El Precio de la Pasion Gabriel Rolon
Estaba sentada en esa cafetería chida de la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas y pintando todo de dorado. El aroma del café recién molido se mezclaba con el dulzor de los panecillos calientes, y yo, Ana, hojeaba El Precio de la Pasión de Gabriel Rolón. Neta, ese libro me tenía clavada. Hablaba de cómo la pasión no es gratis, que hay que pagar con el alma, con el cuerpo, con todo. Cada página me hacía sentir un cosquilleo en la piel, como si Rolón me estuviera susurrando al oído secretos que nadie más oía.
Levanto la vista y ahí está él. Alto, moreno, con una sonrisa que parece sacada de un sueño húmedo. Se acerca con su latte en la mano, ojos cafés intensos que me recorren sin disimulo. ¿Y este pendejo tan guapo? pienso, mientras mi pulso se acelera.
—¿Ese libro te tiene tan absorta, o soy yo? —me suelta con voz grave, sentándose frente a mí sin pedir permiso.
Me río, sintiendo el calor subir por mi cuello. —El Precio de la Pasión de Gabriel Rolón. ¿Lo conoces? Dice que la pasión cobra su precio, pero vale la pena.
Él asiente, sus dedos rozando los míos al tomar el libro. Ese toque es eléctrico, como una chispa que enciende algo profundo. Se llama Diego, fotógrafo freelance, y en minutos estamos platicando de todo: de cómo la vida en la CDMX nos aprieta las bolas, de deseos reprimidos, de noches solitarias. Su olor, una mezcla de colonia amaderada y piel caliente, me invade las fosas nasales. Siento mi blusa pegándose a la espalda por el sudor nervioso.
El deseo crece lento, como el tráfico en Insurgentes. Nuestras rodillas se tocan bajo la mesa, y no nos apartamos. ¿Y si pago ese precio ahora mismo? me digo, recordando las palabras de Rolón. Salimos de la cafetería, caminando por las calles empedradas, el bullicio de la gente y los cláxones como fondo. Su mano en mi cintura, firme, posesiva pero suave. Llego a su depa en Polanco, un loft con ventanales enormes que dejan entrar la brisa tibia de la noche.
Adentro, la tensión explota poco a poco. Nos sentamos en el sofá de piel suave, con una botella de mezcal ahumado entre nosotros. El sabor terroso me quema la garganta, y sus labios brillan húmedos cuando bebe. —Cuéntame qué te excita de ese libro —me pide, su aliento cálido en mi oreja.
—Que la pasión duele rico, wey. Te deja temblando, expuesta. Mi voz sale ronca, y él se acerca. Nuestros labios se rozan primero, un beso tentativo, saboreando el mezcal en su lengua. Luego, hambre pura. Lo beso con furia, mis uñas clavándose en su nuca, sintiendo los músculos tensos bajo mis dedos.
Me carga como si no pesara nada, sus manos grandes amasando mis nalgas. El colchón nos recibe mullido, y el aire se llena de nuestros jadeos. Se quita la camisa, revelando un pecho velludo y definido, el olor de su sudor fresco volviéndome loca. Le arranco la mía, mis pechos libres saltando, pezones duros como piedras. —Qué chingona estás, Ana —gime, lamiendo mi cuello, bajando a mis tetas. Su boca caliente succiona, dientes rozando justo lo suficiente para que arquee la espalda.
Internamente, lucho:
Esto es el precio, ¿no? Dejarme ir, pagar con gemidos y temblores. Gabriel Rolón tenía razón, la pasión te cobra todo.Mis manos bajan a su pantalón, libero su verga dura, palpitante. La acaricio, sintiendo las venas gruesas, el calor que emana. Él gruñe, un sonido animal que vibra en mi clítoris. Me quita el jeans, dedos hábiles abriendo mis piernas. Su aliento en mi coño mojado, el olor almizclado de mi excitación mezclándose con el suyo.
Me come con devoción, lengua plana lamiendo lento, chupando mi clítoris hinchado. ¡Qué rico, cabrón! grito, mis caderas moviéndose solas. Dedos dentro, curvándose en mi punto G, salpicando jugos en sus labios. El placer sube como ola, pero no me deja correrme aún. Se levanta, verga en mano, frotándola en mi entrada resbalosa.
—¿Quieres pagar el precio, mamacita? —susurra, ojos clavados en los míos.
—Sí, métemela ya —suplico, envolviendo mis piernas en su cintura. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, grueso, tocando fondo. Gemimos juntos, el sonido crudo rebotando en las paredes. Empieza a bombear, lento al principio, piel contra piel chapoteando. Sudor perlando su frente, goteando en mis tetas. Lo monto, cabalgándolo, mis uñas arañando su pecho, el placer punzante mezclándose con el dolor dulce.
La intensidad sube. Cambiamos posiciones: de lado, su mano en mi garganta suave, no apretando, solo posesión. Me folla duro ahora, bolas golpeando mi culo, el slap-slap rítmico como tambores aztecas. Siento cada vena, cada embestida rozando mis paredes. Esto es pasión pura, el precio que Rolón describe: entrega total. Mi orgasmo se acerca, coño apretándose, jugos chorreando por sus muslos.
—Vente conmigo, Diego —jadeo, mordiendo su hombro salado. Él acelera, gruñendo mi nombre. Explosión: yo grito, cuerpo convulsionando, olas de éxtasis rompiendo desde el clítoris hasta la nuca. Él se corre dentro, chorros calientes llenándome, su verga latiendo. Colapsamos, pegajosos, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, yacemos enredados, sábanas revueltas oliendo a sexo y mezcal. Su dedo traza mi espina, besos perezosos en mi sien. —Valió cada centavo del precio —murmura, riendo bajito.
Yo sonrío, recordando el libro en la mesa de noche.
El Precio de la Pasión de Gabriel Rolón no era teoría. Era esto: piel en llamas, almas desnudas, un pago que te deja renacida.Afuera, la ciudad ronronea, pero aquí, en sus brazos, todo es paz ardiente. Mañana quién sabe, pero esta noche, pagué gustosa.