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Pasión Cap 27 Fuego en la Piel

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Pasión Cap 27 Fuego en la Piel

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con dedos invisibles. Yo, Ana, acababa de salir del gym, con el cuerpo aún vibrando de endorfinas, el sudor secándose en mi escote bajo la blusa ajustada. Caminaba por la avenida Masaryk, oliendo a perfumes caros mezclados con el aroma de tacos al pastor de un puesto cercano. Mi mente divagaba, recordando Pasión Cap 27, ese capítulo ardiente de la novela erótica que devoraba en secreto cada noche. Ahí, la protagonista se rendía al deseo en una terraza como esta, y yo no podía evitar imaginarme en su lugar.

Entonces lo vi. Diego, mi amigo de la uni, el que siempre me guiñaba el ojo con esa sonrisa pícara. Estaba apoyado en la barra de un rooftop bar, con una cerveza en la mano, su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Órale, pensé, qué chulo se ve el cabrón. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas enloquecidas. Me acerqué, el tacón de mis botas resonando contra el piso de madera.

Mamacita, ¿vienes a calentar la noche? —dijo él, con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Reí, sentándome a su lado. El bartender nos sirvió tequilas reposados, el líquido ámbar brillando bajo las luces tenues. Hablamos de todo y nada: el pinche tráfico de la ciudad, los chismes de amigos comunes, pero el aire entre nosotros se cargaba de electricidad. Su rodilla rozó la mía bajo la barra, un toque casual que no lo era. Mi pulso se aceleró, y olí su colonia, madera y cítricos, mezclada con su olor natural, masculino, que me hacía mojarme sin remedio.

Esto es como Pasión Cap 27, pensé, donde ella siente el primer roce y ya no hay vuelta atrás. ¿Será que hoy me atrevo?

La tensión crecía con cada sorbo. Diego me contó que había leído la misma novela, que Pasión Cap 27 lo había dejado con una erección toda la noche. Sus palabras eran directas, mexicanas puras, sin pendejadas románticas de telenovela. —Está cañón, Ana, ese capítulo donde se comen a besos en la azotea. Me imagino que tú y yo...

Mi corazón latía fuerte, thump-thump en mis oídos. Lo miré a los ojos, oscuros y hambrientos. —Pos hazlo real, pendejo —le susurré, y sellé mis labios a los suyos.

El beso fue fuego puro. Sus labios carnosos, con sabor a tequila y sal, devoraron los míos. Su lengua se coló, explorando, bailando con la mía en un ritmo que me dejó jadeante. Sus manos subieron por mi espalda, fuertes, callosas de tanto gym, apretándome contra él. Sentí su dureza presionando mi muslo, gruesa y pulsante bajo los jeans. El mundo se redujo a eso: su boca, su tacto, el gemido bajo que escapó de su garganta.

Nos levantamos, tambaleantes de deseo, y subimos a su depa en el piso de arriba. El elevador era un horno, nuestras bocas pegadas mientras sus dedos se metían bajo mi falda, rozando mis bragas empapadas. —Estás chorreando, nena —gruñó, y yo solo pude asentir, perdida en el olor de nuestra excitación, almizcle y sudor fresco.

Acto uno cerrado, la puerta de su penthouse se abrió a un espacio luminoso, con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas llenas, pezones duros como piedras. Los lamió, succionó, mordisqueó suave, enviando chispas directo a mi clítoris. Gemí alto, ¡ay, cabrón!, arqueándome contra su boca. Él se arrodilló, bajando mi falda y bragas en un movimiento fluido. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo temblar.

Pero no era solo físico. En mi cabeza, luchaba: Diego siempre ha sido el amigo seguro, ¿y si esto lo arruina todo? Pero qué rico se siente, qué vivo. Él levantó la vista, ojos brillantes. —¿Quieres que pare, mi reina? —preguntó, voz temblorosa de contención.

Ni madres, sigue —respondí, jalándolo de los pelos.

Acto dos arrancó con su lengua en mi coño. Lamió despacio al principio, saboreando mis jugos, el sabor salado y dulce que lo volvía loco. Qué chingón, pensé, mientras sus labios chupaban mi clítoris hinchado, dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: slurps húmedos, mis jadeos roncos, el zumbido de la ciudad abajo. Sudaba, piel resbalosa, sus manos amasando mis nalgas, un dedo rozando mi ano con permiso implícito.

Lo empujé al sofá, queriendo devolvérsela. Le desabroché los jeans, liberando su verga tiesa, venosa, la cabeza roja brillando de precum. La olí, almizcle puro, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal. Él gruñó, ¡carajo, Ana!, caderas empujando. La chupé hondo, garganta relajada, bolas en mi mano, sintiendo su pulso acelerado contra mi lengua. Pero no lo dejé correrse; esto era escalada, no fin.

Nos movimos al cuarto, luces bajas, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Diego se cernió sobre mí, condón puesto con manos temblorosas. —Te voy a follar como en Pasión Cap 27, prometió, y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, grueso, tocando fondo. Gemí, uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

El ritmo empezó suave, sus embestidas profundas, pelvis chocando con un slap-slap húmedo. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado al lamerlo. Aceleró, mis tetas rebotando, clítoris frotándose contra su pubis. ¡Más duro, mi amor! grité, piernas enredadas en su cintura. Él obedeció, animal, gruñendo palabras sucias: —Tu panocha es de fuego, apriétame.

En mi mente, el conflicto se disolvía: esto no era solo sexo, era conexión, años de miradas robadas explotando. Lo quería todo de él, siempre.

La intensidad subió, posiciones cambiando como en un baile frenético. De misionero a vaquera, yo cabalgándolo, controlando el ritmo, sintiendo su verga palpitar dentro. Él desde abajo, pellizcando mis pezones, mirada de adoración. Doggy después, su pecho contra mi espalda, mano en mi clítoris, follándome fuerte mientras yo empujaba hacia atrás. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle, sudor, jugos. Mis paredes se contraían, orgasmo construyéndose como ola gigante.

Vente conmigo —jadeó él, y explotamos juntos. Mi coño se apretó como puño, leche caliente llenando el condón mientras él rugía mi nombre. Olas de placer me barrieron, visión borrosa, cuerpo convulsionando, grito ahogado en la almohada. Él colapsó sobre mí, pesadas respiraciones sincronizadas, piel pegajosa.

Acto tres, el afterglow. Nos quedamos así, enredados, el corazón latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. —Qué chido fue eso, murmuró, acariciando mi cabello húmedo. Olía a nosotros, íntimo, adictivo. Me acurruqué en su pecho, escuchando su pulso calmarse.

—Mejor que Pasión Cap 27 —dije riendo bajito.

Él besó mi frente. —Es nuestro capítulo, Ana. Y hay más por venir.

La ciudad brillaba afuera, testigo muda. En ese momento, supe que esto era el inicio de algo real, ardiente, nuestro. El deseo satisfecho, pero la chispa lista para encenderse de nuevo. Me dormí con su brazo alrededor, piel contra piel, soñando con infinitas noches así.

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