Abismo de Pasion Capitulo 146
El sol se ponía sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en las olas del Pacífico. Rosa caminaba por la arena tibia, con el viento salado revolviéndole el cabello negro y largo. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel morena por la humedad del aire. Hacía semanas que no veía a Alejandro, su amante prohibido, ese güey que la volvía loca con solo una mirada. Abismo de pasion capitulo 146, pensó, como si su vida fuera una de esas novelas que devoraba de noche, pero esta vez era real, carnal, con el pulso acelerado y el calor entre las piernas que no la dejaba en paz.
Él la esperaba en la terraza de la villa, recargado en la barandilla de madera, con una cerveza fría en la mano. Su camisa blanca desabotonada dejaba ver el pecho bronceado y velludo, marcado por horas en el gym. Olía a mar y a ese jabón de sándalo que usaba, un aroma que le erizaba la piel a Rosa cada vez.
Pinche Alejandro, siempre tan chingón, tan hombre que me hace mojar nomás de verlo, se dijo mientras subía las escaleras, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra la tela delgada.
—Mamacita, murmuró él con esa voz ronca que parecía salir del fondo de su pecho, extendiendo los brazos. Rosa se lanzó contra él, sus labios chocando en un beso hambriento. Sabían a sal y a tequila de la tarde, lenguas enredándose como si quisieran devorarse. Sus manos grandes le apretaron las nalgas, levantándola un poco para que sintiera la dureza de su verga presionando contra su vientre. El corazón de Rosa latía desbocado, un tambor en el pecho que ahogaba el rumor de las olas.
Se separaron jadeando, mirándose a los ojos. —Te extrañé, carnal, dijo ella, pasando los dedos por su barba de tres días, áspera y excitante al tacto. —Yo más, reina. Ven, vamos a cenar, pero no prometo portarme bien. Rieron, esa risa cómplice que borraba las semanas de ausencia, las peleas tontas por celos que siempre terminaban en sexo salvaje.
La mesa en la terraza estaba puesta con mariscos frescos: camarones cocidos en mojo de ajo que desprendían un olor picante y marino, guacamole cremoso y totopos crujientes. Comieron despacio al principio, pero la tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de pies bajo la mesa. Alejandro le untó salsa en el dedo y se lo chupó, lento, mirándola fijo. Rosa sintió un cosquilleo eléctrico subirle por el brazo hasta el centro de su ser. Este pendejo sabe cómo volverme loca, pensó, apretando los muslos para contener la humedad que ya empapaba sus panties.
—Cuéntame de tu semana, mi amor, dijo él, pero su mano ya subía por su muslo desnudo, bajo el vestido. Rosa gimió bajito, el sonido perdido en el viento. —Nada chido sin ti. Solo pensaba en esto, en tu verga dura dentro de mí. Las palabras crudas la encendieron más, y ella le mordió el labio inferior, saboreando la sangre tibia mezclada con el picor del chile.
Dejaron la cena a medias. Alejandro la cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándola mientras subían a la recámara. La habitación era amplia, con una cama king size cubierta de sábanas blancas de hilo egipcio, ventiladores de techo girando perezosos. El aire olía a jazmín del jardín y al sudor incipiente de sus cuerpos. La tiró sobre el colchón con gentileza bruta, y Rosa rebotó riendo, abriendo las piernas en invitación.
Quiero que me folles hasta que no pueda caminar, güey. Hazme tuya esta noche, rugió en su mente mientras él se quitaba la camisa, revelando abdominales marcados y esa V que bajaba a su entrepierna abultada.
Alejandro se arrodilló entre sus piernas, subiendo el vestido hasta la cintura. Besó el interior de sus muslos, la piel sensible que temblaba bajo su aliento caliente. —Estás empapada, putita mía, gruñó, lamiendo la tela húmeda de las panties. Rosa arqueó la espalda, gimiendo fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Él las arrancó de un jalón, exponiendo su concha rosada y hinchada, brillando de jugos. Su lengua la invadió, plana y ancha, lamiendo desde el ano hasta el clítoris con maestría. Sabía a sal y a deseo puro, ese sabor almizclado que lo enloquecía.
Rosa enredó los dedos en su cabello oscuro, tirando fuerte. —¡Sí, así, pendejo! No pares. Sus caderas se movían solas, follando su boca mientras oleadas de placer la recorrían. Él metió dos dedos gruesos dentro, curvándolos contra ese punto que la hacía ver estrellas, chupando el botón hinchado al mismo tiempo. El cuarto se llenó de sonidos obscenos: lamidas húmedas, succiones, gemidos guturales. El olor a sexo flotaba pesado, mezclándose con el salitre del mar que entraba por la ventana abierta.
No aguantó más. —¡Me vengo, cabrón! gritó Rosa, el orgasmo explotando como fuegos artificiales. Su concha se contrajo alrededor de sus dedos, chorros calientes salpicando su barbilla. Alejandro lamió todo, bebiendo su esencia mientras ella temblaba, el cuerpo arqueado en éxtasis puro.
Pero no era suficiente. Rosa lo empujó hacia atrás, gateando sobre él como una pantera. Le desabrochó el pantalón, liberando la verga tiesa, venosa, con la cabeza morada goteando precum. Era gruesa, perfecta para estirarla hasta el límite. La tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel suave. —Ahora te toca sufrir, mi rey, dijo, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y masculino. Él gruñó, las caderas subiendo involuntarias.
Se la tragó entera, garganta profunda, babeando por los lados. Alejandro juró en voz baja, chingada madre, agarrándole la cabeza. Ella aceleró, chupando fuerte, masajeando las bolas pesadas. Lo llevó al borde, pero se detuvo, sonriendo pícara. —No tan rápido, güey.
Se montó sobre él, frotando la concha mojada contra su verga, lubricándola. Lentamente, se hundió, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. —¡Qué rico te sientes! Estás tan duro, tan grande. Alejandro la tomó de las caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada. El slap slap de piel contra piel llenó la habitación, mezclado con sus jadeos. Sus tetas rebotaban libres ahora que el vestido estaba arriba, pezones duros rozando su pecho cuando se inclinaba.
Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, besándola mientras la penetraba hasta el fondo. Rosa clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que lo excitaban más. —Fóllame más duro, amor. Quiero sentirte mañana. Él obedeció, acelerando, el sudor chorreando de su frente al valle entre sus pechos. El olor a sexo era intenso, almizcle y sudor, con toques de sándalo y jazmín.
La volteó a cuatro patas, agarrándole el cabello como riendas. Entró de nuevo, golpeando su culo firme con cada estocada. Rosa gritaba placer, el clítoris frotándose contra sus dedos que él le metía. El segundo orgasmo la alcanzó como un tsunami, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. —¡Córrete dentro, lléname! suplicó.
Alejandro rugió, hinchándose más antes de explotar. Chorros calientes inundaron su interior, mezclándose con sus jugos, goteando por sus muslos. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Él la besó la nuca, suave ahora, mientras el mar cantaba de fondo.
En la quietud del afterglow, Rosa se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.
Esto es nuestro abismo, pinche pasion que no se apaga nunca. Capitulo 146 y contando, pensó, sonriendo en la oscuridad. Mañana volverían las rutinas, pero esta noche eran solo ellos, piel con piel, almas enredadas en el placer eterno.