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La Pasión del Reparto

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La Pasión del Reparto

Ana ajustó el escote de su vestido rojo fuego mientras el director gritaba "¡Corte!" El set de La Pasión bullía de actividad en los estudios de Televisa, en el corazón de la Ciudad de México. El aire olía a café recién molido mezclado con el perfume dulzón de las maquillistas y el sudor leve de los reflectores calientes. Ana, con sus 28 años y curvas que volvían locos a los galanes de la novela, sintió un cosquilleo en la nuca cada vez que Luis, su coestrella, la rozaba accidentalmente durante las escenas.

Luis era el típico moreno alto, con ojos café que prometían travesuras y una sonrisa pícara que decía "neta, güey, te como con los ojos". Habían grabado la escena del beso apasionado diez veces, y cada toma era como un juego de fuego.

¿Por qué carajos mi cuerpo reacciona así con este pendejo? Es solo actuación, Ana, contrólate
, se repetía ella mientras el maquillaje cubría el rubor de sus mejillas. Pero la tensión crecía, como el calor de un atardecer en Xochimilco.

Al final del día, el reparto se dispersó entre risas y planes para unas cheves en Polanco. Ana fingió un bostezo. "Chido, nos vemos mañana, carnales", dijo, pero sus ojos se clavaron en Luis. Él captó la indirecta al vuelo. "Órale, Ana, ¿me das ride a mi trailero? Vivo cerca del tuyo", soltó con esa voz ronca que erizaba la piel.

En el camerino compartido, el silencio cayó como una cortina pesada. El espejo reflejaba sus siluetas: ella con el cabello suelto cayendo en ondas negras, él quitándose la camisa con lentitud felina. El aroma de su colonia, terrosa como el mezcal oaxaqueño, invadió el espacio reducido. Ana sintió su pulso acelerarse, el corazón latiéndole en el pecho como tambores de una fiesta en la Guerrero.

"¿Qué pasa, reina? ¿El beso de la escena te dejó con ganas de más?" murmuró Luis acercándose, su aliento cálido rozando su oreja. Ana giró, sus pechos subiendo y bajando con agitación.

No seas mensa, dile que sí. Tu cuerpo ya lo grita
. "Tal vez, wey. O tal vez solo quiero ver si besas igual de chido sin cámaras", respondió ella con un guiño juguetón.

Sus labios se encontraron en un roce suave al principio, como probar un tamal recién salido del vapor. El sabor de él era salado, con un toque de menta del chicle que masticaba. Las manos de Luis subieron por su espalda, desabrochando el vestido con maestría, mientras ella enredaba los dedos en su cabello corto y áspero. La tela roja cayó al piso con un susurro sedoso, dejando su piel expuesta al aire fresco del ventilador. Sus pezones se endurecieron al instante, sensibles al roce de sus pulgares callosos.

La besó en el cuello, succionando suavemente, y Ana gimió bajito, un sonido gutural que reverberó en las paredes forradas de posters de novelas pasadas. "Pinche Luis, me vas a volver loca", jadeó ella, empujándolo hacia el sofá raído del camerino. Él se dejó caer, jalándola encima. Sus muslos fuertes se abrieron para ella, y Ana sintió la dureza de su erección presionando contra su entrepierna a través de la tela del pantalón. El calor irradiaba, húmedo y prometedor.

Desabrochó su cinturón con dedos temblorosos, el metal tintineando como campanitas en una procesión. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con vida propia. Ana la tomó en la mano, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero debajo, el pulso latiendo contra su palma.

Qué chingonería, este wey está hecho para el pecado
. Bajó la cabeza, lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando el precum salado y ligeramente dulce, como pulque fermentado.

Luis gruñó, un sonido animal que vibró en su pecho ancho. "Sí, así, mi amor, chúpamela rico". Ella lo hizo, succionando con ritmo, la boca llena, saliva resbalando por las comisuras. El olor almizclado de su excitación llenaba sus fosas nasales, embriagador como incienso en una catedral. Sus bolas pesadas rozaban su barbilla, suaves y calientes.

Pero Luis no era de los que se quedaban pasivos. La levantó con facilidad, volteándola sobre el sofá. "Ahora te toca a ti, preciosa". Sus dedos expertas separaron sus labios vaginales, húmedos y hinchados de deseo. El roce fue eléctrico; Ana arqueó la espalda, gimiendo cuando su lengua trazó círculos alrededor del clítoris. Lamía con hambre, sorbiendo sus jugos que sabían a miel tibia y sal. Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras el pulgar masajeaba su ano con delicadeza juguetona.

"¡Ay, cabrón, no pares!" gritó ella, las uñas clavándose en sus hombros. El placer subía en oleadas, su vientre contrayéndose, el sudor perlando su frente. El sonido de su chupeteo obsceno mezclaba con sus jadeos, un coro erótico en el camerino cerrado.

Esto es el reparto de la pasión verdadera, no la de la novela
, pensó Ana mientras el orgasmo la sacudía, piernas temblando, chorros de placer empapando la cara de Luis.

Él se incorporó, reluciente de sus fluidos, y la penetró de un solo empujón profundo. Ana sintió la plenitud exquisita, su coño apretándolo como un guante caliente. Empezaron a moverse, él embistiendo con fuerza controlada, ella clavando las caderas contra las suyas. Piel contra piel, chapoteo húmedo, el sofá crujiendo bajo ellos. Sus tetas rebotaban con cada arremetida, y Luis las atrapó en sus manos, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir más fuerte.

"Más duro, pendejo, dame todo", exigió ella, rodeándolo con las piernas. Él aceleró, el ritmo frenético como un son jarocho enloquecido. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor mezclado con feromonas. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el glande golpeando su cervix con delicioso dolor. Sus miradas se engancharon, intensas, transmitiendo más que palabras: complicidad, lujuria pura.

El clímax los alcanzó juntos. Luis se tensó, gruñendo "Me vengo, Ana, te lleno", y ella sintió el chorro caliente inundándola, pulsación tras pulsación. Su propio orgasmo explotó, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota. Colapsaron enredados, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa y brillante.

Minutos después, tumbados en el sofá desordenado, Luis le acarició el cabello. "Neta, esto fue mejor que cualquier guion de La Pasión", murmuró con risa ronca. Ana sonrió, besando su pecho salado.

El reparto de la pasión no se acaba aquí; apenas empieza
. El camerino guardaba su secreto, pero el eco de sus gemidos prometía más noches de fuego en el set.

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