Pasión Capítulo 62 Fuego en la Carne
El sol de Guadalajara se colaba por las cortinas de encaje de mi ventana, pintando rayas doradas sobre las sábanas revueltas. Yo, Ana, acababa de despertar en esa casa rentada en la colonia Providencia, con el aroma del café recién molido subiendo desde la cocina. Javier, mi amor de toda la vida, estaba ahí abajo preparando el desayuno como si fuéramos novios de recién casados. Hacía meses que no nos veíamos por su pinche trabajo en Monterrey, y ahora que por fin estábamos juntos, el aire se sentía cargado de promesas.
Me estiré en la cama, sintiendo cómo la tela suave rozaba mis pechos desnudos. Neta, este wey me pone como loca, pensé mientras recordaba la noche anterior, cuando llegamos y nos besamos como desesperados en la puerta. Bajé las escaleras descalza, el piso de madera tibia bajo mis pies, y lo encontré de espaldas, con su camiseta ajustada marcando esos músculos que tanto me gustan. El olor de sus chilaquiles con huevo ya me hacía agua la boca, pero era su presencia la que me aceleraba el pulso.
—Órale, mi reina, ¿ya despertaste? —dijo volteando con esa sonrisa pícara que me derrite.
Me acerqué por detrás y lo abracé, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sentí su calor, el leve sudor de la mañana mezclándose con su colonia de sándalo. Mis manos bajaron por su abdomen firme, y él soltó una risa ronca.
—Tranquila, carnal, que si sigues así, el desayuno se quema —murmuró, pero su voz ya traía ese tono juguetón que conozco bien.
Nos sentamos a comer en la terraza, con la brisa fresca trayendo el perfume de las jacarandas. Hablamos de todo y nada: de su último viaje, de mis clases de baile en la uni, de cómo extrañábamos estos momentos. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como una tormenta. Cada roce accidental de nuestras manos sobre la mesa, cada mirada que se prolongaba un segundo de más, hacía que mi piel hormigueara. Yo lo veía comer, sus labios envolviendo el tenedor, y no podía evitar imaginarlos en otras partes de mí.
Esto es solo el principio, Ana. Como si estuviéramos en el capítulo 62 de nuestra propia pasión, donde todo se pone más intenso, me dije a mí misma, recordando esas novelas que vemos juntos en la tele.
Después del desayuno, sugerí un baño juntos. Él aceptó con un guiño, y subimos al baño principal. El agua caliente llenó la tina de mármol, soltando vapor que empañaba los espejos y cargaba el aire con el aroma de mi jabón de lavanda. Me quité la bata despacio, dejándola caer al suelo, y vi cómo sus ojos se oscurecían de deseo mientras se desnudaba también. Su cuerpo, moreno y fuerte, con esa verga ya semierecta que me conoce tan bien, me hizo morderme el labio.
Entramos al agua juntos, el chapoteo suave rompiendo el silencio. Me senté entre sus piernas, recargando la espalda en su pecho. Sus manos grandes subieron por mis costados, rozando mis pezones que se endurecieron al instante. El agua tibia lamía mi piel como una lengua juguetona, y el calor de su erección presionando contra mis nalgas me hizo gemir bajito.
—Te extrañé tanto, mi vida —susurró en mi oído, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espina.
Volteé la cabeza y lo besé, lento al principio, saboreando el sabor salado de su boca mezclado con el café. Nuestras lenguas danzaron, explorando, mientras sus dedos bajaban por mi vientre hasta mi monte de Venus. Ahí, en el agua turbia, empezó a masajear mi clítoris con círculos suaves, haciendo que mis caderas se movieran solas. Sentía cada roce como electricidad, el agua salpicando con mis jadeos crecientes.
Pero no quería correrme todavía. Lo empujé contra el borde de la tina y me subí a horcajadas sobre él. Mi panocha resbaladiza rozó su verga dura, y ambos soltamos un suspiro largo. Lo miré a los ojos, esos ojos cafés que me han visto en lo mejor y lo peor, y le dije:
—Hoy quiero que me chingues despacio, Javier. Que dure.
Él asintió, con esa mirada de lobo hambriento, y me penetró centímetro a centímetro. El estiramiento delicioso me llenó por completo, el agua amortiguando el golpe pero no el placer que subía desde mi centro. Empecé a moverme, arriba y abajo, sintiendo cómo sus manos apretaban mis caderas, guiándome. El sonido de piel mojada contra piel, mis gemidos roncos mezclados con sus gruñidos, llenaba el baño. Olía a sexo y lavanda, a nosotros.
Salimos de la tina empapados, riendo como pendejos mientras nos secábamos con toallas suaves. Me cargó en brazos hasta la cama, donde el sol ahora calentaba las sábanas. Me tendió boca abajo, besando cada vértebra de mi espalda, bajando hasta mis nalgas. Su lengua experta lamió mi entrada desde atrás, saboreándome como si fuera el mejor postre. ¡Pinche wey, sabe cómo volverme loca! Grité de placer cuando introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas.
Me volteó y se posicionó entre mis piernas abiertas. Esta vez entró de un solo empujón, profundo y posesivo. Nuestros cuerpos se unieron en un ritmo frenético, el colchón crujiendo bajo nosotros. Sudor perlando su frente, cayendo sobre mis pechos; yo arañando su espalda, dejando marcas rojas. Sentía su verga palpitando dentro de mí, rozando cada nervio, mientras mis paredes lo apretaban con fuerza.
—Más rápido, amor, ¡dame todo! —le rogué, y él obedeció, embistiéndome con fuerza animal.
La tensión crecía como una ola imparable. Mis pechos rebotaban con cada choque, mis pezones rozando su pecho velludo. El olor almizclado de nuestro arousal llenaba la habitación, mezclado con el jazmín del jardín que entraba por la ventana. En mi mente, flashes de recuerdos: la primera vez que nos cogimos en su carro viejo, las noches de tequila y pasión en la playa de Puerto Vallarta. Esto era más, era pasión capítulo 62, el clímax de nuestra historia interminable.
Alcanzamos el orgasmo juntos. Yo primero, con un grito que debió oírse en la calle, mi cuerpo convulsionando alrededor de él, jugos calientes empapando las sábanas. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar. Colapsamos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí.
Nos quedamos así un rato, el corazón latiendo al unísono. Besó mi cuello, suave ahora, y murmuró:
—Te amo, Ana. Siempre.
Yo sonreí, acariciando su cabello húmedo. El sol de la tarde entraba oblicuo, tiñendo todo de oro. Nos duchamos de nuevo, solos esta vez, y bajamos a preparar tacos de arrachera para la cena. Pero en el aire flotaba la promesa de más. Esta pasión no tiene fin; es como una telenovela que nunca termina, cada capítulo más ardiente que el anterior.
Mientras picaba el cilantro, lo miré de reojo. Él tarareaba una ranchera bajito, feliz. Sí, este es nuestro capítulo 62, pensé. Y no puedo esperar por el 63.