El Nombre del Actor de Diario de una Pasión en Mis Brazos
Estaba sola en mi departamento en la Condesa, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas coquetas, pero adentro, mi pantalla grande devoraba mi atención. Diario de una Pasión, esa película que siempre me pone la piel chinita. Noah y Allie, sus besos bajo la lluvia, sus cuerpos chocando con esa hambre que no se apaga. Sentí un calor subiéndome por el pecho, bajando hasta mis muslos. Neta, cada vez que la veo, termino tocándome, imaginando que soy ella.
En un rato de pausa, saqué mi cel y tecleé rápido: "nombre del actor de diario de una pasion". Ryan Gosling. Órale, claro, ese pendejo con ojos de miel y sonrisa que derrite. Su nombre se quedó grabado en mi mente mientras la película seguía. Me recargué en el sofá, mis dedos rozando mi piel bajo la blusa suelta, el roce suave como una promesa. ¿Y si un tipo así me encuentra a mí? pensé, con el pulso acelerándose.
No pude quedarme quieta. Me puse un vestido negro ceñido que marca mis curvas justito, tacones altos y un perfume con notas de vainilla y jazmín que siempre atrae miradas. Salí al bar de la esquina, ese lugar chido con luces tenues, jazz suave y chelas frías. El ambiente olía a madera pulida y cigarros electrónicos, con risas ahogadas y copas tintineando. Me senté en la barra, pedí un margarita con sal, el limón fresco explotando en mi lengua.
Y entonces lo vi. Alto, hombros anchos, cabello oscuro revuelto como si acabara de salir de la lluvia. Sus ojos, neta, idénticos a los de él. Se acercó, con una sonrisa ladeada que me erizó la nuca.
¿Será un clon del nombre del actor de Diario de una Pasión? Dios, huele a sándalo y algo salvaje.
"¿Puedo invitarte esa chela?" dijo, su voz grave como un ronroneo. Se llamaba Diego, pero cuando le conté de la peli, soltó una carcajada. "¿Ryan Gosling? Ese wey es el rey de las pasiones. Yo soy más de hacerlas realidad." Charlando, sus rodillas rozaban las mías bajo la barra, un toque eléctrico que me hacía apretar los muslos. Hablamos de todo: de la ciudad que no duerme, de amores que queman, de cómo una mirada puede encender un incendio. El deseo crecía lento, como el hielo derritiéndose en mi copa.
La noche avanzaba, el bar se vaciaba. Su mano en mi espalda baja, guiándome a la salida. "¿Vamos a mi hotel? Está cerca, con vista al skyline." Asentí, el corazón latiéndome en la garganta. Caminamos, el viento nocturno fresco contra mi piel caliente, sus dedos entrelazados con los míos, firmes y cálidos.
En el elevador, no aguantamos. Sus labios encontraron los míos, suaves al principio, luego hambrientos. Sabía a tequila y menta, su lengua explorando con urgencia. Mis manos en su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Pum-pum, su corazón galopando contra mi palma. El ding del elevador nos separó, pero solo por un segundo.
Adentro de la suite, luces de la ciudad bañándonos en dorado. Me quitó el vestido despacio, sus ojos devorándome. "Eres preciosa, mamacita," murmuró, besando mi cuello, chupando suave hasta que gemí. El olor de su piel, salado y masculino, me mareaba. Caímos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio rozando mis nalgas desnudas.
Sus manos expertas masajeaban mis pechos, pulgares en los pezones endurecidos, enviando chispas directo a mi entrepierna. Bajó, besando mi ombligo, mi vientre tembloroso. "Ábrete para mí," pidió, y lo hice, mis piernas separándose con un suspiro. Su aliento caliente en mi panocha, húmeda y palpitante. Lamida lenta, lengua plana lamiendo mi clítoris, sabor agridulce en su boca. Gemí fuerte, arqueándome, mis uñas clavándose en su cabello. "¡Órale, Diego, no pares!"
Es como si Ryan Gosling mismo me comiera viva, el nombre del actor de Diario de una Pasión cobrando vida en esta lengua mágica.
El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas, su dedo entrando despacio, curvándose justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. "Estás chorreando, corita," gruñó, y aceleró, chupando más fuerte. Exploté en un orgasmo que me dejó temblando, jugos calientes en sus labios, el cuarto girando con mis jadeos.
Pero no paró. Se quitó la ropa, su verga dura, gruesa, venosa, apuntando al techo. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo. La lamí desde la base, saboreando su esencia salada, hasta la punta, succionando con hambre. Él gemía, "¡Qué chingona boca, wey!" Lo monté despacio, frotándome primero, mi humedad cubriéndolo. Bajé, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Aaah, el estirón perfecto, sus manos en mis caderas guiándome.
Cabalgamos con ritmo, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos. El olor a sexo crudo, almizcle y deseo, impregnaba el aire. Sus embestidas profundas, golpeando mi G, mis tetas rebotando. Cambiamos: él encima, misionero intenso, mis piernas en su cintura, uñas arañando su espalda. "Más duro, cabrón, ¡dame todo!" rugí, y lo dio, polveando sin piedad, el colchón crujiendo.
La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose. "Me vengo," avisó, y yo: "Dentro, lléname." Explotamos juntos, mi segundo orgasmo arrancándome gritos, su leche caliente inundándome, pulsos y pulsos. Colapsamos, jadeando, su peso delicioso sobre mí, besos suaves en mi frente.
Después, enredados en las sábanas revueltas, el skyline brillando afuera. Su dedo trazando círculos en mi muslo, el tacto perezoso y tierno. "Eres increíble," susurró. Sonreí, el cuerpo laxo, satisfecho. Recordé la película, el nombre del actor de Diario de una Pasión que me trajo hasta aquí. No era solo sexo; era pasión real, esa que quema y deja huella.
Nos quedamos así hasta el amanecer, con promesas de más noches. Salí con las piernas flojas, el sabor de él en mis labios, sabiendo que esta pasión era mía, eterna como en la pantalla.