Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión de Gavilanes Capítulo 1 Completo Pasión de Gavilanes Capítulo 1 Completo

Pasión de Gavilanes Capítulo 1 Completo

7163 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 1 Completo

El calor del rancho en las colinas de Jalisco te envolvía como un abrazo pegajoso, Sarita. Tú, con tu blusa de algodón adherida a los pechos por el sudor, caminabas entre los mezquites, el aroma terroso de la tierra seca invadiendo tus fosas nasales. Habías vuelto de la ciudad hace una semana, huyendo de novios babosos y fiestas vacías. Aquí, en la hacienda familiar, el aire olía a caballos, a jazmín silvestre y a algo más primitivo que te hacía cosquillas en el vientre. Qué chido regresar, pensaste, mientras el viento jugaba con tu falda ligera, rozando tus muslos desnudos.

Entonces lo viste. Juan Reyes, el mayor de los hermanos apodados los Gavilanes por su fama de cazadores implacables en el amor y los negocios. Alto, con camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho bronceado, ojos negros como el café de olla. Él arreaba unas yeguas hacia el corral, sus músculos flexionándose bajo la piel curtida por el sol. Tú te detuviste, el pulso acelerándose. Órale, qué hombre. Su mirada te atrapó, una sonrisa lobuna curvando sus labios carnosos. “Buenas tardes, Sarita”, dijo con voz grave, como un ronroneo que vibró en tu centro.

Te acercaste, fingiendo interés en los caballos. El olor a cuero y sudor masculino te golpeó, mezclado con un toque de colonia barata pero embriagadora. “¿Qué onda, Juan? ¿Ya domaste a todas?”, bromeaste, tu voz saliendo más ronca de lo planeado. Él rio, un sonido profundo que te erizó la piel. “No todas, prieta. Algunas se resisten... pero al final, caen”. Sus ojos bajaron a tu escote, donde el sudor perlaba tu clavícula. Sentiste un calor líquido entre las piernas, la tela de tus panties humedeciéndose apenas.

Esto empieza como mi Pasión de Gavilanes capítulo 1 completo, pero en carne propia. ¿Será él el gavilán que me devore?

La tarde avanzó con una charla casual junto al pozo, donde el agua fresca chapoteaba suavemente. Juan te ofreció un trago de su cantarito de pulque, el líquido espumoso y dulce deslizándose por tu garganta, dejando un regusto ácido que te hizo lamerte los labios. Sus dedos rozaron los tuyos al pasarte el vaso, una chispa eléctrica subiendo por tu brazo. “Eres diferente a las de la ciudad, Sarita. Tienes fuego en la mirada”, murmuró, su aliento cálido con olor a pulque y tabaco rozando tu oreja. Tú tragaste saliva, el corazón martilleando como tambor de mariachi.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojos y naranjas, cuando la fiesta del rancho empezó. Guitarras rancheras llenaban el aire, el olor a carne asada y tortillas calientes flotando. Bailaste con primos y amigos, pero tus ojos buscaban a Juan. Él te tomó de la cintura en un son juguetón, su mano grande y callosa presionando tu cadera. “Ven, baila conmigo como se debe”, gruñó al oído. Sus caderas se pegaron a las tuyas, sintiendo la dureza creciente bajo sus jeans. Neta, qué verga tan grande, pensaste, tu chochita palpitando al ritmo de la música. El roce era tortura deliciosa, su pecho duro contra tus tetas, el sudor mezclándose, salado en tu lengua cuando lamiste tu labio inferior.

La tensión crecía como tormenta de verano. Cada vuelta, su muslo rozaba tu entrepierna, enviando ondas de placer. “Estás mojada, ¿verdad, Sarita?”, susurró, su voz ronca cortando la música. Tú asentiste, ruborizada pero empoderada, tus manos subiendo por su espalda musculosa. “Simón, y tú estás bien puesto”. Reíste, juguetona, mordiendo su lóbulo. Él te arrastró hacia la oscuridad del granero, el olor a heno seco y estiércol fresco envolviéndolos. Afuera, las risas y el acordeón continuaban, pero adentro solo existían vuestros jadeos.

Sus labios capturaron los tuyos en un beso feroce, lenguas enredándose con sabor a pulque y deseo puro. Sus manos, ásperas como lija, subieron tu falda, amasando tus nalgas firmes. “Qué rica estás, mamacita”, gemiste contra su boca. Tú desabrochaste su camisa, lamiendo su pecho salado, mordisqueando un pezón oscuro que se endureció bajo tu lengua. Él gruñó, un sonido animal que te mojó más. Sus dedos encontraron tus panties empapados, deslizándose dentro, rozando tu clítoris hinchado. “Estás chorreando, Sarita. Quiero probarte”.

Te recostó sobre un fardo de heno suave, el pinchazo ligero en tu espalda olvidado por el fuego en tu piel. Él se arrodilló, bajando tu ropa interior con dientes, inhalando profundo tu aroma almizclado de mujer excitada. Su lengua plana lamió tu raja desde el ano hasta el clítoris, saboreando tu miel dulce y salada. “¡Ay, Juan! ¡Chíngame con la boca!”, suplicaste, tus caderas alzándose. Él chupó tu botón con succión experta, dos dedos gruesos entrando y saliendo de tu panocha apretada, curvándose para golpear ese punto que te hacía ver estrellas. Los sonidos obscenos de succión y tus gemidos ahogados llenaban el granero, mezclados con el relincho lejano de un caballo.

Esto es el clímax de mi Pasión de Gavilanes capítulo 1 completo. No pares, gavilán mío.

Tu primer orgasmo te sacudió como rayo, piernas temblando, uñas clavándose en su cabello negro revuelto. “¡Me vengo! ¡Sí!”, gritaste bajito, jugos inundando su barbilla. Él se levantó, quitándose los jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza morada brillando de precúm. “Te voy a llenar, Sarita. ¿La quieres?”, preguntó, ojos fieros. “¡Sí, métemela toda, pendejo caliente!”, exigiste, abriendo las piernas en invitación total. Él se hundió lento, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Qué chingón se siente, pensaste, el ardor inicial convirtiéndose en plenitud.

Empezó a bombear, primero suave, luego feroz, sus bolas peludas golpeando tu culo con palmadas húmedas. Tú lo montaste después, cabalgando como amazona, tetas rebotando, sus manos amasando. El olor a sexo crudo –sudor, panocha y verga– era embriagador. “¡Más duro, Juan! ¡Dame todo!”, jadeaste, clavando uñas en su pecho. Él te volteó a cuatro patas, penetrando profundo, una mano en tu clítoris, la otra jalando tu cabello. El placer subía en espiral, tus paredes contrayéndose alrededor de su polla palpitante.

El segundo clímax llegó conjunto. “¡Córrete conmigo, Sarita! ¡Te lleno!”, rugió él, chorros calientes bañando tu interior. Tú explotaste, gritando su nombre, el mundo disolviéndose en pulsos de éxtasis. Colapsaron juntos sobre el heno, cuerpos pegajosos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose. Su semen goteaba de ti, cálido y pegajoso en tus muslos.

Después, en la quietud, él te besó la frente, su mano acariciando tu vientre suave. “Esto fue solo el principio, mi gavilana”, murmuró. Tú sonreíste, el corazón lleno, el cuerpo saciado pero ya anhelando más. Afuera, la fiesta seguía, pero tú habías vivido tu propia Pasión de Gavilanes capítulo 1 completo. El rancho nunca había olido tan a promesas.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.