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Pasión de Gavilanes Capítulo 166 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 166 Fuego en la Sangre

Estabas sentada en el sillón viejo de la sala, con las luces bajas y el control remoto en la mano. Afuera, la noche mexicana envolvía la hacienda con un calor pegajoso, como si el aire mismo estuviera cargado de promesas. El ventilador zumbaba perezosamente, moviendo el aroma a tierra húmeda y jazmines del jardín que se colaba por la ventana entreabierta. Habías puesto Pasión de Gavilanes capítulo 166, esa escena donde los hermanos Reyes se enfrentan al deseo prohibido, y neta, te pegó duro. El corazón te latía fuerte, sincronizado con la música dramática de la novela.

¿Por qué carajos esta pinche telenovela siempre me pone así de caliente? Esos tipos rudos, con sus camisas abiertas mostrando el pecho moreno, y las mujeres que se rinden al fuego... Ay, wey, necesito algo real.

Te recargaste, sintiendo cómo el short de algodón se te pegaba a los muslos por el sudor. Tus pezones se endurecieron bajo la blusa ligera, rozando la tela con cada respiración profunda. El sonido de los caballos relinchando en el corral lejano se mezclaba con los gemidos ahogados de la pantalla. Justo en ese momento, escuchaste el motor de la camioneta de Raúl deteniéndose frente a la casa. Órale, pensaste, el pulso se te aceleró más. Él era el capataz de la hacienda, tu carnal secreto desde hace meses, un moreno alto con manos callosas que sabían exactamente dónde tocar.

Raúl entró sin tocar, como siempre, oliendo a cuero y tabaco fresco. Sus botas resonaron en el piso de loseta. Te vio ahí, con las piernas cruzadas y la mirada fija en la tele.

¿Qué onda, mi reina? ¿Otra vez con tus novelas? —dijo con esa voz grave que te erizaba la piel, quitándose el sombrero vaquero y colgándolo en la percha.

Pasión de Gavilanes capítulo 166, carnal. Mira nomás esta pasión... Me tiene toda encendida. —le contestaste, mordiéndote el labio sin quitarle los ojos de encima. Él se acercó, su presencia llenando la habitación como un imán. Olía a hombre de campo, a sudor limpio y tierra fértil.

Acto primero: la chispa. Raúl se sentó a tu lado, su muslo rozando el tuyo, enviando chispas por tu piel. Apagaste la tele con un clic, pero el eco de esa escena ardía en tu mente. Hablaron de la novela, riendo de lo exagerados que eran los Reyes, pero sus ojos te devoraban. Siento su calor, tan cerca, tan tentador, pensaste, mientras su mano grande se posaba en tu rodilla, subiendo despacio por el interior del muslo.

Si quieres pasión de gavilanes, aquí la tienes, mi amor —murmuró, su aliento cálido en tu cuello. Te volteaste, besándolo con hambre. Sus labios eran firmes, con sabor a cerveza y menta, la lengua invadiendo tu boca como una conquista. Tus manos se enredaron en su cabello negro revuelto, tirando suave para acercarlo más. El beso se profundizó, mojado y urgente, mientras sus dedos exploraban bajo tu short, encontrando la humedad que ya empapaba tus bragas.

Te levantaste, jalándolo hacia la recámara sin decir palabra. El pasillo olía a madera vieja y velas de cera de abeja que habías encendido antes. Cerraste la puerta con el pie, y ahí, bajo la luz tenue de la lámpara de noche, se desató el preludio.

En el medio acto, la tensión subía como el calor de un fogón. Raúl te quitó la blusa con deliberada lentitud, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mi clavícula, mordisqueando suave, mandándome escalofríos hasta el ombligo. Sus manos, ásperas por el trabajo, masajeaban tus senos, pellizcando los pezones hasta hacerte gemir bajito. ¡Qué rico, pendejo! querías gritar, pero solo jadeaste su nombre.

Estás mojada como nunca, mi chula —gruñó él, deslizando tus bragas por las piernas. Te tumbó en la cama de sábanas frescas, el colchón crujiendo bajo su peso. Se arrodilló entre tus muslos, su aliento caliente rozando tu panocha hinchada. Olías a deseo puro, a mujer lista. Su lengua trazó un camino lento desde el tobillo, lamiendo el sudor salado de tu piel, hasta llegar al centro. La siento, áspera y húmeda, abriéndose paso entre mis labios. Lamía despacio, saboreando cada gota, chupando el clítoris con succiones que te arqueaban la espalda. Tus uñas se clavaron en sus hombros, el sonido de tus gemidos llenando la habitación como música ranchera prohibida.

Pero no querías solo recibir. Lo empujaste, volteándolo boca arriba. Ahora yo mando, cabrón. Le desabroché el cinturón, el sonido metálico del prong acelerando tu pulso. Su verga saltó libre, dura como encino, venosa y palpitante, con un olor almizclado que te mareaba. La tomaste en la mano, sintiendo el calor y el pulso rápido bajo la piel suave. La lamiste desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado, mientras él gruñía ¡Ay, mi vida!. La chupaste profundo, la garganta acomodándose a su grosor, saliva resbalando por las comisuras. Sus caderas se movían, follándote la boca con cuidado, pero la urgencia crecía.

La intensidad psicológica ardía: recordabas Pasión de Gavilanes capítulo 166, esa escena donde el deseo vence al rencor, y era igual.

Esto es nuestra pasión, nuestra gavilana volando libre, sin cadenas ni venganzas
, pensaste mientras montabas su cadera. Te acomodaste sobre él, guiando su verga a tu entrada resbaladiza. Bajaste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llenaba, estirándote deliciosamente. ¡Qué chingón se siente, tan grueso, tocando ese punto que me vuelve loca! Empezaste a moverte, las caderas girando en círculos, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con jadeos y el crujir de la cama.

Raúl te agarró las nalgas, amasándolas fuerte, sus dedos hundiéndose en la carne suave. Cambiaron posiciones: él encima, embistiendo profundo, el sudor goteando de su pecho al tuyo, salado en tu lengua cuando lo lamiste. Su peso, su fuerza, pero tan tierno en los ojos. Aceleró, el ritmo frenético, tus piernas envolviéndolo, uñas arañando su espalda. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y sudor, el sabor de su piel en tus labios. La tensión subía, coiling como un resorte, hasta que explotó.

El clímax del acto final: gritaste primero, el orgasmo rompiéndote en olas, contrayendo alrededor de su verga, leche caliente inundándote. Él se vino segundos después, gruñendo tu nombre, llenándote con chorros calientes que sentías palpitar dentro. Colapsaron juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas sincronizadas. El afterglow fue puro: sus brazos envolviéndote, besos suaves en la frente, el olor a sexo y paz mezclándose con el jazmín de afuera.

Eres mi pasión de gavilanes, mi reina eterna —susurró él, trazando círculos en tu vientre.

En ese momento, supe que no hay novela que supere esto. Nuestra historia, capítulo infinito.

Se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas, el viento nocturno trayendo cantos de grillos. La hacienda dormía, pero su fuego ardía quieto, listo para más noches como esta. El deseo satisfecho, pero el lazo más fuerte, eterno como las pasiones que tanto amabas ver... y vivir.

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