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Abismo De Pasion Capitulo 135

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Abismo De Pasion Capitulo 135

El sol del atardecer teñía de naranja las colinas de Tequila, Jalisco, mientras Rosa caminaba por el jardín de la hacienda familiar. El aire cargado de aroma a agave maduro y jazmín la envolvía como un susurro caliente, recordándole lo que su cuerpo anhelaba. Hacía semanas que no veía a Alejandro, su amante secreto, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. ¿Por qué carajos me pones así, cabrón? pensaba ella, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Rosa era una mujer de curvas generosas, piel morena como el mezcal añejo, y ojos negros que prometían pecados deliciosos. Vestía un huipil ligero que se pegaba a sus pechos llenos por el sudor del día, y su falda floreada ondeaba con la brisa, rozando sus muslos suaves. La hacienda, con sus muros de adobe blanco y fuentes cantarinas, era su refugio, pero también su prisión dorada. Su familia, dueños de destilerías, la presionaba para casarse con un empresario tieso, pero su corazón —y su panocha— latía por Alejandro, el capataz guapo que conocía cada rincón de su alma y de su cuerpo.

De repente, un ruido de botas en la grava la alertó. Ahí estaba él, saliendo de las bodegas, con la camisa blanca abierta hasta el pecho, revelando músculos curtidos por el sol y un vello oscuro que invitaba a la caricia. Sus ojos verdes, herencia de algún abuelo gringo, la devoraron de inmediato.

Mi reina, te extrañé tanto que me dolió el alma —dijo con voz ronca, acercándose con paso felino.
Rosa sintió su pulso acelerarse, el calor subiendo por su vientre como tequila puro.

Ven aquí, pendejo —murmuró ella, tirando de su camisa para pegarlo a su cuerpo. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el salado de su sudor mezclado con el dulzor de su boca. Las manos de Alejandro se colaron bajo su huipil, amasando sus nalgas firmes, mientras ella gemía bajito contra su lengua. El olor a tierra húmeda y macho la mareaba, y el roce de su verga endurecida contra su monte de Venus la hizo mojar al instante.

Se separaron jadeantes, mirándose con esa hambre que no se sacia. Esto es el abismo de pasión, capítulo 135 de nuestra historia loca, pensó Rosa, recordando cómo cada encuentro era como un episodio interminable de deseo. Caminaron entrelazados hacia su habitación privada en la hacienda, el pasillo iluminado por velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes.

Acto primero de su noche: la habitación olía a sábanas de algodón egipcio y a su perfume de vainilla. Rosa lo empujó contra la puerta, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Qué chingona se ve su verga, gruesa y venosa, lista para mí. Él gruñó, levantándola en brazos como si no pesara nada, y la depositó en la cama king size. Sus besos bajaron por su cuello, lamiendo la sal de su piel, hasta llegar a sus pezones oscuros que se endurecieron al instante bajo su boca caliente.

¡Ay, Alejandro, chúpamelos rico! —suplicó ella, arqueando la espalda. El sonido de succión húmeda llenó la habitación, mezclado con sus jadeos. Sus manos exploraban, ella arañando su espalda, él deslizando dedos entre sus labios vaginales empapados. Está cañón de mojada, mi amor, pensó él, hundiendo dos dedos en su calor apretado, sintiendo cómo sus paredes lo succionaban.

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Rosa lo volteó, montándose a horcajadas sobre su pecho, frotando su clítoris hinchado contra su piel áspera. El roce era eléctrico, enviando chispas por su espina dorsal. Bajó despacio, besando su abdomen marcado, inhalando su aroma almizclado de hombre excitado. Cuando llegó a su verga, la tomó en la mano, sintiendo su pulso furioso. Sabe a puro vicio, pensó al lamer la gota perlada de su glande, salada y dulce a la vez.

El medio tiempo de su pasión era un torbellino. Alejandro la levantó, poniéndola de rodillas en la cama, con el culo en pompa. El espejo frente a ellos reflejaba su imagen: ella con las tetas colgando pesadas, él detrás, frotando su verga contra su raja húmeda.

Dime que la quieres adentro, mamacita —exigió él, con voz grave.
¡Métemela toda, cabrón, rómpeme! —gritó ella, empujando hacia atrás.

Entró de un solo golpe, llenándola hasta el fondo. El estiramiento ardiente la hizo gritar de placer, sus uñas clavándose en las sábanas. Él embestía lento al principio, cada thrust un plaf húmedo que resonaba, sus bolas golpeando su clítoris. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, sudor perlando sus cuerpos. Rosa giró la cabeza para verlo: sus músculos tensos, el sudor goteando por su pecho, los ojos fijos en donde se unían.

Esto es lo que me vuelve loca, este abismo de pasión donde caemos juntos, reflexionaba ella entre gemidos. Aceleró el ritmo, sus caderas chocando con fuerza, el sonido rítmico como tambores aztecas. Él la jaló del pelo suave, no con violencia sino con dominio juguetón, mordiendo su hombro mientras la follaba más profundo. Sus pezones rozaban la sábana áspera, enviando oleadas de placer. Internalmente, luchaba con el miedo: ¿Y si nos descubren? ¿Y si esto acaba? Pero el deseo lo ahogaba todo.

Cambiaron posiciones como en un baile erótico. Ella encima, cabalgándolo con furia, sus tetas rebotando hipnóticas. Alejandro las amasaba, pellizcando los pezones hasta que ella aulló. ¡Qué rico se siente su verga palpitando dentro! El clítoris rozaba su pubis, y el orgasmo se acercaba como un tren. Él la ayudó, moviendo las caderas arriba, sus manos en su culo guiándola.

La intensidad psicológica subía: recuerdos de su primer beso en las viñas, de noches robadas en el establo. Eres mi vicio, mi chulo, mi todo. Él la volteó de nuevo, misionero profundo, besándola mientras la penetraba. Sus alientos se mezclaban, calientes y entrecortados. El climax se avecinaba.

Acto final: el pico. Rosa sintió la presión en su bajo vientre explotar. ¡Me vengo, Alejandro, no pares! Su coño se contrajo en espasmos violentos, ordeñando su verga, jugos calientes empapando sus muslos. Él rugió, embistiendo una última vez, llenándola de semen caliente que la hizo estremecer de nuevo. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, corazones latiendo al unísono.

En el afterglow, yacían enredados, el aire fresco de la noche entrando por la ventana. Él besaba su frente, ella trazaba círculos en su pecho.

Te amo, Rosa, en este abismo de pasión, capítulo 135 y todos los que vengan —susurró.
Ella sonrió, sintiendo paz en su alma. Esto es nuestro, nadie nos lo quita. El aroma a sexo persistía, un recordatorio dulce, mientras el sueño los envolvía en la hacienda silenciosa.

Pero en el fondo, sabían que la tensión familiar acechaba. Mañana sería otro día, otra entrega de su saga ardiente. Por ahora, el placer los unía en éxtasis perfecto.

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