El Color de la Pasión Capítulo 34 Llamas en la Piel
La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y jazmines en flor, ese aroma que se te mete en la piel como un susurro indecente. Yo, Ana, estaba recargada en la barandilla de la terraza de nuestra villa, con el viento caliente lamiéndome las piernas bajo el vestido ligero de algodón. Hacía días que no veía a Marco, mi carnal, el que me hacía arder con solo una mirada. ¿Dónde andas, pendejo? pensé, mientras el ronroneo de las olas chocando contra las rocas me ponía la piel chinita.
De repente, escuché el motor de su camioneta Jeep rugiendo por el camino empedrado. Mi corazón dio un brinco, como si ya supiera lo que venía. Bajó del carro con esa camisa blanca desabotonada hasta el pecho, bronceado por el sol mexicano, y esa sonrisa chueca que dice "te voy a comer viva" sin palabras. "¡Mamacita!", gritó, y su voz grave me erizó los vellos de la nuca.
Me lancé a sus brazos, sintiendo su cuerpo duro contra el mío, el olor a su colonia mezclada con sudor fresco del camino. Sus manos grandes me apretaron la cintura, bajando despacio hasta mis nalgas, amasándolas como si fueran masa para tortillas. "Te extrañé, mi reina", murmuró en mi oído, su aliento caliente con sabor a tequila reposado. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en una fiesta de pueblo, saboreando el salitre del mar en su boca.
Esto es puro fuego, neta. Como si estuviéramos en el color de la pasión capítulo 34, donde todo explota de deseo.
Lo jalé adentro de la villa, la luz tenue de las velas parpadeando en las paredes de adobe blanco. La sala olía a vainilla de las velas y a nosotros mismos, ese aroma almizclado que avisa lo que va a pasar. Nos sentamos en el sofá de mimbre, con cojines mullidos que crujían bajo nuestro peso. Hablamos de tonterías, de la playa, de cómo el sol me había puesto la piel dorada, pero sus ojos no se despegaban de mis tetas, que se marcaban bajo la tela delgada.
"¿Sabes qué, Ana? Eres mi vicio", dijo, pasando un dedo por mi clavícula, bajando lento hasta el borde del escote. Sentí un cosquilleo eléctrico subiendo por mi espina, mi concha ya húmeda, palpitando como un tambor chamánico. Le quité la camisa de un tirón, revelando ese pecho velludo y marcado por horas en el gym. Mis uñas rasguñaron suave su piel, oyendo su gemido ronco que me mojó más.
Acto uno del deseo: la tensión que se acumula como tormenta en el Pacífico. Nos besamos de nuevo, más profundo, sus manos explorando mis muslos, subiendo el vestido hasta que sentí el aire fresco en mis panties de encaje. "Estás chingona, mi amor", susurró, mordisqueándome el lóbulo de la oreja. Yo reí bajito, arqueándome contra él, sintiendo su verga dura presionando mi vientre a través del pantalón.
Pero no era solo físico; había algo más. Marco había estado en un viaje de negocios en la CDMX, y yo celosa como telenovela, imaginando otras con él. "¿Y esas güilas de la oficina?", le pregunté juguetona, mientras le desabrochaba el cinturón. Él rio, esa carcajada profunda que vibra en el pecho. "Puras pendejadas, Ana. Solo tú me pones así de loco". Sus palabras me derritieron, borrando la duda como tequila en hielo.
Lo empujé suave al sofá, montándome a horcajadas. El roce de su piel contra la mía era fuego puro, sudor perlando su frente, brillando bajo la luz de las velas. Bajé el vestido por los hombros, dejando mis tetas libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Marco las miró con hambre, lamiéndose los labios. "Déjame probarte", pidió, y yo asentí, guiando su boca a uno. Su lengua caliente rodeó el pezón, chupando con fuerza, enviando descargas directas a mi clítoris. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mezclándose con el rumor del mar.
Mis caderas se movían solas, frotándome contra su bulto. Olía a sexo inminente, a esa esencia dulce y salada de mi excitación. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. "¡Qué chingona está!", exclamé, masturbándolo lento, oyendo sus jadeos entrecortados.
Quiero que me folle ya, pero no, hay que saborear esto como un mole bien hecho.
Escalada en el medio acto: la intensidad subiendo como fiebre. Me puse de rodillas en la alfombra tejida a mano, con motivos huicholes que parecían danzar. Su verga frente a mi cara, olía a hombre puro, a deseo concentrado. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, hasta la punta donde una gota precorial brillaba como perla. Marco gruñó, enredando sus dedos en mi cabello negro largo. "Así, mi reina, trágatela toda". Obedecí, engulléndola profunda, mi garganta acomodándose a su tamaño, saliva chorreando por las comisuras.
Él me levantó entonces, cargándome como pluma hacia la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas de hilo egipcio frescas contra mi piel ardiente. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro de mi cuerpo: cuello, tetas, ombligo, deteniéndose en mis panties. Las olfateó como lobo, "Hueles a paraíso, Ana". Las arrancó con los dientes, exponiendo mi panocha depilada, labios hinchados y relucientes.
Su lengua atacó sin piedad, lamiendo mi clítoris en círculos, chupando mis labios mayores, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en el punto G. Grité, arqueándome, mis jugos cubriendo su barbilla. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos agudos, su respiración pesada. "¡Más, cabrón, no pares!", supliqué, mis manos apretando las sábanas hasta que crujieron.
El clímax psicológico se mezclaba: recordé nuestras primeras veces en la playa de Sayulita, arena pegada a la piel, olas testigos. Ahora, aquí, éramos dueños de este fuego. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, su verga rozando mi entrada. "Dime que la quieres", exigió juguetón. "¡Sí, métemela toda, mi amor!", respondí, empujando hacia atrás.
Entró de un solo golpe, llenándome por completo, estirándome delicioso. El dolor placer inicial dio paso a éxtasis puro. Embestía fuerte, sus bolas golpeando mi clítoris, piel contra piel en palmadas rítmicas. Sudor nos unía, resbaloso, oliendo a sexo salvaje. "¡Estás tan apretada, tan rica!", rugía él, una mano en mi cadera, la otra pellizcando mi pezón.
Cambié de posición, montándolo yo ahora, cabalgando como amazona en rodeo. Sus manos en mis nalgas, guiándome, mis tetas botando con cada salto. Lo veía en los ojos: amor, lujuria, posesión mutua. "Ven conmigo, Ana", jadeó, y sentí su verga hincharse más.
Acto final: la liberación. Mi orgasmo llegó como tsunami, olas de placer convulsionándome, gritando su nombre mientras mi concha ordeñaba su verga. Él explotó segundos después, chorros calientes inundándome, su rugido primal vibrando en el aire. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono.
El afterglow fue bendición: suaves caricias, besos perezosos, el mar cantando arrullo. Sudor secándose en la piel, mezclado con nuestros fluidos. "Eres mi todo, Marco", susurré, acurrucada en su pecho. Él me besó la frente. "Y tú la dueña de mi pasión, mi color rojo vivo".
Fin del el color de la pasión capítulo 34, pero nuestro fuego apenas empieza.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el amanecer tiñendo el cielo de rosas y naranjas, prometiendo más capítulos de este amor ardiente.