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La Pasion de Cristo Escrita en Carne

7982 palabras

La Pasion de Cristo Escrita en Carne

En las calles empedradas de Coyoacán, bajo el sol tibio de la tarde mexicana, entré a esa librería antigua que huele a papel viejo y a misterio. El aire estaba cargado de ese aroma polvoriento que me eriza la piel, como si las páginas guardaran secretos prohibidos. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y soy escritora de novelas románticas con un toque picante. Ese día buscaba inspiración, algo que me sacara del bloqueo que me tenía jodida desde hace semanas.

Entre los estantes torcidos, mis dedos rozaron un librito encuadernado en cuero negro, sin título en la portada. Lo abrí y leí las primeras líneas: La Pasion de Cristo Escrita. Órale, pensé, ¿qué chingados es esto? No era la historia bíblica que todos conocemos. Era una reinterpretación salvaje, erótica, donde la pasión no era solo sufrimiento, sino un fuego carnal que quema desde adentro. Las palabras describían azotes que dejaban marcas rojas en la piel, coronas de espinas que se clavaban en el placer, y un cuerpo crucificado en éxtasis. Sentí un cosquilleo entre las piernas, el calor subiendo por mi vientre como tequila puro.

¿Y si la pasión divina es solo un pretexto para el deseo humano? ¿Y si Cristo suda no por clavos, sino por el roce de lenguas impías?
Leí en voz baja, mi respiración acelerándose. El librero, un viejo con bigote canoso, me miró de reojo. "Ese libro no está a la venta, mija. Es de un cliente habitual". Pero ya lo había comprado en mi mente.

Justo entonces, la puerta sonó con la campanilla. Entró él: alto, moreno, con tatuajes asomando por el cuello de su camisa negra ajustada. Ojos verdes como el tequila reposado, sonrisa de pendejo confiado. Se acercó al mostrador, y el librero le dijo: "Cristo, tu libro está aquí". Mi corazón dio un brinco. ¿Cristo? ¿En serio? Se giró, me vio con el librito en las manos, y soltó una risa grave que vibró en mi pecho.

"¿Te gustó mi La Pasion de Cristo Escrita?", preguntó, su voz ronca como el viento en la Sierra Madre. Hablaba con ese acento chilango puro, arrastrando las eses con picardía. Me quedé muda un segundo, oliendo su colonia mezclada con sudor fresco, ese olor macho que te hace mojar sin permiso.

"Es... intensa", balbuceé, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa. "No esperaba que la pasión de Cristo fuera tan... carnal". Él se acercó más, su aliento cálido rozando mi oreja. "La escribí pensando en cuerpos reales, Ana. Cuerpos que gimen, que sudan, que se entregan. ¿Quieres que te cuente el resto... en persona?"

Salimos de ahí caminando por el parque, el sol poniéndose en tonos naranjas que pintaban su piel olivácea. Hablamos de todo: de Frida Kahlo y sus pasiones salvajes, de cómo en México el deseo siempre ha sido un dios pagano disfrazado de santo. Él era Cristo –sí, así se llama, wey, con ese nombre que carga historia–, artista y escritor underground, viviendo en un loft en la Roma Norte. Yo sentía la tensión crecer con cada paso, como un elástico a punto de romperse. Su mano rozó la mía accidentalmente, y fue como electricidad: piel contra piel, cálida, áspera por el trabajo manual.

Qué chido sería si me besa ahora mismo, aquí en público, pendejo, pensé, mi pulso latiendo en las sienes.

Llegamos a su loft, un espacio abierto con paredes de ladrillo visto, olor a incienso y café de olla. Puertas corredizas al balcón dejaban entrar la brisa nocturna, cargada de jazmín del jardín vecino. "Siéntete en casa", dijo, sirviéndome un mezcal ahumado que quemó mi garganta como promesa de pecado. Nos sentamos en el sofá de piel gastada, nuestras rodillas tocándose. Habló de su libro: cómo la pasión no es martirio, sino liberación. "Imagina", susurró, su mano en mi muslo ahora intencional, "un cuerpo atado, no por cuerdas, sino por deseo. Cada latigazo un beso, cada clavo un mordisco".

Mi cuerpo respondía solo. Sentía el calor entre mis piernas, la humedad empapando mis panties de encaje. Lo miré a los ojos, esos pozos verdes, y murmuré: "Muéstrame". Él no esperó más. Sus labios cayeron sobre los míos, duros al principio, luego suaves como mango maduro. Sabían a mezcal y a menta, su lengua explorando mi boca con hambre santa. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro, oliendo a shampoo de hierbas.

Me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó a la cama king size cubierta de sábanas blancas arrugadas. El aire olía a sexo anticipado, a feromonas. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello, donde mi pulso galopaba; los hombros, mordisqueando suave; los senos, liberándolos del brasier con dientes juguetones. "Qué tetas tan chingonas, Ana", gruñó, chupando un pezón hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre. Cristo. Su boca era fuego, lengua girando, succionando, enviando ondas de placer directo a mi clítoris hinchado.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, revelando un torso tatuado: cruces estilizadas, espinas enroscadas alrededor de pectorales firmos, sudor brillando bajo la luz tenue de las velas. Lamí su piel salada, bajando por el abdomen marcado, sintiendo sus músculos contraerse. "Eres mi Cristo pendejo", le dije riendo, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia almizclada, masculina.

Esto es la verdadera pasion, no palabras en papel, sino carne viva latiendo
, pensé mientras lo chupaba más profundo, mi garganta relajándose para tomarlo todo. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome suave, "Así, nena, qué rico tu boquita". La habitación se llenaba de sonidos: succiones húmedas, gemidos roncos, el slap de piel contra piel cuando me volteó boca abajo.

Escaló la intensidad. Sus dedos encontraron mi coño empapado, resbaladizo, frotando el clítoris en círculos perfectos. "Estás chorreando, Ana, por mí". Metió dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras su pulgar jugaba con mi ano. Grité, el placer subiendo como ola en Acapulco. Me penetró con la lengua ahí abajo, lamiendo mis labios mayores, chupando el clítoris como si fuera hostia sagrada. Olía a mi excitación, dulce y salado, y él lo devoraba con devoción.

Ya no aguantaba. "Cógeme, Cristo, hazme tuya". Me puso de rodillas, mi culo en pompa, y entró de un empujón lento, milimétrico. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, pendejo, qué grande!". Empezó a bombear, lento al principio, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El sudor nos unía, resbaloso; el olor a sexo impregnaba todo; sonidos de carne chocando, mi coño chapoteando alrededor de su verga. Agarró mi cabello como riendas, jalando suave, y aceleró. Yo me tocaba el clítoris, círculos frenéticos, el orgasmo construyéndose como volcán Popocatépetl.

Cambié de posición: lo monté, sus manos en mis caderas guiándome. Rebotaba sobre él, senos saltando, su boca capturando un pezón. "Mírame, Ana, siente cómo te parto en dos". El clímax llegó como rayo: mi coño se contrajo, ordeñándolo, chorros de placer saliendo mientras gritaba su nombre. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo como león, llenándome hasta rebosar.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, sudor enfriándose en la piel. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Olía a nosotros, a pasión consumada. "Eso fue mi La Pasion de Cristo Escrita en carne viva", murmuró, besando mi ombligo. Reí suave, acariciando su espalda tatuada.

Nos quedamos así hasta el amanecer, la ciudad despertando con mañanitas lejanas. Sabía que esto no era fin, sino comienzo de más capítulos. En México, la pasión nunca muere; solo se escribe de nuevo, en sudor, en gemidos, en cuerpos que se buscan eternamente.

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