Con Quien Se Queda Paloma en Abismo de Pasion
El atardecer caía como una caricia ardiente sobre la hacienda en las afueras de La Bonita, pintando el cielo con tonos de fuego que se colaban por las ventanas abiertas de mi habitación. Yo, Paloma, me miré en el espejo antiguo, ajustando el escote de mi vestido negro ajustado que abrazaba mis caderas anchas y dejaba ver el brillo de mi piel aceitada con aceite de coco. Olía a jazmín y a algo más profundo, a ese deseo que me carcomía por dentro desde hace semanas. Damián o Eduardo. ¿Con quién se queda Paloma en abismo de pasión? La pregunta me rondaba como un eco en la cabeza, mientras el aire cálido traía el aroma salado del mar cercano y el trino de las chicharras que parecía latir al ritmo de mi pulso acelerado.
Todo empezó esa tarde cuando recibí los mensajes. Damián, el ranchero moreno con brazos como troncos y esa sonrisa pícara que me hacía temblar las rodillas: "Palomita, vente pa'cá al rancho, te extraño ese culito prieto tuyo". Eduardo, el ingeniero citadino con ojos verdes y manos suaves que sabían tocar el alma: "Mi amor, cena en el balcón esta noche, traje vino de Guanajuato pa' brindar por nosotros". Wey, neta que estaba en un dilema chingón. Damián era puro fuego, me cogía como si el mundo se acabara, con esa verga gruesa que me llenaba hasta el fondo y me dejaba jadeando. Eduardo era ternura, besos lentos que me derretían, caricias que me hacían sentir reina. ¿Cuál elegir? Mi panocha palpitaba solo de pensarlo, húmeda ya contra las bragas de encaje.
¿Y si los veo a los dos? No, Paloma, no seas pendeja, eso sería armar un desmadre. Pero el abismo me llama, ese pozo de placer donde todo se confunde.
Bajé las escaleras de madera que crujían bajo mis sandalias, el vestido rozando mis muslos como una promesa. Afuera, el jardín olía a tierra mojada por el rocío temprano y a las flores de bugambilia que trepaban por las paredes. Me subí a mi camioneta pickup roja, el motor rugiendo como mi propia excitación, y manejé primero al rancho de Damián, porque el diablo siempre tienta primero.
Él estaba ahí, sin camisa, sudado de domar potros, los músculos del pecho brillando bajo el sol poniente. "¡Órale, Palomita! Ven pa'cá, wey", gritó, y me levantó en brazos como si no pesara nada. Su olor a hombre, a cuero y sudor fresco, me invadió las fosas nasales. Me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca, manos amasando mis nalgas con fuerza. "Te tengo ganas, cabrona, desde que te vi en el mercado con ese vestido", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sentí su erección dura contra mi vientre, gruesa y caliente, y un gemido se me escapó.
Entramos a la cabana, la puerta cerrándose con un golpe seco. La luz tenue de una lámpara de queroseno bailaba en las paredes de adobe. Me arrancó el vestido de un jalón, exponiendo mis tetas firmes y el tanga empapado. "Mírate, toda mojadita por mí", dijo riendo, mientras sus dedos gruesos separaban mis labios y rozaban el clítoris hinchado. Jadeé, el toque eléctrico enviando chispas por mi espina. Me tumbó en la cama de paja fresca, que crujió bajo nuestro peso, y se hincó entre mis piernas. Su lengua, áspera y caliente, lamió mi panocha con avidez, saboreando mis jugos dulces como miel de maguey. "Qué rica estás, Paloma, neta que eres un pinche manjar". Chupaba, succionaba, metía la lengua profundo, mientras yo arqueaba la espalda, mis uñas clavándose en su cuero cabelludo, el placer subiendo como una ola.
Pero entonces sonó mi celular. Eduardo. "¿Dónde estás, mi vida? Te espero con el vino frío". Me quedé helada, el fuego de Damián aún ardiendo en mi piel, pero la voz suave de Eduardo tirando de mi corazón. Lo aparté a Damián con un empujón juguetón. "Espera, amor, tengo que irme, pero esto no se acaba". Él gruñó, frustrado, su verga palpitando en sus jeans. "No me dejes así, pendeja", pero lo besé rápido, saboreando su sal en mis labios, y salí corriendo, el corazón latiéndome como tambor.
Acto segundo, el balcón de Eduardo en su casa moderna con vista al mar. Él me esperaba con camisa blanca desabotonada, pantalón de lino, una botella de tempranillo enfriándose en hielo. "Paloma, preciosa, ¿qué te trae con esa mirada de fuego?". Lo besé suave al principio, probando el sabor de su boca a menta y vino, pero pronto el beso se volvió voraz. Sus manos expertas desabrocharon mi vestido de nuevo –el mismo, ahora arrugado y con olor a Damián–, y me llevó adentro, a su cama king size con sábanas de satén que susurraban contra mi piel desnuda.
Con quién se queda Paloma en abismo de pasión, Dios mío, los dos me vuelven loca, pero uno tiene que ganar esta noche.
Eduardo era maestro en el arte lento. Me recostó, besando cada centímetro: el lóbulo de la oreja, el hueco de la clavícula, el valle entre mis tetas. Sus labios suaves chuparon mis pezones endurecidos, tirando con los dientes lo justo para que doliera rico. Bajó despacio, lamiendo mi ombligo, mordiendo suave el monte de Venus. "Eres hermosa, Paloma, déjame adorarte". Separó mis muslos con delicadeza, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Su lengua danzó en mi clítoris, círculos lentos, luego rápidos, mientras dos dedos curvos buscaban ese punto dentro que me hacía ver estrellas. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mis jugos corriéndome por sus dedos. "Sí, así, mi amor, córrete para mí". El orgasmo me golpeó suave al principio, luego como tsunami, mi cuerpo convulsionando, el placer explotando en colores detrás de mis párpados.
Pero no paró. Se quitó la ropa, revelando su cuerpo atlético, su verga recta y venosa, no tan gruesa como la de Damián pero perfecta para mí. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, llenándome con un estirón delicioso. "Qué prieta estás, Paloma, como terciopelo caliente". Nos movimos en ritmo, él encima, mis piernas enroscadas en su cintura, piel contra piel sudada, el slap slap de cuerpos chocando mezclado con nuestros jadeos. Lo monté después, cabalgándolo como amazona, mis tetas botando, sus manos en mis nalgas guiándome. Olía a sexo, a sudor nuestro, a sábanas revueltas. Aceleramos, el clímax acercándose, hasta que explotamos juntos, él gruñendo mi nombre, yo chillando, su leche caliente inundándome profunda.
Después, en el afterglow, yacíamos enredados, su pecho subiendo y bajando contra mi mejilla, el corazón latiéndole fuerte. Afuera, la noche estrellada susurraba promesas. Pensé en Damián, en su fuego salvaje, pero aquí, con Eduardo, sentía paz y pasión equilibrada. "Te quedas conmigo, ¿verdad?", murmuró él, besándome la frente.
Sí, decidí en ese momento. Con quién se queda Paloma en abismo de pasión: contigo, Eduardo, porque tu amor es el que me completa, el que hace que el abismo sea hogar.
Nos amamos de nuevo antes del amanecer, lento y profundo, sellando el pacto con gemidos y suspiros. El sol salió tiñendo la habitación de oro, y yo supe que había elegido bien. El abismo ya no era vacío; estaba lleno de nosotros.