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Novela Pasión Prohibida Completa

7405 palabras

Novela Pasión Prohibida Completa

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Yo, Ana, de treinta y dos años, con mi piel morena brillando de sudor por el calor bochornoso de la Ciudad de México, me sentía como una bomba a punto de estallar. Mi carnal Luis, mi esposo, andaba de viaje de negocios en Guadalajara por una semana más, y la casa se sentía vacía, como si me faltara el oxígeno. Pero esa tarde, todo cambió cuando sonó el timbre.

Órale, ¿quién vergas será? pensé mientras me ponía una blusa ligera que se pegaba a mis curvas, mis chichis firmes marcándose sin bra, y unos shorts que dejaban ver mis piernas torneadas. Bajé las escaleras con el corazón latiéndome fuerte, el eco de mis sandalias resonando en el pasillo. Abrí la puerta y ahí estaba él: Marco, el hermano menor de Luis, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me taladraban desde siempre.

—¡Ey, cuñada! ¿Qué onda? —dijo con esa voz ronca, cargando una mochila raída y oliendo a avión y a hombre fresco, a colonia barata mezclada con sudor varonil.

Marco acababa de volver de un año en Estados Unidos, trabajando en construcciones en Texas. Alto, musculoso, con tatuajes asomando por las mangas de su camiseta ajustada, era el prohibido que siempre había rondado mis sueños. Luis y él eran como uña y mugre, pero entre Marco y yo... neta, había chispas desde el día que lo conocí en la boda familiar en Oaxaca.

—¡Marco, pendejo! ¿Por qué no avisaste? Pasa, wey —le dije riendo, sintiendo un cosquilleo en el estómago mientras lo abrazaba. Su pecho duro contra el mío, su aliento cálido en mi cuello, el olor de su piel que me mareaba como tequila añejo. Entramos a la sala, el ventilador zumbando perezoso, y nos sentamos en el sofá de cuero que crujía bajo nuestro peso.

Platicamos horas, cervezas frías de la nevera goteando condensación en mis manos. Hablamos de todo: de su pinche jefe gringo, de las fiestas en Monterrey donde bailamos banda hasta el amanecer hace años. Pero el aire se cargaba, sus miradas se demoraban en mis labios, en el sudor que perlaba mi escote.

Esto no puede ser, Ana. Es tu cuñado, el hermano de tu marido. Pero carajo, cómo lo deseo. Su cuerpo es puro fuego, y yo estoy ardiendo.

La noche cayó como un manto pesado, las luces de la ciudad parpadeando por la ventana. Cenamos tacos de suadero que pedí por Rappi, el vapor subiendo con olor a cebolla asada y cilantro fresco, jugo picante quemándonos la lengua. Reíamos, nuestras rodillas rozándose accidentalmente bajo la mesa, cada toque como electricidad estática en mi piel sensible.

—¿Sabes, Ana? Siempre pensé que eras la más chida de la familia —me soltó de repente, su mano cubriendo la mía, áspera por el trabajo, pero cálida, enviando ondas de calor directo a mi entrepierna.

Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en mis oídos como tambores de mariachi. Pasión prohibida, eso era. Lo miré, sus labios carnosos entreabiertos, y sin pensarlo, me incliné. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, explorando, saboreando la sal de la cerveza y el picor de los tacos. Sus manos subieron a mi nuca, enredándose en mi cabello negro largo, tirando suave mientras profundizaba el beso, su lengua invadiendo mi boca con hambre contenida.

Nos paramos tropezando hacia mi cuarto, la ropa cayendo como hojas secas. Su camiseta al piso, revelando abdominales marcados, vello oscuro bajando a su boxer abultado. Yo me quité la blusa, mis pechos libres saltando, pezones duros como piedras por el roce del aire fresco. Qué rico se siente su mirada devorándome, pensé mientras él gemía bajito, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio oliendo a lavanda, me tendió boca arriba, sus besos bajando por mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Mordisqueó mis chichis, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro, ondas de placer bajando directo a mi coño que ya chorreaba jugos calientes. ¡Ay, wey, no pares! grité en mi mente, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.

Marco bajó más, besando mi ombligo, inhalando profundo el aroma almizclado de mi excitación. Sus dedos gruesos separaron mis labios vaginales, resbalosos de deseo, y metió la lengua plana, lamiendo lento desde el ano hasta el clítoris, saboreándome como si fuera el mejor mole poblano. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas moviéndose solas contra su boca experta. Esto es mi novela pasión prohibida completa, se me cruzó por la cabeza mientras el orgasmo primerizo me sacudía, jugos salpicando su barbilla, mi cuerpo temblando como hoja en tormenta.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, su verga dura presionando mi nalga, gruesa y venosa, goteando precum que lubricaba mi piel.

Entra en mí, Marco. Fóllame como hombre, hazme tuya esta noche prohibida.
Se puso un condón que sacó de su mochila —el cabrón venía preparado—, y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo, su pubis peludo chocando contra mis nalgas redondas.

Empezó a bombear, primero suave, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. El olor a sexo impregnaba el cuarto, sudor, fluidos, esencia pura de deseo mexicano. Agarró mis caderas, clavándome los dedos, acelerando, su aliento caliente en mi oreja: —Neta, Ana, estás riquísima. Tu panocha es un paraíso.

Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas rebotando, el placer acumulándose en espiral. Cambiamos posiciones: yo encima, montándolo con furia, mis muslos temblando, clítoris frotándose contra su pelvis. Él chupaba mis pezones, mordiendo suave, mientras yo giraba las caderas, sintiendo su verga golpear mi punto G una y otra vez. ¡Qué chingón! grité, el segundo orgasmo explotando, contrayendo mi coño alrededor de él, ordeñándolo.

Marco rodó encima, misionero intenso, sus ojos clavados en los míos, sudor goteando de su frente a mi pecho. —¡Me vengo, cuñada! —rugió, embistiendo profundo, su cuerpo convulsionando, llenando el condón con chorros calientes que sentía palpitar dentro.

Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, el ventilador secando nuestro sudor. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos, mientras el aroma de nuestro clímax flotaba dulce y pesado. Me besó la frente, suave, tierno.

—Esto fue la neta, Ana. Pero... ¿y Luis?

Sonreí, mi dedo en sus labios. —Es nuestra novela pasión prohibida completa, Marco. Lo que pasa aquí, queda aquí. Por ahora.

Nos quedamos así, enredados, escuchando el tráfico lejano de Reforma, el corazón latiendo en unisono. Sabía que Luis volvería, que la vida cotidiana nos reclamaría, pero esa noche, en el calor de su abrazo, me sentía empoderada, dueña de mi deseo, libre en la prohibición. El amanecer pintó el cielo de rosa, y con él, un nuevo capítulo latiendo en mi pecho.

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