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René Descartes Las Pasiones del Alma Desnuda

7197 palabras

René Descartes Las Pasiones del Alma Desnuda

Estaba en esa librería chiquita de la Condesa, oliendo a papel viejo y café recién molido, cuando lo vi por primera vez. Yo, Ana, una morra de veintiocho que se la pasa entre libros de filosofía porque neta me pirra el rollo de la mente y el cuerpo. Agarré el librito de René Descartes, Las pasiones del alma, con su portada amarillenta, pensando en cómo el francés ese explicaba que las pasiones nos mueven como resortes del alma. Sentí un cosquilleo en la nuca, como si el aire se hubiera cargado de algo eléctrico.

Él estaba al lado, un wey alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido bajo las luces tenues. Se llamaba Luis, me dijo después, profesor de la UNAM, y cuando vio el libro en mis manos, sonrió con esa picardía mexicana que te hace mojar las bragas de volada. "Órale, carnala, ¿tú también caes en las trampas de Descartes?" dijo, con voz grave que me erizó la piel. Hablamos un rato, riéndonos de cómo las pasiones del alma nos joden la razón, pero al mismo tiempo nos hacen sentir vivos. Su olor, una mezcla de colonia cítrica y sudor fresco, me invadió las fosas nasales. Sentí el calor subiendo por mis muslos, esa tensión inicial que Descartes describiría como admiración mezclada con deseo.

¿Y si lo invito a un café? Neta, Ana, no seas pendeja, pero este wey me prende como fogata en noche de Día de Muertos.

Acto seguido, salimos a la calle empedrada, con el bullicio de autos y risas de parejitas. En el café, nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque accidental que no lo fue. Hablaba de René Descartes las pasiones del alma, de cómo el amor y el deseo son vientos que agitan el alma, y yo lo veía mover los labios carnosos, imaginando su lengua en mi piel. Mis pezones se endurecieron contra la blusa de algodón, el roce áspero me hacía jadear bajito. Él lo notó, porque su mirada bajó un segundo y su pupila se dilató como la mía.

La plática escaló. "Las pasiones no son pecado, son naturaleza, ¿no?" murmuró, su mano rozando la mía al pasar el azúcar. El tacto fue fuego, piel contra piel, cálida y firme. Mi pulso latió en las sienes, el corazón retumbando como tamborazo zacatecano. Olía su aliento a menta y café, y yo sabía que mi aroma a jazmín y excitación lo traía loco. Caminamos sin rumbo, hasta mi depa en la Roma, subiendo escaleras crujientes, cada paso un latido más fuerte en mi entrepierna.

Adentro, la luz de las velas parpadeaba sobre las paredes pintadas de terracota, el aire cargado de incienso mexicano. Nos sentamos en el sillón mullido, el libro de Descartes abierto entre nosotros. Leí en voz alta: "Las pasiones del alma son percepciones o sentimientos excitados en el alma por algo corporal." Mi voz salió ronca, temblorosa. Él se acercó, su muslo presionando el mío, el calor irradiando como sol de mediodía en el DF.

Chingado, Ana, si no lo beso ya, exploto. Este wey es mi pasión hecha carne.

Sus labios tocaron los míos, suaves al principio, explorando como quien saborea un tamal recién hecho, humeante y jugoso. El beso se profundizó, lenguas danzando, sabor a café y sal de su piel. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el brasier con maestría, liberando mis tetas pesadas que él amasó con gentileza, pulgares rozando pezones duros como piedras de obsidiana. Gemí en su boca, el sonido vibrando en mi garganta, mientras su verga endurecida presionaba contra mi cadera a través del pantalón.

Lo empujé suave al sillón, quitándome la falda con un movimiento fluido, quedando en tanga de encaje negro que ya estaba empapada. Él se desvistió, su torso moreno marcado por gym, vello oscuro bajando hasta esa vergonzota tiesa, palpitante, con venas marcadas que invitaban a lamer. "Qué chingón estás, wey", le dije, arrodillándome, mi aliento caliente sobre su piel. Lo tomé en la boca, lengua girando alrededor del glande salado, succionando con hambre mientras él gruñía, dedos enredados en mi pelo. El sabor era puro macho, almizcle y deseo, mi boca llena, garganta relajándose para más.

Me levantó, besándome con furia contenida, y me tendió en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra mi piel ardiente. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando huellas húmedas que olían a su saliva. Chupó mis tetas, lengua plana lamiendo areolas, dientes rozando lo justo para que arqueara la espalda. Bajó más, besos en el ombligo, en los huesos de la cadera, hasta mi chochito depilado, labios hinchados brillando de jugos.

Separó mis piernas con manos firmes pero tiernas, inhalando profundo mi aroma almizclado, "Hueles a pecado delicioso, morra". Su lengua entró en juego, lamiendo lento desde el perineo hasta el clítoris, círculos perfectos que me hicieron gritar. Sentía cada roce como chispas, mi clítoris hinchado pulsando, jugos chorreando por sus barbilla. Metió dos dedos gruesos, curvándolos hacia arriba, tocando ese punto que me hace ver estrellas, mientras chupaba fuerte. Mi cuerpo temblaba, caderas moviéndose solas, el sonido de succiones húmedas llenando la habitación junto a mis gemidos roncos.

¡Ya casi, carajo! Descartes tenía razón, esta pasión me consume el alma.

El clímax me golpeó como ola en Acapulco, contracciones violentas, chorro caliente salpicando su mano, piernas temblando incontrolables. Él subió, besándome para que probara mi propio sabor dulce y salado. "Ahora tú, cabrón, métemela toda", le ordené, guiando su verga gruesa a mi entrada resbaladiza. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El roce era fricción perfecta, piel contra piel, sus bolas peludas golpeando mi culo con cada estocada profunda.

Cabalgamos el ritmo, yo arriba primero, rebotando, tetas saltando, uñas clavadas en su pecho mientras él pellizcaba mis nalgas. Sudor nos unía, resbaloso y salado, olores mezclados de sexo crudo y pasión. Volteamos, él encima, embistiendo fuerte, mi chochito apretándolo como puño. Gruñía en mi oído, "Te sientes como paraíso, Ana, tan chida y mojada", su aliento caliente acelerando mi segundo orgasmo.

Explotamos juntos, su verga hinchándose, chorros calientes inundándome, mi coño ordeñándolo mientras ondas de placer me recorrían desde el útero hasta las puntas de los dedos. Colapsamos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono, piel pegajosa enfriándose en la brisa de la ventana abierta.

Después, recostados, él acariciando mi pelo revuelto, yo trazando círculos en su pecho. "René Descartes las pasiones del alma lo dice todo, ¿verdad? Nos movieron como títeres, pero qué chido fue", susurré. Él rio bajito, besando mi frente. El alma en paz, el cuerpo saciado, sabiendo que esta pasión no era solo carnal, sino algo que nos conectaba más allá de la carne. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente, pero adentro, todo era calma ardiente, promesa de más noches así.

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