi vicio, mi todo.

Hoy, mientras escribo, lo espero. Mi cuerpo anticipa su toque, pezones endureciéndose solo de imaginarlo. Esta conexión va más allá del sexo: charlas hasta el amanecer sobre sueños, miedos. Me hace sentir chida, poderosa, deseada. En México, con su acento español, hemos creado algo único, una pasión que cruza océanos.

Y así sigue mi diario de una pasion español, páginas llenas de gemidos, sudores y amores. Quién sabe qué traiga mañana, pero neta, estoy lista para todo.

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