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Pureza y Pasion Elisabeth Elliot PDF Desatada

6751 palabras

Pureza y Pasion Elisabeth Elliot PDF Desatada

Me llamaba Ana, tenía veinticinco años y vivía en un departamento chido en la colonia Roma de la Ciudad de México. Venía de una familia católica bien puesta, de esas que van a misa todos los domingos y rezan el rosario antes de dormir. Siempre había sido la niña buena, la que no se salía del camino recto. Pero neta, por dentro bullía algo que no podía controlar. Todo empezó cuando una amiga me mandó un link: pureza y pasión elisabeth elliot pdf. "Léelo, te va a ayudar con tu novio", me dijo. Descargué el archivo esa misma noche, con el corazón latiéndome a mil. Elisabeth Elliot, una misionera gringa que escribía sobre cómo mantener la pureza en medio de la pasión. Sonaba perfecto para mí y Marco.

Marco era mi carnal, mi chavo desde la uni. Alto, moreno, con unos ojos cafés que me derretían como chocolate en el sol de julio. Trabajaba en una agencia de publicidad, siempre oliendo a colonia fresca y con esa sonrisa pícara que me hacía mojar las panties sin querer. Esa noche, después de descargar el PDF, lo invité a mi depa para "estudiar". Él llegó con unas chelas frías y unos tacos de suadero de la esquina, que olían a cebolla asada y cilantro fresco. Nos sentamos en el sofá, el aire acondicionado zumbando bajito, y le conté del libro.

¿Pureza y pasión? ¿Qué onda, Ana? Suena a que quieres serme fiel pero no tanto, bromeó él, guiñándome el ojo mientras me pasaba una cerveza helada. Sus dedos rozaron los míos, y sentí un chispazo eléctrico que me subió por el brazo hasta el pecho.

Leí en voz alta un párrafo del PDF en mi laptop: "La pureza no es ausencia de pasión, sino su dominio". Marco se rio, pero sus ojos se oscurecieron, como si el deseo lo estuviera comiendo vivo. Hablamos horas, el ambiente cargándose de tensión. Su rodilla tocaba la mía, y cada roce era como fuego en mi piel. Olía su aliento a menta del chicle que masticaba, y yo sentía mi corazón golpear contra las costillas. No, Ana, contrólate, me dije, recordando las palabras de Elisabeth Elliot. Pero mi cuerpo traicionero ya quería más.

Al día siguiente, el conflicto me carcomía. Caminaba por el Parque México, el sol calentándome la nuca, el olor a jacarandas flotando en el aire primaveral. Abrí el PDF otra vez en mi cel. "El amor verdadero espera", decía. Pero ¿y si mi amor por Marco era tan fuerte que necesitaba expresarse? Esa noche lo invité a cenar. Preparé enchiladas suizas, con ese queso derretido que goteaba como promesas calientes. Él llegó con un ramo de flores, rosas rojas que perfumaban todo el lugar. Cenamos a la luz de las velas, el vino tinto bajando suave por mi garganta, calentándome la sangre.

Después de la comida, nos recargamos en el sofá. Su mano en mi muslo, subiendo despacito, el calor de su palma traspasando la tela de mi falda. Pureza y pasión elisabeth elliot pdf, pensé, como un mantra fallido. Lo besé primero, mis labios chocando contra los suyos con hambre contenida. Su boca sabía a vino y a hombre, su lengua explorando la mía con urgencia. Gemí bajito, el sonido vibrando en mi pecho. Sus manos me alzaron la blusa, rozando mi ombligo, y sentí mis pezones endurecerse contra el brasier de encaje.

¿Estás segura, mi reina? No quiero que te arrepientas, murmuró él contra mi cuello, su aliento caliente erizándome la piel.

"Sí, Marco, neta que sí. Quiero esto contigo", le respondí, mi voz ronca de deseo. Lo empujo al sofá, montándome encima. Sus manos amasaron mis nalgas, firmes y posesivas, mientras yo desabrochaba su camisa. Su pecho era duro, cubierto de vello suave que olía a su sudor limpio, masculino. Lamí un pezón, saboreando la sal de su piel, y él gruñó, un sonido gutural que me mojó entre las piernas.

La tensión crecía como una tormenta. Me quité la blusa, dejando que viera mis tetas llenas, los pezones rosados pidiendo atención. Él los chupó con avidez, su lengua girando, dientes rozando lo justo para doler rico. Esto es pasión pura, pensé, traicionando el PDF que ardía en mi mente. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra bajo la tela. La saqué, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. La masturbe despacio, el precum lubricando mi mano, oliendo a sexo inminente.

Marco me volteó, poniéndome de rodillas en el sofá. Bajó mi falda y tanga, exponiendo mi panocha depilada, ya chorreando jugos. "Estás empapada, mamacita", dijo con esa voz grave que me volvía loca. Su dedo entró en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Lamio mi clítoris, su lengua plana y caliente, succionando como si fuera miel. El placer subía en oleadas, mi cuerpo temblando, el olor de mi arousal mezclándose con el suyo.

No aguanté más. "Métemela, pendejo, ya", le supliqué, riendo entre jadeos. Él se colocó atrás, la cabeza de su verga rozando mi entrada, untándose en mis fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, lento al principio, sus bolas chocando contra mi clítoris con cada estocada. El sofá crujía, nuestros cuerpos sudados slap-slap, el aire cargado de gemidos y el musk de sexo.

Aceleró, sus manos en mis caderas, jalándome contra él. Yo me tocaba el clítoris, círculos rápidos, el orgasmo construyéndose como un volcán. "Ven conmigo, Marco, neta", grité. Él rugió, su verga hinchándose dentro de mí. Explosamos juntos, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, chorros calientes llenándome mientras ondas de placer me sacudían. Caímos exhaustos, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones latiendo al unísono.

En el afterglow, yacíamos enredados en las sábanas de mi cama, adonde habíamos migrado. Su dedo trazaba círculos en mi vientre, el olor a sexo persistiendo en el aire. Pensé en el PDF de pureza y pasión elisabeth elliot, abierto aún en la laptop de la sala. "Tal vez Elisabeth tenía razón en parte", murmuré. "La pasión no destruye la pureza si es con amor verdadero".

Eres mi pureza y mi pasión, Ana. Para siempre, dijo él, besándome la frente.

Me acurruqué contra su pecho, sintiendo su calor, el ritmo de su respiración calmándose. Afuera, la ciudad zumbaba con sus luces y ruidos lejanos, pero en mi mundo, todo era paz y plenitud. Habíamos cruzado la línea, pero lo habíamos hecho juntos, empoderados, sin culpas. Esa noche, soñé con más, con un futuro donde pureza y pasión bailaran en armonía, al estilo mexicano: intenso, real, sin medias tintas.

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