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Pasión y Muerte de Jesús

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Pasión y Muerte de Jesús

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel, ese rinconcito mágico en el corazón de Oaxaca donde las tradiciones se entretejen con el aroma de las bugambilias y el humo de los copales. Yo, Ana, con mis veintiocho años bien vividos, había llegado hace un mes huyendo del ajetreo de la ciudad grande. Aquí todo era más chido, más pausado, y sobre todo, más sensual. Me uní al grupo de teatro amateur que preparaba la representación de la Pasión y Muerte de Jesús para Semana Santa. No por devoción estricta, sino porque el ambiente me ponía la piel chinita: los cuerpos sudados bajo las túnicas, las miradas cargadas de algo prohibido disfrazado de fe.

Y ahí estaba él, Jesús. No el del cielo, sino el carnal, el que interpretaba al Nazareno. Treinta tacos, moreno como el mezcal añejo, con músculos forjados en el gimnasio del pueblo y una sonrisa que te hacía mojar las panties sin avisar. Sus ojos negros, profundos como pozos, me atrapaban cada vez que ensayábamos la escena del huerto de Getsemaní. Yo era María Magdalena, la pecadora redimida, y tenía que acercarme a él, tocar su rostro fingiendo consuelo. Pero neta, cada roce era eléctrico. Su piel olía a jabón de lavanda mezclado con sudor fresco, y el calor de su aliento me erizaba los vellos de la nuca.

¿Por qué carajos me afecta tanto este wey? Es solo un ensayo, Ana, contrólate. Pero su pecho subiendo y bajando, esa verga marcada bajo la túnica... ay, Diosito.
Pensaba yo mientras mis dedos temblaban al rozar su mejilla barbuda. Él me devolvía la mirada, con un guiño pícaro que nadie más notaba. La tensión crecía como la marea en la costa, lenta pero imparable.

Al final del ensayo de ese jueves, cuando el director gritó "¡corte, chavos!", Jesús se me acercó con una botella de agua en la mano. "Ana, ¿te late ir por un mezcalito pa' relajar los nervios? Mi casa está cerquita". Su voz grave, con ese acento oaxaqueño que arrastra las erres como caricias, me derritió. "Órale, carnal", le contesté, fingiendo desinterés, aunque mi concha ya palpitaba de anticipación.

Su casa era un paraíso escondido: paredes de adobe blanco, patio con bugambilias trepando y una hamaca que invitaba a pecados. Nos sentamos en la sala, con velas de cera de abeja parpadeando y el sonido lejano de las campanas de la iglesia marcando las horas. El mezcal bajaba ardiente por mi garganta, dulce como su boca cuando chocó con la mía en un beso que empezó tímido y explotó en hambre. Sus labios sabían a chile y miel, ásperos por la barba incipiente. Me jaló contra él, y sentí su verga dura presionando mi muslo. "Pinche Magdalena, me traes loco desde el primer día", murmuró, mientras sus manos grandes me amasaban las nalgas por encima del vestido.

Acto dos: la escalada. Nos fuimos a su cuarto, iluminado solo por la luna que se colaba por la ventana entreabierta. El aire olía a tierra mojada de la lluvia reciente y a su aroma masculino, ese que te hace querer arrodillarte. Me quitó el vestido con urgencia, pero sin rudeza, besando cada centímetro de piel que liberaba. Mis tetas, redondas y firmes, quedaron expuestas al fresco de la noche; él las lamió con devoción, succionando los pezones hasta que dolió de placer. Gemí bajito, "¡Ay, Jesús, no pares!". Él se rio ronco: "Esta es mi pasión, mi Magdalena, y tú la vas a redimir".

Me tendí en su cama de sábanas de algodón crudo, ásperas contra mi espalda desnuda. Él se despojó de la ropa, revelando un cuerpo esculpido: abdomen marcado, verga gruesa y venosa, apuntando al techo como una ofrenda. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor que irradiaba. Era pesada, suave como terciopelo sobre acero. La chupé despacio, saboreando el precum salado, mientras él gruñía y me enredaba los dedos en el pelo. "Qué rica boca, wey, me vas a matar así". El sonido de su voz entrecortada, el slap húmedo de mi lengua contra su glande, el crujir de la cama... todo me volvía loca.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba y me subí encima, frotando mi concha empapada contra su verga. Estaba chorreando, mis jugos lubricando todo. "Te quiero adentro, Jesús, dame tu pasión", le rogué, y él obedeció, guiándome con las caderas. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, como si me partiera en dos. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el roce de sus bolas contra mi culo. Sus manos en mis caderas, marcándome con los dedos, el sudor perlando su pecho... olía a sexo puro, a deseo fermentado.

Esto es la verdadera Pasión y Muerte de Jesús, pensé, mientras mi clítoris rozaba su pubis y oleadas de placer me subían por la espina. No la del calvario, sino esta muerte chida, la petite mort que nos une.
Aceleré, mis tetas rebotando, jadeos mezclándose con los suyos. Él se incorporó, mamando mis pechos mientras me embestía desde abajo, profundo, brutal pero consensuado. "¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!", grité, y él lo hizo, volteándome para ponerme a cuatro patas. El espejo del clóset reflejaba nuestra unión: mi espalda arqueada, su culo prieto flexionándose con cada estocada. El slap de piel contra piel, mis gemidos ahogados en la almohada, su aliento caliente en mi oreja: "Vente conmigo, mi amor".

La tensión creció como tormenta: mis músculos internos lo ordeñaban, él hinchándose más dentro de mí. Sudor goteando de su frente a mi espalda, el olor almizclado de nuestros sexos, el sabor de su cuello salado cuando lo mordí. Mi orgasmo llegó primero, un tsunami que me hizo convulsionar, chorros calientes escapando mientras gritaba su nombre. Él no tardó: "¡Me muero, Ana!", rugió, y se vació en mí, chorros potentes que sentí calientes y viscosos, su cuerpo colapsando sobre el mío en la muerte más gozosa.

Acto tres: el regazo. Nos quedamos así, enredados, pulsos latiendo al unísono mientras el mundo volvía a enfocarse. Su verga se ablandó dentro de mí, un río de semen escapando por mis muslos. Besos perezosos, caricias suaves en la piel enrojecida. El aire fresco de la noche entraba, secando nuestro sudor, trayendo el perfume de jazmines del patio. "Eso fue la pasión de mi vida", murmuró él, trazando círculos en mi vientre. Yo sonreí, exhausta y plena: "Y tu muerte, la más dulce resurrección".

Nos duchamos juntos después, agua tibia lavando los restos de nuestra locura, risas compartidas bajo el chorro. En la hamaca del patio, envueltos en una cobija, hablamos de tonterías: del ensayo de mañana, de cómo la Pasión y Muerte de Jesús ahora tenía un significado bien cabrón para nosotros. El cielo estrellado testigo, el canto de los grillos como banda sonora. No era solo sexo; era conexión, esa chispa que te hace sentir viva, empoderada, dueña de tu placer.

Al amanecer, con el primer rayo dorado besando su hombro, supe que esto era solo el principio. Jesús, mi Jesús carnal, había muerto en mis brazos esa noche, pero renacía cada vez que nuestros cuerpos se llamaban. Y yo, Magdalena moderna, lo redimiría una y otra vez, en esta danza eterna de pasión y éxtasis.

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