Contigo Hace Falta Pasión Letra de Fuego
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio que solo México City sabe armar un viernes. El bar La Pasión Oculta rebosaba de risas, copas chocando y la guitarra ronca de un mariachi fusión que ponía a todos a mover el esqueleto. Yo, Ana, morra de veintiocho tacos, acababa de llegar con mis compas después de un pinche día eterno en la agencia de publicidad. Llevaba mi libreta en la bolsa del jeans ajustado, esa donde garabateaba letras de canciones que nunca terminaba de cantar. Contigo hace falta pasión, repetía en mi cabeza una frase que se me había ocurrido esa mañana, como un susurro caliente que me erizaba la piel.
Me pedí un tequila reposado con limón y sal, el ardor bajando por la garganta como una promesa de algo más intenso. Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa barba de tres días que gritaba macho hecho y derecho. Estaba solo en la barra, con una chela en la mano, ojos cafés clavados en la banda. Nuestras miradas se cruzaron y pum, como en esas películas gringas cursis pero con sabor mexicano. Sonreí, él levantó su botella en un brindis silencioso. ¿Quién vergas es este wey? pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que subía hasta mis chichis.
Este pendejo tiene cara de saber cómo hacer que una morra grite su nombre.
Me acerqué fingiendo casualidad, pedí otro trago y solté: —Órale, carnal, ¿vienes seguido por acá? La banda está chida, ¿no? Se rio, voz grave como ron: —Sí, güey, soy Alex. Y tú pareces de las que escriben poemas con tequila. ¿Qué traes en esa libreta? Le mostré la página abierta, las palabras saltando: contigo hace falta pasión letra garabateada con tinta negra. —Es una idea para una rola. Algo sobre cuando el fuego se apaga y hay que prenderlo de nuevo. Sus dedos rozaron el papel, y de paso mi mano. Electricidad pura, neta.
Charlamos horas, tequilas de por medio. Él era diseñador gráfico, de aquí de la CDMX, soltero como yo, con ese humor negro que nos une a los chilangos. Hablaba de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de tacos al pastor que te hacen pecar. Yo le conté de mis letras inconclusas, de cómo la vida me tenía en pausa sensual. El aire se cargaba, sus rodillas rozando las mías bajo la mesa alta. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese que te hace lamerte los labios sin querer.
La banda tocó una cumbia rebajada, y Alex me jaló a la pista. —Baila conmigo, Ana. Vamos a ver si esa pasión de tu letra sale a jugar. Sus manos en mi cintura, caderas pegadas, el ritmo latiendo como un corazón acelerado. Sentía su dureza contra mi nalga, dura como piedra, y yo me arqueaba, restregándome con descaro. El sudor nos unía, piel contra piel bajo las luces neón. Pinche calor, jadeé en su oído, mordiéndole el lóbulo suave.
Salimos del bar con el beso más cabrón del siglo. Labios salados de tequila, lenguas enredadas como serpientes en celo. Su boca sabía a menta y deseo puro, manos subiendo por mi espalda, apretando mi culo con fuerza que me hacía gemir bajito. —Vamos a tu depa, morra. No aguanto más, murmuró contra mi cuello, su aliento caliente erizándome los vellos. Asentí, taxi volando por Insurgentes, yo en su regazo, besándonos como si el mundo se acabara.
Mi departamentito en la Roma era perfecto: luces tenues, velas de vainilla encendidas, sábanas de algodón egipcio esperando. Lo empujé contra la puerta, quitándole la playera con urgencia. Su pecho ancho, músculos duros de gym, olor a hombre que me volvía loca. —Contigo hace falta pasión, letra que ahora vive, le dije, lamiendo su pezón oscuro. Él gruñó, manos en mis tetas, amasándolas como masa de tamal, pulgares en los pezones duros como balas.
¡Ay, wey, este cuate me va a romper en dos y lo voy a disfrutar cada segundo!
Caímos en la cama, yo encima, desabrochando su cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que lamí como miel. Sabía salado, adictivo, mi lengua rodeándola mientras él me jalaba el pelo suave. —Chúpamela rica, Ana, como buena chilanga. Lo hice, garganta profunda, bolas en mi mano, sus gemidos roncos llenando el cuarto. El sonido húmedo de mi boca, el slap de piel, el jadeo entrecortado.
Me volteó, rasgando mi blusa, chichis libres al aire fresco. Boca en ellos, succionando fuerte, mordidas que dolían rico. Bajó despacio, besos por mi panza, lengua en el ombligo. Llegó a mi calzón empapado, olor a excitación pura, mosca chorreando. —Estás bien mojada, pinche rica, dijo, quitándoselo y metiendo dos dedos gruesos. Curvados justo ahí, en mi G, bombeando lento mientras lamía mi clítoris hinchado. Grité, caderas arriba, oliendo mi propio aroma almizclado mezclado con su sudor.
La tensión crecía, mi cuerpo temblando al borde. —No pares, cabrón, dame más. Él se incorporó, verga en mi entrada, frotándola arriba abajo, lubricándola con mis jugos. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, Diosito! Lleno, estirado, perfecto. Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos. —Siente esto, Ana. Pasión pura, como tu letra. Aceleró, pelvis chocando, sudor goteando de su frente a mis tetas. Sonidos obscenos: chapoteo de carne húmeda, mis uñas en su espalda, sus bolas golpeando mi culo.
Cambié de posición, a cuatro patas, él detrás, jalándome el pelo como riendas. Profundo, bestial, yo empujando contra él. —Más duro, Alex, rómpeme. Su mano en mi clítoris, frotando círculos rápidos. El orgasmo vino como tsunami, paredes apretándolo, gritando su nombre, piernas temblando. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, colapsando encima.
Nos quedamos así, jadeando, piel pegajosa de sudor y fluidos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Olía a sexo crudo, vainilla de las velas, tequila residual. —Neta, contigo la pasión no hace falta. Es un incendio, murmuré, trazando su pecho con uñas. Él rio bajito: —Tu letra era profecía, morra. Vamos a escribir más juntas.
Esta noche cambió todo. Mañana, más letras, más fuego. Contigo, siempre pasión.
El amanecer pintaba la ventana, y en su abrazo, supe que esto era solo el principio. Cuerpos entrelazados, promesas mudas, el pulso aún latiendo fuerte.