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Pasión de Cristo Detrás de Cámaras

7235 palabras

Pasión de Cristo Detrás de Cámaras

El calor del escenario en el Teatro de la Ciudad me envolvía como un manto pesado, pegajoso. Era la última semana de ensayos para La Pasión de Cristo, esa obra que cada año llenaba el auditorio con fieles y curiosos. Yo, Ana, interpretaba a María Magdalena, la pecadora redimida, la que unta los pies del Señor con perfume y lágrimas. Marco, el wey que hacía de Jesús, era un tipo alto, moreno, con ojos que te taladraban el alma. Desde el primer día que lo vi con esa túnica raída, sudando bajo las luces, sentí un cosquilleo en el estómago. Neta, no era solo el personaje; era él, su voz grave recitando las Escrituras, su piel bronceada brillando como si el Espíritu Santo lo hubiera untado de aceite.

¡Magdalena, mujer, tus pecados te son perdonados! —gritaba Marco en el ensayo, extendiendo los brazos en la cruz improvisada. Yo me arrodillaba, tocando sus pies descalzos, y el roce de mis dedos contra su piel áspera me ponía la piel de gallina. Olía a sudor fresco, a hombre trabajado, mezclado con el aroma de las velas de cera que ardían en el altar. Mi corazón latía como tambor en Semana Santa, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera que no tenía nada de santa.

Después del ensayo, mientras el director gritaba "¡Corte, carnales! Mañana a las siete", Marco se acercó. Llevaba la barba postiza a medio quitar, el pelo largo revuelto. —Oye, Ana, ¿vamos por un taco al pastor pa' celebrar? —me dijo con esa sonrisa pícara, los dientes blancos contrastando con su piel morena.

¿Qué pedo conmigo? Este cuate es Jesús, wey. Pero su mirada... ay, nanita, me hace querer pecar de nuevo.

Acepté, claro. Caminamos por las calles empedradas del Centro, el bullicio de la noche mexicana envolviéndonos: vendedores de elotes gritando, mariachis afinando guitarras, el olor a cebolla caramelizada y chiles asados flotando en el aire. En el puesto, hombro con hombro, su brazo rozó el mío. Electricidad pura. Mordí mi taco, el jugo picante goteando por mi barbilla, y él lo limpió con el pulgar, lento, mirándome fijo. —Estás cañona como Magdalena, Ana —murmuró, su aliento cálido con sabor a cilantro y limón.

Regresamos al teatro porque había olvidado mi chamarra. Las luces estaban bajas, solo un foco olvidado en el pasillo de camerinos. Pasión de Cristo detrás de cámaras, pensé, riéndome por dentro. Nadie alrededor, solo el eco de nuestros pasos y el zumbido de los aires acondicionados. Entramos a mi camerino, un cuartito chiquito con espejo rodeado de bombillas, ropa colgada y un colchón viejo para las siestas.

Se cerró la puerta con un clic suave. Marco me acorraló contra el espejo, su cuerpo duro presionando el mío. —No aguanto más verte así, con esa túnica ceñida que marca tus chichis —gruñó, su voz ronca como un rezo prohibido. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando la falda. Yo jadeé, el vidrio frío en mi espalda contrastando con su calor. Olía a él: jabón de sándalo, sudor del ensayo, un toque de colonia barata que me volvía loca.

—Marco, wey... ¿y si nos cachan? —susurré, pero mis manos ya tiraban de su camisa, sintiendo los músculos de su pecho, duros como rocas del Calvario. Él rio bajito, mordisqueando mi cuello, su barba raspando delicioso.

—Que nos crucifiquen, mi amor. Pero primero, déjame adorarte.

Acto dos de nuestra propia pasión. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Mis pezones se endurecieron al aire, y él los lamió como si fueran miel de maguey, chupando con hambre santa. Gemí, el sonido rebotando en las paredes. Mis dedos se enredaron en su pelo, tirando, guiándolo más abajo. Él se arrodilló, como en la obra, pero esta vez levantando mi falda. —Estás empapada, Magdalena —dijo, inhalando profundo mi aroma, ese olor almizclado de mujer en celo que llena el camerino.

Su lengua encontró mi clítoris, caliente y hábil, lamiendo en círculos lentos. Sentí las chispas subiendo por mi espina, mis piernas temblando contra sus hombros anchos. ¡Ay, Diosito! Esto es mejor que cualquier redención. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mi panocha chupada y penetrada era obsceno, sincronizado con mis jadeos ahogados. Sudábamos juntos, el aire espeso con nuestro deseo.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo entero. Le bajé los pantalones de un tirón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precúm. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y la masturbé lento, saboreando su gemido gutural. —Chúpamela, Ana —rogó, y yo obedecí, arrodillándome ahora yo. Su sabor salado invadió mi boca, el olor almizclado de su pubis contra mi nariz. Lo tragué profundo, garganta relajada por práctica de actriz, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua.

Pero quería más. Lo empujé al colchón raído, montándolo como una amazona en Semana Santa. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón! Gritamos juntos, el colchón crujiendo bajo nosotros. Cabalgué duro, mis caderas girando, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Sus manos amasaban mis nalgas, azotando suave, el sonido carne contra carne como aplausos prohibidos. El espejo reflejaba todo: mi espalda arqueada, sus bolas golpeando mi culo, sudor goteando por nuestros cuerpos.

—Más rápido, cabrón —le ordené, clavando uñas en su pecho. Él embistió desde abajo, poderoso, sus ojos clavados en los míos. Hablábamos sucio, mexicanísimo: —Tu concha me aprieta como virgen, wey. —Y yo: —Córrete adentro, Jesús mío, bautízame con tu leche.

La tensión crecía, mis músculos internos apretándolo, el orgasmo acechando como la resurrección. Sudor chorreaba en mis ojos, salado en mis labios. Su aliento jadeante en mi oreja, mordiendo el lóbulo. El clímax llegó como un terremoto: yo primero, convulsionando, mi jugo empapándolo todo, gritando su nombre. Él siguió, tres embestidas más, y explotó, caliente, profundo, llenándome hasta rebosar.

Colapsamos, enredados, el colchón oliendo a sexo crudo. Su corazón tronaba contra mi mejilla, su mano acariciando mi pelo húmedo. Afuera, el tráfico de la ciudad zumbaba lejano, como si el mundo siguiera su curso piadoso.

—Esto fue... pasión de Cristo detrás de cámaras, ¿no? —dijo él, riendo bajito, besando mi frente.

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Neta, Marco no es solo un actor. Es mi salvación personal, mi pecado consentido.
Nos vestimos despacio, robándonos besos perezosos, el sabor de nosotros aún en la boca. Salimos del camerino como si nada, pero con una promesa en los ojos: la función final sería épica, y después, más de esto.

En el escenario esa noche, cuando interpreté a Magdalena ungiendo sus pies, el recuerdo de su verga dentro de mí hizo que mis manos temblaran de verdad. El público aplaudió, creyendo que era arte puro. Pero nosotros sabíamos la verdad: detrás de las cámaras, la pasión verdadera renace cada vez que nos miramos.

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