Pasión Prohibida Capítulo 1 Completo
El calor de esa tarde en la Ciudad de México me tenía sudando como si estuviera en un temazcal. Estaba en la cocina de nuestro departamento en Polanco, preparando unos tacos de arrachera para la cena, cuando sonó el timbre. Miguel, mi esposo, ya se había ido a su viaje de negocios a Cancún, dejándome sola con el ventilador zumbando como un mosquito gigante. Neta, pensé, ¿quién carajos será?
Abrí la puerta y ahí estaba Diego, el hermano menor de Miguel, con su sonrisa de pendejo chulo que siempre me desarmaba. Llevaba una chamarra de cuero a pesar del bochorno, jeans ajustados que marcaban sus piernas fuertes y una mochila al hombro. Venía de Monterrey, directo del aeropuerto.
¡Ey carnala! ¿Qué onda? Miguel me dijo que me quedara aquí unos días mientras arreglo unos negocios en la capi.
Su voz grave, con ese acento norteño que me erizaba la piel, me hizo tragar saliva. Diego y yo siempre habíamos tenido esa química rara, como chispas en el aire. Desde la boda, hace tres años, sus miradas se quedaban un segundo de más, sus abrazos un poco apretados. Pero prohibido, ¿no? Era mi cuñado, wey.
—Pasa, pendejo, no te quedes ahí como turista perdido —le dije riendo, para disimular el cosquilleo en el estómago.
Entró oliendo a colonia cara mezclada con el sudor del viaje, un aroma que me invadió las fosas nasales como una droga. Lo vi quitarse la chamarra, revelando una playera negra que se pegaba a su pecho musculoso por la humedad. Chingado, qué guapo estaba. Me mordí el labio mientras le servía un chelón helado.
Cenamos en la terraza, con las luces de la ciudad parpadeando abajo como estrellas caídas. Hablamos de todo: de su rancho en el norte, de mis clases de yoga en la colonia, de lo estresado que estaba Miguel con el trabajo. Pero entre líneas, sentía la tensión. Sus ojos cafés se clavaban en mis labios cuando bebía mi vino tinto, y yo cruzaba las piernas para ignorar el calor que subía por mis muslos.
Después, pusimos música en Spotify, unos corridos tumbados que Diego amaba. Qué chido, bailamos un poco, riendo. Su mano en mi cintura fue como electricidad. Sentí sus dedos fuertes presionando mi piel a través del vestido ligero de algodón, el que se me subía un poquito con el movimiento. Olía a su piel salada, a hombre de verdad.
—Laura, neta, siempre he pensado que eres la mujer más cañón que conozco —murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido rozándome el cuello.
Mi corazón latió como tamborazo. ¿Qué pedo? Quería alejarme, pero mis pies no obedecían. En cambio, me pegué más, sintiendo su dureza contra mi cadera. Era pasión prohibida, lo sabía, pero el deseo ardía como chile en la boca.
Nos sentamos en el sofá, el vino nos soltó la lengua. Me contó cómo desde la primera vez que me vio, en la fiesta de compromiso, soñaba conmigo. Yo confesé lo mismo, con la voz temblorosa:
—Diego, cada vez que vienes, me pones como loca. Pero Miguel... es tu hermano.
Él tomó mi mano, sus dedos ásperos por el trabajo en el rancho rozando mis palmas suaves. —Shh, carnala. Solo esta noche. Nadie se entera. ¿Quieres?
Asentí, el pulso retumbándome en las sienes. Me jaló hacia él y nos besamos. ¡Madre mía! Sus labios eran firmes, urgentes, sabían a cerveza y a promesas rotas. Su lengua exploró mi boca con hambre, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por el zumbido del aire acondicionado.
Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza. Sentí sus uñas clavándose levemente, un dolorcito delicioso que me hizo arquearme. Le quité la playera, mis uñas recorriendo su abdomen marcado, duro como piedra. Olía a sudor fresco, a masculinidad pura. Él desabrochó mi vestido, dejándome en bra y tanga de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron de lujuria.
Esto es pecado, pero qué rico pecado. Mi cuerpo lo necesitaba como agua en el desierto.
Me cargó como si no pesara nada y me llevó al cuarto. La cama king size crujió bajo nuestro peso. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi vientre, bajando lento. Su barba incipiente raspaba mi piel sensible, enviando ondas de placer. Lamio mis muslos internos, el calor de su boca cerca de mi centro. Ya valió, pensé, abriendo más las piernas.
Cuando su lengua tocó mi clítoris, exploté en jadeos. Era experto, chupando suave, luego fuerte, metiendo un dedo, luego dos. Sentía mi humedad empapándolo, el sonido chido de succiones húmedas llenando la habitación. Mi olor almizclado se mezclaba con el suyo, embriagador. Agarré sus mechones negros, tirando mientras mi cadera se movía sola.
—Diego, no mames, no pares —supliqué, la voz ronca.
Él levantó la cara, labios brillantes con mis jugos. —Eres deliciosa, Laura. Dulce como mango con chile.
Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Se quitó los jeans, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitante. La tomé en mi mano, suave terciopelo sobre acero, latiendo contra mi palma. La masturbé lento, viendo cómo gemía, sus ojos cerrados en éxtasis.
—Échamela, carnala —gruñó.
Me puse encima, guiándolo a mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. Era grande, me llenaba perfecto, rozando ese punto que me volvía loca. Empecé a moverme, cabalgándolo como en mis sueños más sucios. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros, enviando descargas al cerebro.
El sudor nos unía, piel resbalosa chocando. Sonidos de carne contra carne, jadeos, ¡ay wey! y ¡más duro! La habitación olía a sexo crudo, a deseo desatado. Aceleré, mis uñas en su pecho dejando marcas rojas. Él embestía desde abajo, profundo, golpeando mi cervix con placer punzante.
Esto es mi pasión prohibida, capítulo 1 completo. Y quiero más capítulos.
Sentí el orgasmo venir como tormenta. Mis paredes se contrajeron alrededor de él, ordeñándolo. Grité su nombre, el mundo explotando en luces blancas. Él se tensó, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes, su semen derramándose dentro, mezclándose con mis jugos.
Colapsamos, jadeando. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón galopando contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, secando nuestro sudor. Olía a nosotros, a algo nuevo y adictivo.
—Qué chingón estuvo eso —murmuró, acariciando mi cabello revuelto.
—Sí, pero es prohibido. No podemos... —susurré, aunque mi cuerpo ya lo extrañaba.
Él sonrió, esa sonrisa pícara. —Por eso sabe mejor, ¿no? Solo tú y yo sabemos.
Nos quedamos así, enredados, escuchando el tráfico lejano y nuestras respiraciones calmándose. Sabía que Miguel volvería en unos días, que esto era un secreto ardiente. Pero en ese momento, con el sabor de él en mi boca y su calor envolviéndome, no me arrepentía. Era mi pasión prohibida, y acababa de vivir su capítulo 1 completo. ¿Qué vendría después? Solo el tiempo, y el deseo, lo dirían.