Lectura Ardiente de la Pasión de Cristo
Era Viernes Santo en nuestra casita de Coyoacán, con el aroma a cempasúchil y velas de parafina flotando en el aire. Yo, Ana, había invitado a mi carnal, no, a mi lover secreto, Javier, para una noche tranquila. No éramos de misa ni rezos, pero neta que la lectura de la Pasión de Cristo siempre me ponía la piel chinita. Ese relato de sufrimiento, de entrega total, me removía algo profundo, como un fuego lento en el vientre. Javier, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me derriten, accedió de volada. "Órale, mi reina, si te prende eso, lo leemos juntos", me dijo mientras se quitaba la chamarra de mezclilla.
Nos sentamos en el sillón de terciopelo rojo, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. La luz de las velitas parpadeaba en las paredes de adobe, proyectando sombras que bailaban como almas en pena. Abrí la Biblia vieja de mi abuelita, las páginas crujían como hojas secas. Empecé a leer en voz alta, mi voz temblorosa al principio: "Y Pilatos lo entregó para que fuera crucificado...". Javier me escuchaba atento, su mano rozando mi rodilla, subiendo despacito por mi falda floreada. ¿Por qué carajos este cuento me moja tanto?, pensé, mientras el pulso se me aceleraba.
La lectura avanzaba, las palabras salían roncas: "Lo azotaron, le pusieron corona de espinas...". Imaginaba el dolor, la sangre caliente resbalando por la piel morena, y de repente, el roce de los dedos de Javier en mi muslo interior me sacó del trance. Lo miré, sus labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando rápido. "Sigue, Ana, tu voz es como miel con chile", murmuró, su aliento cálido contra mi oreja. Olía a su colonia barata mezclada con sudor fresco, un olor que me hacía apretar las piernas. Continué, pero ya no era solo la historia; era nuestra propia pasión brotando, como si las palabras invocaran un ritual pagano.
En mi mente, Jesús no sufría solo; yo lo acompañaba en cada latigazo, cada gota de sudor, y Javier era mi redentor, mi tentación encarnada.
La tensión crecía con cada versículo. "Lo cargaron al Calvario, el peso aplastándole los hombros...". Javier ya no se conformaba con caricias leves; su mano se coló bajo mi blusa, rozando mi sostén de encaje. Sentí sus dedos ásperos, de tanto trabajar en la construcción, pellizcando suave mi pezón endurecido. Un jadeo se me escapó, rompiendo el ritmo de la lectura. "No pares, mi amor, esto es lo más chido que he oído en mi vida", susurró, besándome el cuello. Su lengua trazó un camino húmedo, saboreando mi sal, y yo dejé caer el libro al piso con un thud sordo.
Acto dos de nuestra propia pasión: me volteó sobre su regazo, mis nalgas contra su entrepierna dura como piedra. "Neta, Ana, esta lectura de la Pasión de Cristo me tiene al borde", gruñó, mientras sus caderas se movían rítmicamente. Le quité la playera, revelando su torso tatuado con un águila devorando serpiente, piel bronceada brillando bajo la luz de las velas. Lo besé con hambre, probando el sabor salado de su boca, mezclado con el tequila que habíamos tomado antes. Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando surcos rojos como los del látigo evangélico.
Nos desnudamos con urgencia, ropa volando por todos lados. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo de la piel estirada. "Te quiero adentro, Javier, como Cristo en su entrega total", le dije, mi voz ronca de deseo. Él me recostó en el sillón, abriéndome las piernas con gentileza. El aire fresco rozó mi concha húmeda, expuesta, y olí mi propia excitación, almizclada y dulce. Su lengua descendió primero, lamiendo lento mis labios mayores, succionando mi clítoris hinchado. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mientras mis caderas se arqueaban buscando más.
Esto es el verdadero Calvario, pensé, el placer que duele de tan intenso. Javier lamía con maestría, introduciendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en mi punto G, haciendo que chorros de placer me sacudieran. "¡Órale, mi panocha es tuya!", grité, jalándole el pelo. Él levantó la cara, labios brillosos de mis jugos, y sonrió: "Eres mi virgen María, pero cachonda". Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, como espinas placenteras. Empezamos a follar con ritmo salvaje, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en un olor animal.
Sus embestidas eran profundas, golpeando mi cervix con cada thrust, mientras yo clavaba mis talones en su culo firme. "Más fuerte, wey, dame tu pasión completa", le exigía, y él obedecía, gruñendo como bestia. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes internas, el roce eléctrico enviando chispas a mi cerebro. Nuestros pechos se aplastaban, pezones rozándose, y yo mordí su hombro para no gritar tan fuerte. El ambiente se cargaba de nuestros olores: sudor, sexo, velas quemándose. La lectura olvidada yacía en el suelo, páginas abiertas en la crucifixión, testigo muda de nuestro éxtasis.
La intensidad escalaba, mis ovarios se contraían anunciando el orgasmo. "Me vengo, Javier, ¡no pares!", chillé, y él aceleró, su pinga hinchándose más. Explosé en olas, mi concha ordeñándolo, jugos chorreando por mis muslos. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar adentro. "¡Ay, carajo, Ana!", rugió, colapsando sobre mí. Permanecimos unidos, respiraciones jadeantes sincronizándose, corazones latiendo al unísono.
En el afterglow, nos acurrucamos bajo una cobija de lana, el cuerpo de Javier pesado y protector. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con el humo de las velas agonizantes. "Neta, esa lectura de la Pasión de Cristo fue el pretexto perfecto", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. En el sufrimiento hay placer, en la entrega hay libertad, reflexioné. Afuera, el barrio dormía en silencio santo, pero nosotros habíamos encontrado nuestra propia resurrección. Mañana sería otro día, pero esta noche, nuestra pasión era eterna.