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Despertando la Pasión Escondida

7492 palabras

Despertando la Pasión Escondida

El aire de la colonia estaba cargado con el olor a elotes asados y chorizo en comal que salía de las casas vecinas. Era una de esas tardes de sábado en la Roma Norte donde todos se reunían en el parque por una carnita asada improvisada. Yo, Sofia, andaba con mi vestido floreado ceñido a las curvas que el gym me había regalado, sintiendo el sol tibio en la piel morena de mis hombros. Hacía años que no pisaba estas calles, pero el regreso de mi carnala me había traído de vuelta a la ciudad.

Neta, qué chido estar aquí, pensé mientras charlaba con las vecinas de toda la vida. De repente, lo vi. Diego, el wey que me había hecho suspirar en la prepa. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, y unos ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luz del atardecer. Se acercó con una chela en la mano, sonriendo de esa forma que me erizaba la piel.

—¡Órale, Sofia! ¿Qué onda, carnala? —dijo con esa voz grave que retumbaba en mi pecho.

Nos abrazamos y su olor, una mezcla de colonia cara y sudor fresco del día, me invadió las fosas nasales. Sentí su pecho firme contra mis tetas, y un cosquilleo bajó directo a mi entrepierna.

¿Qué pedo con este calor repentino?
me dije, mientras nos separábamos. Hablamos de la vida, de cómo él había regresado de Monterrey después de un divorcio, y yo de mi pinche trabajo en la agencia de publicidad que me tenía estresada. Pero entre risas, noté cómo sus ojos se desviaban a mi escote, y yo no pude evitar morder mi labio inferior.

La pasion escondida que había enterrado desde los quince años empezaba a removerse como un volcán dormido. Recordé aquellas tardes robadas en el callejón, besos torpes que me dejaban con las bragas húmedas y el corazón latiendo a mil.

La carne chisporroteaba en la parrilla, el humo picante subía y se mezclaba con el perfume de las bugambilias cercanas. Nos sentamos en una banca apartada, las rodillas rozándose accidentalmente al principio, pero luego ya no tan accidental. Su mano grande y callosa —de tanto manejar en el norte— rozó mi muslo desnudo cuando se inclinó para contarme un chiste pendejo sobre su ex.

—Simón, pero neta, Sofia, siempre me pregunté qué hubiera pasado si... —murmuró, su aliento cálido con sabor a cerveza contra mi oreja.

Mi piel se erizó entera. Este wey me está prendiendo como yesca. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y el bullicio de la fiesta se alejaba como un eco. Le propuse ir por un café a mi depa, que estaba a dos cuadras. ¿Casualidad? Ni madres, pura estrategia.

Entramos a mi loft chiquito pero chulo, con las luces tenues y el ventilador zumbando suave. Olía a mi perfume de vainilla y a las velas de lavanda que había encendido esa mañana. Cerré la puerta y el clic del seguro sonó como una promesa. Diego se paró cerca, demasiado cerca, y sentí el calor de su cuerpo irradiando hacia mí.

—¿Quieres algo fresco? —pregunté, pero mi voz salió ronca, traicionera.

—Lo que sea, pero contigo —respondió, y sus manos ya estaban en mi cintura, atrayéndome.

Nos besamos como si el mundo se acabara. Sus labios gruesos sabían a sal de la carnita y a deseo puro, la lengua explorando mi boca con hambre acumulada. Gemí bajito cuando sus dedos se clavaron en mis nalgas, amasándolas sobre la tela delgada del vestido. Mi chicha se endureció al instante, rozando su pecho duro.

¡Carajo, qué rico se siente esto!
El beso se profundizó, su barba raspando mi piel suave, enviando chispas de placer doloroso.

Me quitó el vestido de un jalón, dejando mis tetas al aire, los pezones duros como piedras bajo su mirada ardiente. —Estás cañona, Sofia —gruñó, bajando la cabeza para chupar uno, la lengua girando alrededor mientras succionaba con fuerza. Sentí la humedad brotar entre mis piernas, empapando mis calzones de encaje. Mis manos volaron a su camisa, desabotonándola con torpeza, revelando un torso marcado por horas en el gym, con vello negro que bajaba en una línea tentadora hasta su abdomen.

Lo empujé al sofá, arrodillándome entre sus piernas. Su verga ya estaba dura, marcada contra los jeans. La desabroché, liberándola: gruesa, venosa, con la cabeza rosada brillando de precum. Olía a hombre puro, a masculinidad cruda. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, mientras él jadeaba y enredaba los dedos en mi pelo. Me encanta cómo gime, como si yo fuera la dueña de su placer. La chupé profundo, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta, mis labios estirados, la saliva goteando.

—Para, o me vengo ya —dijo con voz entrecortada.

Me levantó como si no pesara nada, me cargó a la cama. El colchón se hundió bajo nosotros, las sábanas frescas de algodón egipcio contrastando con el fuego de nuestros cuerpos. Me quitó las bragas, exponiendo mi panocha depilada, hinchada y reluciente. Sus dedos gruesos separaron mis labios, rozando el clítoris con maestría. Gemí alto, arqueando la espalda, el placer como electricidad subiendo por mi espina.

—Estás chorreando, mi reina —murmuró, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mis jugos llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y el zumbido del ventilador. Lamí su cuello, saboreando el sudor salado, mientras él me penetraba con los dedos, el pulgar en círculos en mi botón.

La tension crecía, mis caderas moviéndose solas contra su mano.

Esta pasion escondida nos está consumiendo, pero qué chingón
. Lo empujé de espaldas, montándolo. Su verga se paró recta, palpitante. Me acomodé encima, frotándola contra mi entrada húmeda, torturándonos a los dos. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. ¡Dios! La presión exquisita contra mis paredes, rozando cada nervio.

Cabalgaba con ritmo, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. El slap slap de piel contra piel, sus gemidos roncos, mi clítoris frotándose contra su pubis. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire, almizcle y vainilla fusionados. Aceleré, sintiendo el orgasmo acercarse como una ola gigante.

—¡Ven conmigo, Diego! —grité, y exploté. Mi panocha se contrajo alrededor de su verga, chorros de placer sacudiéndome, visión borrosa, el mundo reduciéndose a esa fricción divina. Él rugió, clavándome las uñas en la carne, llenándome con su leche caliente, pulsación tras pulsación.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados. Su corazón latía desbocado contra mi oreja, el sudor enfriándose en nuestra piel. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Esto no era solo sexo, era nuestra pasion escondida saliendo a flote, liberándonos.

Después, envueltos en las sábanas, compartimos una chela fría de la refri. Hablamos de todo y nada, riendo de pendejadas de la prepa. Su mano acariciaba mi pelo, y yo trazaba círculos en su pecho.

—Neta, Sofia, esto apenas empieza —dijo con ojos brillantes.

Sonreí, sintiendo un calor nuevo, no solo físico. La noche caía sobre la ciudad, luces parpadeando por la ventana, pero adentro, todo era paz y promesa. Nuestra pasion escondida había despertado, y no había vuelta atrás.

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