Abismo de Pasion Capitulo 120
El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de lino blanco, tiñendo la habitación de un dorado cálido que hacía que todo pareciera un sueño. Ana se despertó con el aroma salino del mar invadiendo sus fosas nasales, mezclado con el perfume terroso de Javier, que dormía a su lado. Habían pasado semanas desde su última noche juntos, y ahora, en esta villa frente a la playa, el abismo de pasión entre ellos amenazaba con tragárselos de nuevo. Capítulo 120 de su historia secreta, pensó ella, mientras su mano rozaba el pecho desnudo de él, sintiendo el latido firme bajo la piel morena.
¿Cuánto tiempo más voy a resistirme? se preguntó Ana en silencio, mordiéndose el labio inferior. Javier era su debilidad, ese güey alto y fornido con ojos negros que la miraban como si fuera la única mujer en el pinche mundo. Él se removió, abriendo los ojos con una sonrisa pícara.
"Órale, mi reina, ¿ya estás despierta y lista pa'l desmadre?"murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel.
Ana rio bajito, un sonido juguetón que vibró en el aire cargado de humedad. Se incorporó sobre el codo, dejando que la sábana resbalara por sus curvas, revelando sus senos plenos al roce fresco del ventilador de techo. El tacto sedoso de las sábanas egipcias contra sus muslos la hizo suspirar. Javier extendió la mano, trazando con los dedos el contorno de su cadera, enviando chispas de electricidad por su espina dorsal. Neta, este carnal me prende con solo mirarme, pensó ella, mientras el deseo inicial se enredaba en su vientre como una serpiente caliente.
Se levantaron despacio, como si el tiempo conspirara a su favor. En la cocina abierta, con vistas al Pacífico que rugía suavemente, Javier preparó café de olla, el olor intenso del canela y piloncillo llenando el espacio. Ana se acercó por detrás, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza creciente en sus pantalones de lino.
"¿Qué onda, amor? ¿Ya te dio hambre de otra cosa?"le susurró al oído, su aliento cálido rozando la oreja de Javier.
Él giró, atrapándola contra la encimera de granito fresco. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, saboreando el dulzor del café en la lengua del otro. Las manos de Javier se hundieron en sus nalgas, amasándolas con firmeza, mientras Ana enredaba los dedos en su cabello revuelto. El sonido de las olas rompiendo en la playa se mezclaba con sus respiraciones agitadas, creando una sinfonía privada. Esto es el abismo, y yo quiero caer de cabeza, reflexionó Ana, mientras el beso se profundizaba, lenguas danzando en un ritmo ancestral.
La tensión creció como una tormenta en el horizonte. Javier la levantó sin esfuerzo, sentándola en la encimera. Sus manos subieron por sus muslos, abriendo las piernas de Ana con delicadeza. Ella jadeó al sentir sus dedos rozar el encaje húmedo de sus bragas.
"Estás chingona mojada, mi vida. ¿Tanto me extrañaste?"dijo él, con esa picardía mexicana que la volvía loca.
Sí, pendejo, tanto que duele, pensó ella, arqueando la espalda. Javier se arrodilló, besando el interior de sus muslos, inhalando su aroma almizclado de excitación. La lengua de él trazó un camino ardiente hasta su centro, lamiendo con maestría a través de la tela. Ana gimió, el placer agudo como un rayo, sus uñas clavándose en el granito. El sabor salado de su piel, el calor húmedo de su boca, todo se fundía en una vorágine sensorial.
Pero no querían apresurarse. Javier la llevó de vuelta a la cama, tirando de ella en un torbellino de risas y besos. Se desnudaron mutuamente, explorando cada centímetro con reverencia. Ana admiró el cuerpo de Javier: los músculos definidos por horas en el gimnasio, el vello oscuro que bajaba hasta su erección palpitante. Lo tocó, envolviéndolo con la mano, sintiendo la seda caliente y venosa.
"Qué rico te sientes, carnal. Ven, déjame probarte."
Él se recostó, y Ana se posicionó sobre él, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salobre y masculino. Javier gruñó, sus caderas elevándose involuntariamente, el sonido gutural resonando en la habitación. Me encanta cómo se pierde en mí, pensó ella, mientras aceleraba el ritmo, succionando con avidez. Sus bolas se tensaban bajo su tacto, y el olor de su arousal llenaba el aire, embriagador como tequila añejo.
La intensidad escalaba. Javier la volteó con gentileza, posicionándose entre sus piernas. Sus ojos se clavaron en los de ella, pidiendo permiso sin palabras. Ana asintió, empoderada en su deseo, guiándolo hacia su entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola con una plenitud exquisita. Ambos jadearon al unísono, el sonido de piel contra piel uniéndose al chapoteo rítmico.
"¡Ay, wey, qué chido te sientes adentro! Más fuerte, no pares."suplicó Ana, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él. Javier obedeció, embistiéndola con pasión controlada, sus cuerpos sudados deslizándose en fricción perfecta. El aroma de sus jugos mezclados, el slap-slap de sus caderas, el gemido ronco de él contra su cuello – todo era un festín sensorial. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras oleadas de placer subían desde su clítoris hinchado.
En su mente, luchas internas danzaban: Esto es más que sexo, es nuestro abismo de pasión, capítulo 120 de un amor que no se apaga. Javier aceleró, su aliento caliente en su oreja, susurrando guarradas en mexicano puro:
"Te voy a llenar, mi chula, hasta que grites mi nombre."Ana se arqueó, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Sus senos rebotaban con cada thrust, pezones duros rozando el pecho peludo de él.
El clímax llegó en explosión. Ana gritó, su cuerpo convulsionando, paredes vaginales ordeñando la polla de Javier en pulsos rítmicos. Él la siguió segundos después, gruñendo como un animal, derramándose en chorros calientes dentro de ella. El calor líquido la llenó, prolongando su éxtasis. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos.
En el afterglow, yacían enredados, el sol ahora alto tiñendo sus cuerpos de oro. Javier besó su frente, trazando círculos perezosos en su vientre.
"Neta, amor, eres mi todo. Este abismo de pasión no tiene fondo."Ana sonrió, lágrimas de emoción en los ojos. Capítulo 120 cerrado con broche de oro, pero sé que vendrán más, pensó, mientras el mar susurraba promesas de futuras entregas.
Se quedaron así, escuchando sus corazones sincronizarse, el aroma de sexo y mar impregnando las sábanas. Ana se sentía completa, empoderada, amada en lo más profundo. Javier era su ancla en ese abismo infinito, y ella, su llama eterna.