Abismo de Pasión Capítulo 57
El sol de Puerto Vallarta se hundía en el horizonte como un beso ardiente, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en las olas del Pacífico. Elisa caminaba por la terraza de la villa, el aire salado impregnando su piel morena, mientras el sonido rítmico de las olas chocando contra la playa le aceleraba el pulso. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a sus curvas con la brisa marina, y sus pies descalzos sentían la calidez de las losetas de terracota. Hacía meses que no veía a Rodrigo, pero esa invitación a su fiesta privada la había arrastrado hasta aquí, como si el destino jugara con fuego.
¿Qué chingados hago aquí? pensó, mientras sorbía un sorbo de su margarita helada, el limón fresco y el tequila quemándole la garganta con un placer culpable. Rodrigo era su abismo de pasión, el hombre que la había hecho gritar de placer y llorar de rabia en noches interminables. Capítulo tras capítulo de su historia, como una telenovela bien culera pero adictiva, y este parecía el capítulo 57: el reencuentro que todo lo cambia.
De repente, su risa grave resonó desde el interior de la villa. Elisa giró la cabeza y ahí estaba él, alto, con esa camiseta negra ajustada que marcaba sus pectorales duros y el pantalón de lino cayéndole perfecto en las caderas. Sus ojos cafés la atraparon al instante, como siempre. ¡Ey, mamacita! ¿Ya te perdiste en el mar o qué?
dijo Rodrigo acercándose, su voz ronca como el ron añejo que olía en su aliento mezclado con colonia masculina.
Elisa sintió un cosquilleo en el vientre, el calor subiendo por sus muslos. Neta, wey, ¿tú qué pedo? Me invitas y ni te apareces
, respondió ella juguetona, dándole un empujón ligero en el pecho. Sus dedos rozaron su piel caliente a través de la tela, y el contacto fue eléctrico, como si sus cuerpos recordaran cada caricia pasada.
La fiesta bullía a su alrededor: música de cumbia rebajada sonando suave, amigos riendo con cervezas en mano, el aroma de tacos al pastor flotando desde la parrilla. Pero para Elisa, el mundo se redujo a él. Rodrigo la tomó de la mano, tirando de ella hacia la playa privada, lejos de las luces. Ven, platiquemos como se debe
, murmuró, y ella lo siguió, el corazón latiéndole como tambor en las costillas.
Acto 1: La chispa inicial
La arena tibia se colaba entre sus dedos mientras caminaban bajo las palmeras. La luna empezaba a asomarse, plateada y juguetona. Se sentaron en una hamaca grande, balanceándose con el vaivén del mar. Te extrañé, Elisa. Cada pinche noche soñaba con tu boca, con cómo me miras cuando estás a punto de explotar
, confesó Rodrigo, su mano subiendo por su muslo desnudo, trazando círculos lentos que la hicieron morderse el labio.
Ella lo miró, el deseo ardiendo en su pecho como chile habanero. Este cabrón siempre sabe cómo encender la mecha, pensó, mientras su cuerpo respondía con un calor húmedo entre las piernas. Yo también, pendejo. Pero no creas que voy a caer tan fácil. ¿Qué pasó la última vez? Me dejaste con el antojo
, replicó, pero su voz salió entrecortada, traicionándola.
Rodrigo se acercó más, su aliento caliente en su cuello, oliendo a mar y a hombre. La besó suave al principio, labios rozando labios, lengua probando el salado de su piel. Elisa gimió bajito, el sonido ahogado por las olas. Sus manos exploraron su espalda, clavando uñas en la tela, sintiendo los músculos tensarse bajo sus palmas. El beso se profundizó, lenguas danzando en un duelo húmedo y salvaje, el sabor de tequila y pasión mezclándose en sus bocas.
Pero ella se apartó un segundo, jadeando. Espera, Rodrigo. No quiero solo un revolcón de playa. Quiero sentirte de verdad, como antes
. Él asintió, ojos brillantes de lujuria contenida. Entonces ven conmigo
, dijo, levantándola en brazos como si no pesara nada, sus bíceps flexionándose contra su cuerpo.
Acto 2: La escalada ardiente
La llevaron de vuelta a la villa, pero Rodrigo la guió a su suite privada, una habitación con ventanales al mar, cama king size con sábanas de hilo egipcio y velas aromáticas de coco encendidas. El aire estaba cargado de jazmín y deseo. Él la depositó en la cama con gentileza, pero sus ojos prometían tormenta. Quítate el vestido, mi reina. Quiero verte entera
, ordenó con voz grave, quitándose la camiseta de un tirón, revelando su torso esculpido, vello oscuro bajando hacia su abdomen marcado.
Elisa se incorporó de rodillas, deslizando el vestido por sus hombros, quedando en lencería negra de encaje que contrastaba con su piel canela. Su mirada me come viva, neta que me moja hasta los huesos, pensó, mientras él se acercaba gateando como un depredador. Sus manos grandes cubrieron sus senos, pulgares rozando pezones que se endurecieron al instante, enviando descargas directas a su clítoris palpitante.
¡Ay, wey, qué rico!
exclamó ella, arqueando la espalda. Rodrigo bajó la boca, lamiendo un pezón con lengua experta, succionando hasta que ella gritó de placer, el sonido reverberando en la habitación. El olor de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, mientras sus dedos bajaban por su vientre, colándose en las bragas húmedas.
Ella cabalgó su mano, caderas moviéndose en ritmo frenético, el sonido chapoteante de su humedad mezclándose con sus gemidos. Capítulo 57, el de la entrega total, flashó en su mente mientras lo empujaba hacia atrás, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm que ella lamió con deleite, sabor salado y masculino explotando en su lengua. Métetela, Rodrigo. Quiero sentirte romperme
, suplicó, montándolo con urgencia.
Él la penetró de un solo empujón, llenándola por completo, sus paredes internas apretándolo como guante. Se movieron en sincronía perfecta, piel contra piel sudorosa, el slap-slap de cuerpos chocando ahogando las olas lejanas. Elisa clavó uñas en su pecho, dejando marcas rojas, mientras él mordía su hombro, gruñendo ¡Eres mía, carajo! Tan chingona y tan puta para mí
. El clímax se acercaba, tensión coiling como resorte, sus respiraciones entrecortadas, olores de sexo impregnando todo.
Acto 3: El éxtasis y el eco
Elisa explotó primero, un orgasmo que la sacudió entera, visión borrosa, grito gutural rasgando el aire: ¡Sí, cabrón, así! ¡Me vengo!
Sus jugos corrieron por sus muslos, empapando las sábanas. Rodrigo la siguió segundos después, hinchándose dentro de ella, eyaculando chorros calientes que la llenaron hasta rebosar, su rugido animal vibrando contra su piel.
Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pegajosos de sudor y fluidos. El mar susurraba afuera, una brisa fresca secando sus pieles febriles. Rodrigo la besó en la frente, suave ahora. Esto no es el fin, mi amor. Es solo el capítulo 57 de nuestro abismo de pasión
, murmuró, acariciando su cabello revuelto.
Elisa sonrió, saciada, el corazón lleno. Neta, este wey es mi vicio, pensó, acurrucándose en su pecho, oyendo los latidos calmarse. La noche los envolvió en paz, con promesas de más capítulos por venir, cada uno más intenso que el anterior.