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La Pasión de Cristo la Película de Mel Gibson Desnuda Nuestras Almas

7262 palabras

La Pasión de Cristo la Película de Mel Gibson Desnuda Nuestras Almas

Era una noche calurosa en el DF, de esas que te pegan el cuerpo a la sábana como si el aire mismo quisiera comerte vivo. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá de mi departamentito en la Roma, con las luces bajas y el ventilador zumbando como un mosco cabrón. Mi carnal, no, mi vato, Javier, el wey que me traía loca desde hace meses, acababa de llegar con una chela fría en la mano y un pinche DVD que sacó de quién sabe dónde.

Órale, nena, me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, hoy vamos a ver algo heavy, La Pasión de Cristo, la película de Mel Gibson. Dicen que es bien intensa, te va a volar la cabeza.

Yo le sonreí, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago. Javier era de esos morros altos, morenos, con brazos que parecían tallados en piedra y una mirada que te desnudaba sin tocarte. Nos conocimos en una fiesta en la Condesa, bailando reggaetón hasta que el sudor nos pegó como chicle. Desde entonces, cada encuentro era puro fuego lento, pero esta noche prometía más. Me acomodé a su lado, mi blusita de tirantes pegada al pecho por el bochorno, mis shorts cortitos rozando sus jeans ásperos.

Encendió el reproductor, y la pantalla se llenó de sombras. El latín gutural empezó a sonar, mezclado con gemidos de dolor que me pusieron los nervios de punta. Mel Gibson dirigía esa chingonería, y se notaba: cada latigazo crujía como trueno en mis oídos, el rojo de la sangre salpicaba visual como salsa en un taco. Javier me pasó el brazo por los hombros, su calor filtrándose por mi piel, oliendo a colonia barata y hombre sudado.

¿Por qué carajos elegiste esto, wey? No es precisamente porno, pensé, pero mi cuerpo ya respondía, el pulso acelerándose con cada azote en pantalla.

La escena del látigo me dejó helada. El cuerpo de Cristo retorciéndose, la piel abriéndose como fruta madura. Sentí un jalón en el bajo vientre, un calor húmedo que me traicionaba. Javier respiraba pesado a mi lado, su mano bajando despacio por mi brazo, dedos callosos rozando mi piel suave. ¿Sientes eso?, murmuró, su aliento caliente en mi oreja, oliendo a chela y deseo. Asentí, mordiéndome el labio, el corazón latiéndome como tamborazo en una quinceañera.

Acto primero de nuestra propia película: el deseo despertando como bestia enjaulada. Nos besamos sin aviso, labios chocando con hambre, su lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y urgencia. Sus manos subieron por mis muslos, apretando la carne blanda, mientras en la tele Cristo cargaba la cruz, sudando sangre. El contraste me volvía loca: dolor ajeno avivando placer nuestro. Me quité la blusa de un jalón, mis tetas libres saltando, pezones duros como piedras por el roce del aire.

Él gruñó, Chingao, Ana, estás rica, y me chupó un pezón, succionando fuerte, dientes rozando lo justo para que doliera rico. Gemí bajito, el sonido ahogado por los gritos de la película. Mis uñas se clavaron en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camiseta. Olía a su sudor fresco, mezclado con el aroma de mi excitación subiendo como vapor de pozole hirviendo. Le bajé el cierre de los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitando en mi palma caliente. La apreté, sintiendo el pulso acelerado, pre-semen untándose en mis dedos pegajosos.

Nos movimos al piso, alfombra raspando rodillas, pero qué importaba. La Pasión de Cristo seguía rodando, Mel Gibson pintando agonía en cada cuadro, y nosotros replicándola en éxtasis. Javier me volteó boca abajo, shorts volando, mi culo en pompa expuesto al fresco del ventilador. Su lengua lamió mi raja desde atrás, saboreando mi jugo salado, chupando clítoris hinchado hasta que vi estrellas.

Puta madre, este wey sabe comer panocha como dios, pensé, arqueándome, caderas meneándose solas.

Acto segundo, la escalada brutal. Me penetró despacio al principio, su verga abriéndose paso en mi concha empapada, estirándome delicioso. Cada embestida sincronizada con los clavos en la cruz: ¡zas! él entraba profundo, yo jadeaba, el slap-slap de piel contra piel compitiendo con los látigos. Sudábamos como puercos, gotas cayendo en mi espalda, resbalando por curvas. Lo volteé encima mío, cabalgándolo ahora, tetas rebotando, uñas arañando su pecho velludo. ¡Más fuerte, cabrón!, le grité, voz ronca, mientras la película llegaba al calvario, el madero crujiendo como nuestros huesos.

Sus manos amasaban mis nalgas, dedos hurgando mi ano juguetón, untados en mis fluidos. El olor a sexo llenaba el cuarto, almizcle pesado, sudor ácido, mi perfume barato evaporándose. Sentía cada vena de su pija frotando mis paredes internas, golpeando el fondo con chispas de placer. Internalmente, luchaba:

No quiero correrme ya, aguanta, Ana, hazlo durar como esa pinche pasión eterna.
Pero el ritmo era imparable, sus bolas chocando mi perineo, resbalosas, su boca devorando mi cuello, mordiendo suave dejando marcas rojas como estigmas.

Cambiámos posiciones como actores en set: de lado, él atrás, pierna alzada, verga clavándose en ángulo nuevo, rozando puntos que me hacían ver borroso. La pantalla mostraba a María llorando, y yo gemía su nombre, ¡Javier, sí, así!, lágrimas de puro gozo en mis ojos. El ventilador nos secaba el sudor solo para que brotara más, pieles pegajosas uniéndose, separándose con sonido obsceno. Él aceleró, gruñendo Me vengo, nena, y yo apreté adentro, ordeñándolo, mi orgasmo explotando primero: olas calientes desde el clítoris al cerebro, piernas temblando, grito ahogado en su hombro salado.

Se vació dentro, chorros calientes pintando mis entrañas, su cuerpo colapsando sobre el mío, pesados, exhaustos. La película terminaba, créditos rodando en silencio roto solo por nuestras respiraciones jadeantes. Acto tercero: el regocijo postrero. Nos quedamos así, enredados en el piso, su verga suavizándose aún dentro, mi concha latiendo alrededor. Besos lentos ahora, lenguas perezosas saboreando restos de saliva y sudor.

Pinche película de Mel Gibson, murmuró él riendo bajito, La Pasión de Cristo nos prendió como mecha. Yo asentí, acariciando su cabello revuelto, sintiendo el afterglow calmar mis nervios como bálsamo. El cuarto olía a nosotros, a sexo crudo y conexión profunda. No era solo cogida; era catarsis, pasión redimida en placer mutuo. Me incorporé despacio, jugos chorreando por muslos, y lo jalé al baño. Agua tibia cayendo, jabón espumoso lavando pecados ficticios, manos explorando de nuevo, suaves, tiernas.

Salimos envueltos en toallas, colapsando en la cama. La noche se extendía, promesa de más rondas, pero por ahora, paz.

Quién iba a decir que una película tan dark desataría esta luz en mí, pensé, acurrucándome en su pecho firme, oyendo su corazón steady como tambor de mariachi.
Javier me besó la frente, Te quiero, Ana, neta. Y yo, con el alma llena, supe que esa pasión de Cristo, la película de Mel Gibson, había sido solo el detonador de la nuestra, eterna, carnal, chingona.

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