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Noche de Fuego en Pasion y Vida Karaoke

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Noche de Fuego en Pasion y Vida Karaoke

Entré al Pasion y Vida Karaoke con el corazón latiéndome a todo lo que daba, el aire cargado de humo de cigarro y ese olor dulzón a tequila reposado que siempre me ponía la piel de gallina. Era viernes por la noche en el corazón de la Condesa, y el lugar bullía de vida: luces neón parpadeando en rojo y morado, risas estridentes mezcladas con las notas desafinadas de alguien que gritaba una ranchera. Me acomodé en la barra, pedí un paloma bien fría, y sentí el hielo crujir entre mis dientes mientras el limón ácido me hacía fruncir los labios. Hacía meses que no salía, desde que mi ex me dejó por una tipa más joven, pero esta noche quería soltar el control, sentirme viva de nuevo.

Ahí estaba él, en el escenario improvisado, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que iluminaba todo. Luis, se llamaba, lo supe después. Alto, moreno, con una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Tomó el micrófono y soltó La Chica del Bikini Azul, pero con un twist sensual, bajando la voz en los coros como si me estuviera cantando a mí. Nuestras miradas se cruzaron, y juro que sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas revoloteando.

¿Qué chingados me pasa? Es solo un wey cantando karaoke, Ana, contrólate
, me dije, pero mis pezones ya se endurecían bajo la blusa de encaje.

Terminó la canción entre aplausos y bajó directo hacia mí. –Órale, morra, ¿te animas a un dueto? Soy Luis, por cierto. Su voz era grave, con ese acento chilango que me derretía, y olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, un aroma que me hacía querer acercarme más. Le seguí la corriente, pedimos otra ronda, y subimos al escenario. Elegimos Amor Prohibido de Selena, y mientras cantábamos, su mano rozó mi cintura "por accidente". El calor de su palma se filtró a través de la tela, y mi cuerpo respondió con un pulso traicionero entre las piernas. La gente silbaba, pero yo solo oía su respiración agitada cerca de mi oreja, sentía su aliento cálido en mi cuello.

Bajamos riendo, pero la tensión ya era palpable, como electricidad estática en el aire. Nos sentamos en una mesa apartada, las luces bajas proyectando sombras que jugaban en su mandíbula fuerte. Hablamos de todo: de cómo el Pasion y Vida Karaoke era el mejor antro para desahogarse, de trabajos de mierda –yo en una agencia de publicidad, él mecánico de motos–, de sueños locos como viajar a la playa sin billete de regreso. –Neta, wey, tú cantas chido –le dije, rozando su brazo con los dedos. Él se acercó, su rodilla tocando la mía bajo la mesa, y susurró: –Tú eres la que prende la pasión aquí, Ana. ¿O me equivoco?

El deseo crecía como una ola, lento pero imparable. Pedimos shots de mezcal, el ardor bajando por mi garganta como fuego líquido, avivando el calor en mi vientre. Sus ojos recorrían mi escote, y yo no me quedaba atrás, imaginando cómo se sentiría su pecho desnudo contra el mío.

Quiere lo mismo que yo, lo veo en cómo se muerde el labio. Pero ¿y si solo es un rato? ¿Quiero eso esta noche?
La duda me pinchaba, pero el alcohol y la música –ahora un bolero sensual– la ahogaban. Bailamos pegados, su erección presionando contra mi cadera, dura y prometedora. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, y gemí bajito cuando me mordisqueó el lóbulo de la oreja.

¿Nos largamos de aquí? –preguntó, su voz ronca. Asentí, el corazón martilleándome. Salimos al fresco de la noche, el bullicio del Pasion y Vida Karaoke quedando atrás como un recuerdo borroso. Caminamos unas cuadras hasta su depa, un loft chiquito pero chulo en la Roma, con posters de motos y una cama king size que gritaba promesas. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Sus labios carnosos aplastaron los míos, lengua invadiendo con urgencia, sabor a mezcal y menta. Le arranqué la camisa, mis uñas rasguñando su piel morena, oliendo su sudor masculino que me volvía loca.

Me levantó como si no pesara nada, piernas alrededor de su cintura, y me estampó contra la pared. –Eres una diosa, Ana –gruñó, mientras bajaba la boca a mi cuello, chupando y mordiendo hasta dejar marcas rosadas. Sentí su verga palpitante contra mi entrepierna, frotándose a través de la tela, y arqueé la espalda gimiendo. ¡Pinche delicioso! Mis manos bajaron a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos, liberando su miembro grueso, venoso, que saltó caliente contra mi vientre. Lo apreté, sintiendo el pulso acelerado, y él jadeó: –¡Órale, morra, me vas a matar!

Me llevó a la cama, quitándome la falda con reverencia, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus dedos expertas separaron mis labios vaginales, húmedos y hinchados de anticipación, y metió dos adentro, curvándolos justo ahí, en mi punto G. El placer me atravesó como rayo, jugos chorreando por su mano.

¡Sí, carnal, así! No pares
, pensé, mientras lamía sus dedos empapados que me ofrecía. Su boca descendió, lengua plana lamiendo mi clítoris en círculos lentos, succionando con fuerza. Gemí alto, caderas moviéndose solas, el olor almizclado de mi excitación llenando la habitación. Él gruñía de placer, como si mi sabor fuera lo mejor del mundo.

No aguanté más. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. –¡Chingón, Luis! –grité, cabalgándolo con furia, pechos rebotando. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón, enviando chispas extra. Sudábamos a mares, piel resbaladiza chocando con palmadas húmedas, el colchón crujiendo bajo nosotros. Él se incorporó, mamando mis tetas, mordiendo pezones duros como piedras. La tensión subía, coiling en mi bajo vientre, cada embestida rozando mi clítoris interno.

Cambié de posición, de perrito, él detrás follándome profundo, bolas golpeando mi culo. –¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo! –supliqué, y él obedeció, jalándome el pelo con una mano, la otra pellizcando mi clítoris. El orgasmo me partió en dos, un tsunami de placer que me hizo gritar su nombre, paredes vaginales ordeñando su verga. Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando contra el mío.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi espalda perezosamente, trazando círculos suaves. Olía a sexo, a nosotros, un perfume embriagador.

Esto fue más que un polvo. Sintió real, como si hubiéramos conectado de veras en ese Pasion y Vida Karaoke
, pensé, mientras él besaba mi frente. –¿Repetimos mañana, mi reina? –murmuró. Sonreí en la oscuridad, el corazón lleno. La vida volvía a tener pasión, y qué chido que empezó con un karaoke.

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