Pasion Profesional
Era un lunes cualquiera en la torre de oficinas de Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México filtrándose por las ventanas polarizadas. Yo, Ana, jefa de marketing en una agencia chida de publicidad, acababa de cerrar un contrato millonario con un cliente nuevo. Órale, pensaba, mientras revisaba los correos en mi Mac. Pero entonces entró él: Javier, el nuevo director creativo, con esa sonrisa pícara que me hacía sentir un cosquilleo en el estómago. Alto, moreno, con ojos café intenso y una barba recortada que pedía a gritos ser tocada.
¿Qué pedo con este wey? Me está viendo como si ya supiera todos mis secretos.Su camisa blanca ajustada marcaba unos pectorales que gritaban horas en el gym, y olía a colonia fresca con un toque de madera, como si acabara de salir de un bosque en medio de la urbe.
—Ana, pasion profesional total con el pitch de hoy —dijo, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por el trabajo manual que hacía en sus ratos libres, según los chismes de la oficina. Apreté su mano más de lo necesario, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel.
—Gracias, Javier. Tú tampoco te quedas atrás, neta —respondí, con voz ronca que no pude controlar. Ese día trabajamos juntos en la sala de juntas, solos después de que todos se fueran a sus casas. El sol se ponía tiñendo el skyline de naranja, y el aire acondicionado zumbaba bajito, mezclándose con el tráfico lejano de Reforma.
Empezó como algo inocente: ideas volando, risas por un meme que compartí en el chat. Pero sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa de vidrio, y cada vez que se inclinaba para señalar la pantalla, su aliento cálido me erizaba la nuca. Calma, Ana, es tu compañero de chamba, me regañaba internamente, pero mi cuerpo traicionero respondía con un calor húmedo entre las piernas.
—Mira esto —dijo, parándose detrás de mí y poniendo sus manos en mis hombros. Sus dedos masajearon suavemente, deshaciendo nudos que ni sabía que tenía. Olía a café recién hecho, con un matiz de sudor masculino que me volvía loca. Giré la cabeza, y nuestras miradas chocaron. Pasion profesional, sí, pero esto ya era otra cosa.
El segundo acto de esta noche loca empezó cuando le pedí que me ayudara con unas impresiones en la sala de copias. El cuarto era chiquito, iluminado por una luz fluorescente que parpadeaba levemente. Mientras la máquina escupía hojas, me acorraló contra la pared sin decir nada. Su pecho presionaba el mío, y sentí su erección dura contra mi cadera.
—Ana, no aguanto más —murmuró, su voz grave como un ronroneo. Sus labios rozaron mi oreja, enviando chispas por mi espina dorsal.
—Yo tampoco, pendejo —le contesté, riendo bajito mientras lo jalaba por la corbata. Nuestros besos fueron fieros, lenguas enredándose con sabor a menta y deseo puro. Sus manos bajaron por mi blusa de seda, desabotonándola con urgencia. Mis tetas se liberaron, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.
Neta, este wey me tiene empapada. Quiero que me coma entera.Lo empujé contra la mesa de la fotocopiadora, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que lamí sin pensarlo. Sabía salado, a hombre puro, y gemí al sentirlo palpitar en mi boca.
Javier me levantó como si no pesara nada, sentándome en la máquina aún tibia. Subió mi falda pencil hasta la cintura, rasgando mis panties con un tirón que me hizo jadear. El aire fresco besó mi coño mojado, expuesto y ansioso. Sus dedos exploraron primero, dos adentro, curvándose justo donde dolía de placer. ¡Chingado, qué bien sabe tocar!
—Estás chorreando, mi reina —gruñó, mientras lamía mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El sonido de su cremallera bajando antes se mezclaba ahora con mis jadeos y el zumbido de la impresora olvidada. Metió la lengua en mi boca, y luego bajó, trazando un camino húmedo por mi vientre hasta mi clítoris hinchado.
Su boca era fuego: chupaba, lamía, succionaba con una maestría que me tenía arqueando la espalda. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mientras sus manos amasaban mis muslos. Pasion profesional evolucionando a algo salvaje, animal. Le jalé el pelo, guiándolo más profundo, hasta que el orgasmo me dobló como un rayo. Grité su nombre, piernas temblando, jugos corriendo por sus barbillas.
Pero no paró. Me bajó, volteándome contra la pared. Sentí su verga presionando mi entrada, resbaladiza y lista. —Dime que sí, Ana —pidió, con voz ronca de control apenas sostenido.
—¡Sí, cabrón, métemela ya! —exigí, empujando mi culo contra él. Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. Era grueso, estirándome deliciosamente, y empezó a bombear con ritmo perfecto: lento al principio, saboreando cada centímetro, luego más rápido, piel chocando contra piel en palmadas húmedas.
El espejo al fondo reflejaba todo: mi cara de puta en éxtasis, tetas rebotando, su culo contraído embistiéndome. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire confinado. Sus manos en mis caderas, luego una bajando a frotar mi clítoris. Me voy a venir otra vez, no mames. Gemía en mi oído palabras sucias: "Tu panocha es una delicia, tan apretada para mí".
La tensión subió como la marea en Acapulco. Cada embestida rozaba mi punto G, enviando ondas de placer que me nublaban la vista. Él gruñía, acelerando, sus bolas golpeando mi culo. —Me vengo, Ana... —avisó, y eso me lanzó al abismo. Mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras chorros de placer me sacudían. Él explotó adentro, caliente y abundante, llenándome hasta que goteaba por mis piernas.
Nos quedamos jadeando, pegados, su verga aún latiendo dentro de mí. Me giró suavemente, besándome con ternura ahora, labios hinchados y sonrientes.
Regresamos a la sala de juntas como si nada, pero con miradas cargadas de promesas. Limpiamos las huellas de nuestra locura, riendo por lo cerca que estuvimos de ser cachados. Afuera, la noche mexicana nos envolvía con luces de neón y el aroma de taquerías callejeras.
Esto no fue solo sexo, fue pasion profesional elevada a arte. ¿Y ahora qué? Mañana en la junta, ¿podré mirarlo sin mojarme?
Javier me tomó la mano antes de irnos. —Esto apenas empieza, mi amor. ¿Cena el viernes? —preguntó, con ojos brillantes.
—Chido, pero trae condones, pendejo —bromeé, sellando el pacto con un beso robado en el elevador. Bajamos al lobby, el corazón latiendo fuerte, sabiendo que nuestra conexión iba más allá de la chamba. En el taxi rumbo a casa, reviví cada sensación: el tacto áspero de sus manos, el sabor salado de su piel, el eco de nuestros gemidos. México City nunca había olido tan bien a deseo cumplido.
Desde esa noche, las juntas se volvieron nuestras foreplay secretas. Pasion profesional, sí, pero con un fuego que nos consumía dulcemente. Y yo, Ana, nunca me había sentido tan viva, tan mujer, tan dueña de mi placer.