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La Danza Es Mi Pasión Sensual

6549 palabras

La Danza Es Mi Pasión Sensual

Desde que era morrita, la danza es mi pasión. Cada movimiento de mis caderas al ritmo de la salsa me hace sentir viva, como si mi cuerpo hablara un idioma que solo el alma entiende. En el estudio de baile de Polanco, con sus espejos empañados por el calor de los cuerpos y el eco de la cumbia retumbando en las paredes, encontré mi templo. Ahí, entre luces tenues y el olor a madera pulida mezclada con perfume barato de las alumnas, conocí a Marco.

Era el instructor estrella, un wey alto, de piel morena y brazos que parecían tallados por los dioses aztecas. Sus ojos negros me atraparon desde el primer uno dos tres, cuando me tomó de la cintura para corregir mi paso.

Órale, carnala, suéltate más, siente la música en la sangre, me dijo con esa voz ronca que me erizó la piel.
Su mano grande, callosa por tanto ensayo, se posó firme en mi cadera baja, guiándome. Sentí el calor de sus dedos a través del leggin ajustado, y un cosquilleo subió por mi espina. Neta, quise que la clase durara para siempre.

Al final de la sesión, mientras todos recogían sus cosas sudadas y charlaban de lo chido que estuvo el ritmo, Marco se acercó. Olía a hombre: sudor fresco, colonia cítrica y un toque de tabaco. ¿Quieres practicar un rato más, jefa? Tienes potencial para algo grande, me propuso con una sonrisa pícara. Mi corazón latió como tambor de son jarocho.

¿Y si dice que sí? ¿Y si esto lleva a más?
Asentí, tragando saliva, y nos quedamos solos en el estudio vacío.

La música empezó de nuevo, un bolero lento con guitarra que nos envolvió como niebla. Marco me tomó en sus brazos, pecho contra pecho. Su respiración cálida rozaba mi cuello, y cada giro hacía que nuestras piernas se enredaran. La danza es mi pasión, le confesé en un susurro, mientras mis senos se apretaban contra él. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, dura como piedra, y un calor húmedo se acumuló entre mis piernas. Yo también la vivo así, con todo el cuerpo, respondió, bajando la mano por mi espalda hasta apretar mi nalga con posesión suave.

El roce se volvió eléctrico. En un giro, me giró contra el espejo, mi espalda a su frente. Sus labios besaron mi hombro desnudo, saboreando el salado de mi sudor. Gemí bajito, ay wey, y él rio ronco, mordisqueando mi oreja.

No pares, esto es mejor que cualquier paso aprendido, pensé, mientras sus dedos se colaban bajo mi blusa, rozando mis pezones que ya estaban duros como chiles piquines.
La tensión crecía con cada compás: su lengua trazando mi clavícula, el sonido de nuestras respiraciones agitadas mezclándose con la música, el olor almizclado de su arousal invadiendo mis sentidos.

Nos detuvimos en el centro del piso, jadeantes. Ven conmigo, murmuró, y salimos del estudio tomados de la mano. Su departamento estaba cerca, en una colonia chic con balcones llenos de bugambilias. Adentro, luces bajas, velas de vainilla encendidas que perfumaban el aire. Me quitó la blusa con lentitud, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios eran fuego, su lengua danzaba sobre mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Qué rica estás, neta me late tu cuerpo, gruñó, y yo arqueé la espalda, enterrando las uñas en su cabello negro.

Lo empujé al sofá, queriendo tomar el control. La danza es mi pasión, repetí como mantra, mientras le bajaba el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y masculina. Marco jadeó, ¡carajo, qué chingona!, y me guió la cabeza con ternura. El sabor me embriagó, mezclado con el aroma de su piel sudada.

Pero no quería acabar así. Me subí a horcajadas, frotando mi panocha empapada contra él. El leggin estaba calado, mi clítoris hinchado rogando atención. Me lo quité de un jalón, y él me ayudó con el tanga, sus dedos explorando mis labios húmedos. , dijo admirado, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, moviendo las caderas al ritmo imaginario de la salsa, cabalgando su mano mientras él chupaba mi cuello.

La intensidad subía como un crescendo musical.

Esto es la danza en su forma más pura, cuerpos fusionados en éxtasis
, pensé, mientras lo montaba por fin. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Era perfecto, grueso, estirándome deliciosamente. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, llenaba la habitación. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, fuerte pero consensuado, nuestros ojos clavados el uno en el otro.

Aceleré, rebotando con furia, mis tetas saltando, sudor goteando entre nosotros. Él se incorporó, mamando mis pezones mientras embestía desde abajo, profundo, golpeando mi cervix con placer punzante. ¡Más, pendejo, dame más! grité juguetona, y él obedeció, volteándome para ponerme a cuatro patas. Entró por atrás, su vientre chocando mis nalgas, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos. El olor de sexo crudo nos rodeaba, testosterona y feromonas mexicanas puras.

El clímax llegó como una explosión de fuegos artificiales en el Zócalo. Sentí las contracciones en mi panocha, ordeñando su verga, mientras ondas de placer me recorrían desde el útero hasta las yemas de los dedos. Grité su nombre, ¡Marco, ay Dios!, y él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes que desbordaron, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, piel pegajosa, corazones tronando al unísono.

En el afterglow, nos quedamos abrazados en la cama king size, sábanas revueltas oliendo a nosotros. Su dedo trazaba patrones en mi espalda, y yo besé su pecho, saboreando el salado residual. La danza es mi pasión, pero esto... esto es algo nuevo, le dije suave. Él sonrió, Y la mía ahora eres tú, bailarina. Afuera, la ciudad bullía con vida nocturna, pero adentro, en su calor, encontré una pasión que bailaba más allá del estudio. Nuestra conexión, forjada en pasos y suspiros, prometía más noches de ritmo interminable.

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