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Pasión del Cielo Café (1)

6896 palabras

Pasión del Cielo Café

Entré al Pasión del Cielo Café esa tarde de viernes, con el sol de la Ciudad de México filtrándose por las ventanas empañadas. El aroma del café recién molido me envolvió como un abrazo cálido, mezclado con notas de canela y vainilla que flotaban en el aire húmedo. Era mi rincón favorito en la Condesa, un lugar chido donde el tiempo se detenía entre tazas humeantes y charlas susurradas. Llevaba semanas estresada con el pinche trabajo, y necesitaba un escape. Pedí un latte con doble shot, y mientras esperaba, mis ojos se posaron en él.

Estaba detrás de la barra, con una sonrisa que iluminaba más que las luces colgantes. Alto, moreno, con ojos cafés intensos que parecían leer el alma. Su camiseta ajustada marcaba unos brazos fuertes, y el delantal negro le daba un toque misterioso. Órale, qué hombre, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Me sirvió la taza con un guiño: "

Para la más guapa del café, ¿no?
" Su voz era grave, con ese acento chilango que me derretía.

Me senté en una mesa junto a la ventana, fingiendo leer mi libro, pero no podía quitarle la vista de encima. Cada movimiento suyo era hipnótico: el vapor subiendo de la máquina, el sonido rítmico del molinillo, el roce de sus dedos al espumar la leche. Mi piel se erizaba solo de imaginar esas manos en mí. ¿Qué te pasa, Ana? Relájate, no seas pendeja. Pero el deseo ya ardía bajo mi falda ligera, un calor que se extendía como el café en mi lengua.

Al rato, se acercó con una rebanada de pastel de tres leches. "

Invitación de la casa. Me llamo Diego, por cierto. ¿Vienes mucho por aquí?
" Su aliento olía a menta y espresso, fresco y tentador. Nos pusimos a platicar: de la vida loca en la ciudad, de cómo el Pasión del Cielo Café era su sueño hecho realidad, un oasis de sabores y pasiones. Reía con esa carcajada ronca que vibraba en mi pecho, y yo sentía mis pezones endurecerse contra la blusa de algodón.

La tensión crecía con cada sorbo. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, un contacto eléctrico que me hacía morder el labio. "

Me traes loco con esa mirada, Ana
", murmuró, inclinándose. Su mano rozó la mía, áspera por el trabajo pero suave en los dedos. El café se enfriaba olvidado, mientras el mundo afuera bullía con cláxones y risas, pero adentro solo existíamos nosotros. Quiero besarlo ya, neta.

El turno de Diego terminó pronto. "

¿Me dejas invitarte a caminar? O mejor... ¿vamos a otro lado?
" Su propuesta colgaba en el aire cargado de promesas. Asentí, el pulso acelerado latiendo en mi cuello. Salimos del café tomados de la mano, el atardecer tiñendo las calles de naranja y rosa. Caminamos hasta mi depa en la Roma, a unas cuadras, el viento juguetón levantando mi falda y revelando la humedad entre mis muslos.

En el elevador, no aguantamos más. Sus labios capturaron los míos, urgentes y hambrientos, saboreando a café y deseo. Gemí contra su boca, mis uñas clavándose en su nuca. El ding del elevador nos separó apenas, riendo como güeyes traviesos. Adentro, la puerta se cerró con un clic, y sus manos exploraron mi cuerpo con maestría: bajando la cremallera de mi blusa, liberando mis senos al aire fresco. "

Qué chingona estás, Ana. Perfecta
", ronroneó, lamiendo mi cuello mientras yo desabrochaba su pantalón.

Lo empujé al sofá, el cuero crujiendo bajo nuestro peso. Me arrodillé entre sus piernas, inhalando su aroma masculino, terroso y excitado. Mi lengua trazó su erección dura como piedra, salada y pulsante. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo: "

¡No mames, qué rico!
" Lo chupé con devoción, saboreando cada vena, cada gota de pre-semen que brotaba. Mis bragas estaban empapadas, el clítoris hinchado rogando atención.

Diego me levantó como si no pesara, cargándome a la recámara. La luz tenue de la lámpara bañaba la cama king size, sábanas de algodón egipcio listas para el festín. Me tendió boca arriba, besando mi vientre, bajando hasta mis caderas. Deslizó mis bragas con dientes, exponiendo mi sexo depilado y reluciente. "

Eres un manjar, mi reina
". Su lengua se hundió en mí, lamiendo pliegues húmedos, succionando mi clítoris con maestría. Grité, arqueándome, el placer como ondas de calor expandiéndose. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mientras sus dedos curvados masajeaban mi punto G.

No pares, cabrón, estoy cerca, pensé, pero lo quería dentro. Lo jalé arriba, guiando su verga gruesa a mi entrada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, llenaba la habitación. Embestía profundo, mis paredes contrayéndose alrededor de él, cada roce enviando chispas. Sudor perlando su pecho, goteando sobre mis senos. Lo monté entonces, cabalgando con furia, mis caderas girando, pechos rebotando. "

¡Sí, así, muévete chingón!
", jadeaba él, pellizcando mis pezones.

La intensidad subía como el volcán que soy. Cambiamos posiciones: de lado, él atrás, una pierna alzada para penetrar más hondo. Sus bolas chocaban contra mi culo, el slap-slap rítmico como tambores prehispánicos. Mordí la almohada para no gritar demasiado, pero los vecinos que se jodan. Su mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos, y exploté. El orgasmo me sacudió entera, jugos chorreando por sus muslos, visión borrosa de placer. "

¡Me vengo, Diego!
" Él rugió poco después, llenándome con chorros calientes, colapsando sobre mí en un enredo de miembros temblorosos.

Jadeantes, nos quedamos así, piel pegajosa y cálida. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con nuestro sudor salado. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas. "

Eso fue la neta, Ana. Pasión del cielo puro
", susurró, trazando círculos en mi espalda. Reí bajito, sintiéndome poderosa, mujer en todo su esplendor.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cascabeando sobre cuerpos saciados. Jabón espumoso en sus manos, masajeando mis curvas, risas burbujeantes. Salimos envueltos en toallas, pidiendo unos tacos por app para recargar energías. Sentados en la cama, platicamos de todo: sueños, miedos, lo chido que era el Pasión del Cielo Café como inicio de esto. No era solo sexo; había chispa, conexión real.

Se fue al amanecer, prometiendo volver. Me quedé en la cama, sheets revueltas testigos de la noche, un sabor a él en mis labios. Qué pedo tan rico, pensé, sonriendo al techo. El Pasión del Cielo Café ya no sería solo un café; sería el altar de mi despertar sensual. Y quién sabe, quizás mañana regrese por más.

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