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Tentación del Diablo de la Película La Pasión de Cristo

6391 palabras

Tentación del Diablo de la Película La Pasión de Cristo

Estabas sola en tu depa de la Condesa, con el pinche calor de la noche mexicana pegándote en la piel como una promesa sucia. Era una de esas madrugadas en que el insomnio te jode la existencia, wey, y decides prender Netflix para matar el tiempo. La Pasión de Cristo, esa película que todos ven una vez al año por Semana Santa, pero que tú nunca habías terminado. La pusiste sin pensarlo dos veces, con una chela fría en la mano y el ventilador zumbando como un mosco cabrón.

Ahí estaba Él, Jesús sufriendo en la cruz, pero tus ojos se clavaron en el diablo de la película La Pasión de Cristo. Esa figura pálida, andrógina, con ojos que te perforaban el alma, moviéndose como humo entre las sombras. No era el típico demonio con cuernos y tridente, no mames; era sutil, hipnótico, con una boca que parecía susurrar pecados directamente en tu oreja. Sentiste un cosquilleo en el estómago, bajando hasta tu entrepierna. ¿Qué chingados me pasa? pensaste, mientras el sudor te perlaba el cuello y el olor a jazmín de tu cuarto se mezclaba con el calor de tu cuerpo.

Este diablo de la película La Pasión de Cristo me está prendiendo como tea, neta. Sus ojos... carajo, me miran a mí, ¿o nomás estoy alucinando?

Apagaste la tele a la mitad, pero la imagen ya te había calado hondo. Te recostaste en la cama, con la sábana pegajosa contra tus muslos desnudos, y tus manos empezaron a vagar solas. Tocaste tu piel suave, oliendo a crema de coco, y el roce de tus dedos en los pezones te hizo arquear la espalda. La tensión crecía, como un trueno lejano en la Sierra Madre, pero querías más. Cerraste los ojos fuerte, imaginando esas garras pálidas rozándote, esa voz ronca prometiendo placeres prohibidos.

De repente, un viento frío recorrió la habitación, apagando el ventilador con un clic seco. Abriste los ojos y ahí estaba: el diablo de la película La Pasión de Cristo, materializado al pie de tu cama. Alto, delgado, con piel blanca como leche cuajada, ojos negros como pozos de obsidiana y una sonrisa que te erizaba la piel. Vestía una túnica raída que se ceñía a un cuerpo fibrado, masculino pero etéreo, oliendo a azufre dulce y tierra mojada después de la lluvia.

"¿Me llamaste, carnalita?" murmuró con voz grave, como grava bajo las llantas de un vocho en Polanco. Su aliento te llegó cálido, con sabor a canela y pecado. No tenías miedo, wey; sentías poder, un fuego que te hacía mojar las sábanas.

"Simón, ven..." respondiste, tu voz ronca de deseo. Te incorporaste, y él se acercó despacio, sus pies descalzos silenciosos sobre el piso de loseta. Sus dedos fríos rozaron tu mejilla, bajando por el cuello, enviando chispas eléctricas directo a tu clítoris. El tacto era seda helada sobre fuego, y gemiste bajito, oliendo su aroma embriagador que te mareaba como pulque fuerte en feria.

Acto dos de esta pinche tentación: él te empujó suave contra el colchón, sus labios capturando los tuyos en un beso que sabía a frutos prohibidos, dulce y amargo. Tus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban tu cuerpo como un mapa del tesoro azteca. Deslizó la camisola por tus hombros, exponiendo tus tetas firmes, y lamió un pezón con lengua áspera, haciendo que tus caderas se alzaran solas.

¡Órale, este diablo sabe cómo tocar! Me siento diosa, no pecadora. Chíngame más, pendejo celestial.

La habitación se llenó de sonidos: tus jadeos entrecortados, el smack húmedo de su boca en tu piel, el crujir de las sábanas bajo vuestros cuerpos enredados. Bajó más, besando tu ombligo, inhalando el olor almizclado de tu excitación. Sus dedos separaron tus labios vaginales, resbaladizos de jugos, y rozaron tu botón con maestría, círculos lentos que te hacían retorcerte. "Estás mojada como tamal en vapor," gruñó él, y tú reíste, empoderada, jalando su cabello negro azabache.

Le quitaste la túnica, revelando una verga erecta, gruesa y venosa, palpitando con calor demoníaco. La tocaste, suave como terciopelo sobre acero, oliendo a macho puro. La masturbaste despacio, sintiendo su pulso acelerado contra tu palma, mientras él gemía en tu oído: "Chíngame con la mirada, reina." La tensión subía como el volcán Popo en erupción, tus pechos aplastados contra su torso frío, piel contra piel en fricción deliciosa.

Lo montaste, guiando su verga a tu panocha hambrienta. Entró despacio, estirándote con placer punzante, llenándote hasta el fondo. Cabalgaste con ritmo, tus nalgas chocando contra sus muslos en plaf plaf rítmicos, sudor goteando entre vuestros cuerpos. Él te amasaba las tetas, pellizcando pezones, mientras tú clavabas uñas en su pecho pálido, dejando marcas rojas como estigmas invertidos. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, mezclado con su esencia infernal, y tus paredes lo apretaban, ordeñándolo.

El clímax se acercaba en oleadas: gemidos más altos, "¡Más duro, diablo cabrón!" gritabas, y él embestía desde abajo, su verga golpeando tu punto G con precisión endemoniada. Tus muslos temblaban, el placer acumulándose en tu vientre como tormenta en el desierto de Sonora.

Explotaste primero, un orgasmo que te sacudió entera, jugos chorreando por su eje, visión borrosa con estrellas rojas. Él te siguió, gruñendo como coyote en celo, llenándote con semen caliente que quema y alivia a la vez. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas sincronizadas con el zumbido del ventilador que mágicamente se prendió de nuevo.

En el afterglow, él te acarició el cabello, su piel ahora tibia como sol de mediodía en Oaxaca. "Fuiste mía, pero yo fui tuyo," susurró, besando tu frente. Desapareció en humo dulce, dejando solo el eco de su risa y una marca sutil en tu cadera, como un tatuaje de placer eterno.

Te quedaste ahí, exhausta y radiante, tocando tu piel aún sensible. No era culpa, wey; era liberación. El diablo de la película La Pasión de Cristo te había despertado algo feroz dentro, un deseo mexicano puro, ardiente como chile de árbol. Sonreíste en la penumbra, sabiendo que lo llamarías de nuevo en la próxima noche sin dormir.

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