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Pasión de Amor Ettore Scola Desatada

6498 palabras

Pasión de Amor Ettore Scola Desatada

La noche en mi depa de la Condesa estaba perfecta, con esa brisa ligera que se colaba por la ventana entreabierta trayendo olor a jazmín del jardín de abajo. Yo, Ana, había invitado a Marco, mi carnal del alma, ese wey que me ponía la piel chinita con solo una mirada. Estábamos tirados en el sofá, con una botella de mezcal reposado a la mano, y yo saqué el DVD de Pasión de Amor de Ettore Scola. "Mira, güey, esta película es puro fuego romántico, como nosotros", le dije mientras lo metía al player.

La pantalla se iluminó con esas imágenes italianas tan elegantes, amantes prohibidos en un mundo de pasiones contenidas. Marco se acercó más, su brazo rodeándome la cintura, y sentí su calor filtrándose por mi blusa suelta de algodón. Qué chido huele este cabrón, a jabón fresco y algo salvaje, pensé, mientras el mezcal me calentaba la garganta con su ahumado dulce. La historia de Pasión de Amor Ettore Scola nos envolvió: miradas intensas, susurros que prometían todo. Mi mano se posó en su muslo, firme bajo los jeans, y él giró la cabeza, sus ojos cafés clavados en los míos como si fuéramos los protagonistas.

"Ana, neta que esta película me prende", murmuró, su aliento rozándome el cuello. Yo sonreí, sintiendo el pulso acelerarse en mi pecho. El sonido de la banda sonora, violines suaves y dramáticos, llenaba el cuarto, mezclándose con el lejano rumor de los coches en Avenida Amsterdam. Su mano subió por mi espalda, dedos juguetones desabotonando mi blusa con lentitud tortuosa. Cada botón que cedía dejaba al aire un pedacito más de mi piel, fresca y erizada por el roce del aire nocturno.

¿Por qué esta Pasión de Amor de Ettore Scola nos está poniendo así de locos? Es como si el director nos hubiera metido en su mundo de deseo reprimido, listo para explotar.

Acto uno de nuestra propia película: el beso. Sus labios se estrellaron contra los míos, suaves al principio, probando como si temiera romper algo frágil. Saboreé el mezcal en su lengua, picante y ardiente, mientras mis dedos se enredaban en su pelo negro revuelto. El sofá crujió bajo nuestro peso cuando me jaló sobre él, mis piernas abriéndose a horcajadas. Sentí su verga endureciéndose contra mi entrepierna, dura y palpitante a través de la tela, mandándome chispas por todo el cuerpo. "Estás cañón, mami", gruñó, mordisqueándome el lóbulo de la oreja, su voz ronca como el mezcal.

La tensión crecía con cada escena de la película que ignorábamos ya. Yo me quité la blusa, dejando mis tetas libres, pezones duros besados por el fresco. Marco las tomó en sus manos grandes, ásperas de tanto gym, amasándolas con devoción. Su tacto es fuego puro, me hace mojarme sin remedio. Lamí su cuello, salado y cálido, bajando hasta el borde de su playera que arranqué de un tirón. Su pecho moreno, marcado por músculos que se contraían bajo mis uñas, olía a hombre en celo, sudor limpio y deseo crudo.

Nos movimos al piso, alfombra persa suave contra mi espalda desnuda. Él se hincó entre mis piernas, desabrochando mis shorts con dientes, besando cada centímetro de piel expuesta. El aroma de mi propia excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclándose con el jazmín. "Déjame probarte, reina", dijo, y su lengua se hundió en mi panocha, lamiendo despacio, círculos expertos que me hacían arquear la espalda. Gemí alto, sonido gutural que ahogó los diálogos de la película. Cada roce enviaba ondas de placer, mi clítoris hinchado pulsando contra su boca caliente y húmeda.

Pero no quería soltar el control tan fácil. Lo empujé de vuelta al sofá, desabrochando su cinturón con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm que lamí de la punta, salado y pegajoso en mi lengua.

Esta pasión es nuestra versión mexicana de la Pasión de Amor Ettore Scola, pero sin dramas ni uniformes, solo carne y fuego.
Me la metí a la boca, chupando hondo, sintiendo cómo latía contra mi garganta. Marco jadeaba, manos en mi cabeza guiándome, "¡Qué chingona chupas, Ana! No pares, wey". El sonido húmedo de mi saliva y sus gemidos llenaba el cuarto, ritmo obsceno que me ponía más caliente.

Escalada imparable. Lo monté despacio, mi entrada húmeda engulléndolo centímetro a centímetro. Está tan llena que duele rico, pensé mientras bajaba hasta el fondo, su grosor estirándome deliciosamente. Empecé a moverme, caderas girando en círculos lentos, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas. Sus manos en mis nalgas, apretando, guiando el vaivén que aceleraba. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz tenue de la lámpara, olor a sexo crudo invadiendo todo. "Cógete más duro, cabrona", rugió, y yo obedecí, rebotando con fuerza, tetas saltando, choques de piel resonando como aplausos.

La película seguía de fondo, amantes enredados en sus pasiones imposibles, pero nosotros éramos libres, dueños de este momento. Cambiamos posiciones: él detrás, doggy style sobre la alfombra. Su verga entró de golpe, profundo, golpeando mi punto G con cada embestida. Gruñí como fiera, "¡Más, pendejo, rómpeme!". Manos en mis caderas, jalándome contra él, bolas chocando contra mi clítoris. El placer subía en espiral, tensión en mi vientre apretándose, orgasmos acechando.

Inner struggle fugaz: ¿Y si esto se acaba? No, esta pasión es eterna como en las pelis de Ettore Scola. Pero el clímax no esperaba. Lo volteé boca arriba, cabalgándolo salvaje, uñas clavadas en su pecho. "Vente conmigo, Marco", jadeé, y sentí la ola romper: contracciones violentas en mi coño, leche caliente inundándome mientras él explotaba dentro, gemidos mezclados en un coro ronco. Pulsos interminables, cuerpos temblando, sudor goteando.

Afterglow dulce. Colapsamos enredados, respiraciones agitadas calmándose al unísono. Su semen tibia resbalando por mis muslos, olor almizclado persistente. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. La película terminaba en créditos, violines desvaneciéndose. "Neta que Pasión de Amor Ettore Scola nos inspiró lo chingón", susurró él, acariciando mi pelo. Yo sonreí contra su pecho, corazón latiendo fuerte aún.

Nos quedamos así, piel contra piel, hasta que el sueño nos venció. Mañana sería otro día en esta CDMX loca, pero esta noche, nuestra pasión ardía eterna, mexicana y desbocada, como un clásico reinventado.

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