Pasión Fútbol Libro de Deseos
El estadio rugía como un animal salvaje, el olor a césped recién cortado mezclado con el sudor de miles de aficionados me envolvía como una caricia prohibida. Yo, Ana, sentada en la grada preferente, apretaba contra mi pecho mi pasión fútbol libro, ese tomo viejo y manoseado que había heredado de mi carnal mayor. Sus páginas amarillentas hablaban de glorias en el campo, de cuerpos en movimiento, músculos tensos bajo las luces, y cada vez que lo leía, un calorcillo me subía por las piernas. Neta, ese libro no era solo de fútbol; era mi secreto para encender la chispa cuando la noche se ponía solitaria.
El América jugaba contra el Cruz Azul, y el ambiente estaba que ardía. Gritos, vuvuzelas chillando, el thud-thud de los tambores retumbando en mi pecho como un corazón desbocado. Miraba el campo, hipnotizada por esos pendejos correteando la pelota, camisetas pegadas al torso por el sudor, piernas fuertes flexionándose. Chingado, qué ganas de ser esa pelota, pensé, mordiéndome el labio. Ahí, dos asientos a mi lado, un wey alto, moreno, con ojos que brillaban como el reflector del Azteca. Llevaba la playera del América, ajustada, marcando cada músculo de su pecho. Nuestras miradas se cruzaron cuando el portero atajó un penal. Sonrió, y yo sentí un cosquilleo en la nuca.
—Órale, güeyita, ¿vienes seguido? —me dijo al medio tiempo, inclinándose con una cerveza en la mano. Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó la piel.
—Simón, neta me late el fútbol. Este libro es mi Biblia —le contesté, mostrándole mi pasión fútbol libro. Sus dedos rozaron los míos al tomarlo, y juro que una corriente eléctrica me recorrió el brazo hasta el ombligo.
Se llamaba Diego, fanático del América como yo, pero con un toque de jugador amateur que se notaba en sus manos callosas y su postura confiada. Hablamos de goles legendarios, de Chicharito y Hugo Sánchez, pero entre líneas, el aire se cargaba de algo más. Sus ojos bajaban a mi escote, donde la blusa se pegaba por el calor húmedo, y yo no disimulaba mirándole las venas del antebrazo, imaginando cómo se sentirían apretándome.
El segundo tiempo fue una tortura deliciosa. Cada vez que el equipo anotaba, él gritaba y me abrazaba de lado, su cuerpo duro contra el mío, olor a hombre mezclado con chela y sudor fresco. Mi piel ardía, el pulso me latía en las sienes, y entre mis muslos sentía esa humedad traicionera.
¿Y si lo invito a un cafecito post-partido? Neta, Ana, no seas pendeja, lánzate, me dije, mientras el estadio explotaba en euforia por el gol final. América ganó 2-1. Nos paramos, chocamos las manos, pero él me jaló hacia él en un abrazo que duró segundos eternos. Su aliento cálido en mi oreja: —Vamos por unas chelas, ¿va?
Salimos del estadio en su troca, el viento nocturno DF revolviéndome el pelo, luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas. Paramos en un bar chido en Polanco, luces tenues, música de fondo con cumbia rebajada. Pedimos tequilas, y ahí, con el libro sobre la mesa como testigo, la plática se puso carnal. Le conté cómo leía pasajes de mi pasión fútbol libro antes de dormir, imaginándome en el vestidor, rodeada de esos cuerpos sudorosos.
—Neta, suena cabrón —rió él, su mano cubriendo la mía—. Yo juego en una liga amateur los fines. ¿Quieres ver?
El tequila me soltó la lengua. —Mejor muéstrame cómo juegas tú solo, Diego. —Mis palabras salieron roncas, y él se acercó, su rodilla rozando la mía bajo la mesa. El aire se espesó con olor a su colonia amaderada y el dulzor de mi propia excitación. Sus labios rozaron mi cuello al susurrar: —Vamos a mi depa, está cerca.
En su coche, la tensión era un cable vivo. Su mano en mi muslo, subiendo despacio, dedos trazando círculos que me hacían jadear. Yo le metí mano por la playera, sintiendo el calor de su abdomen plano, vello áspero bajo mis uñas. Llegamos a su penthouse en Reforma —nada de tugurios, todo lujo con vista al skyline—, y apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Sus labios en los míos, urgentes, lengua invadiendo con sabor a tequila y menta. Gemí contra su boca, mis manos enredadas en su pelo negro.
Me cargó como si no pesara, piernas alrededor de su cintura, y me tiró en la cama king size. Luces de la ciudad filtrándose por las cortinas, iluminando su cuerpo mientras se quitaba la playera. Madre santa, es un dios del fútbol, pensé, lamiéndome los labios al ver sus pectorales definidos, el camino feliz bajando a su bóxer abultado. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento, torturándome con la barba raspando mi piel sensible.
—Estás mojada, mamacita —murmuró, voz ronca, mientras sus dedos separaban mi ropa interior. El primer toque de su lengua fue eléctrico: plana, caliente, lamiendo mi clítoris con maestría. Olía a mí, a sexo puro, y el sonido húmedo de su boca chupando me volvía loca. Arqueé la espalda, uñas clavadas en sus hombros, gimiendo: —¡Chingado, Diego, no pares!
Él obedeció, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, mientras su lengua danzaba. Mi cuerpo temblaba, el placer subiendo como una ola en el estadio, el clímax me explotó con un grito ahogado, jugos empapando sus labios. Me besó después, compartiendo mi sabor, salado y dulce.
Lo volteé, ansiosa por devolverle. Bajé su bóxer, su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precúm. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupé despacio, saboreando el salado almizclado. Él gruñó, caderas empujando suave. —Neta, eres una diosa —jadeó, mano en mi pelo guiándome sin forzar.
La tensión creció cuando me monté encima. Frotes lentos primero, su punta rozando mi entrada, lubricándonos mutuamente. Bajé de golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El dolor placer me hizo gritar, y él me sujetó las caderas, guiando el ritmo. Cabalgaba como en un contragolpe, pechos rebotando, sudor perlando mi piel, mezclándose con el suyo. Sonidos de carne chocando, resbalosos, nuestros jadeos sincronizados con el pulso de la ciudad afuera.
Cambié de posición, él encima, misionero profundo, ojos en los míos. —Te sientes como en un gol en el minuto 90 —gruñó, embistiendo fuerte, bolas golpeando mi culo. Yo envolví piernas en su cintura, uñas arañando su espalda, pidiendo más. El orgasmo nos alcanzó juntos: él hinchándose dentro, caliente chorros llenándome, yo convulsionando, mordiendo su hombro para no gritar el edificio entero.
Colapsamos, enredados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. Su mano acariciaba mi pelo, besos suaves en la frente. —Ese libro tuyo despertó algo chingón en mí —murmuró.
Yo sonreí, exhausta, feliz. —Pasión fútbol libro de deseos cumplidos. —El amanecer tiñó la habitación de rosa, y en ese afterglow, supe que esto era más que un partido; era la victoria total, con él a mi lado, listos para el próximo tiempo.