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Pasión y Poder Capítulo 130

7426 palabras

Pasión y Poder Capítulo 130

Isabella se recargó en el amplio ventanal de su penthouse en Polanco, con la ciudad de México brillando como un mar de luces a sus pies. El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmín que emanaba de su piel. Llevaba un vestido negro ceñido que acentuaba cada curva de su cuerpo atlético, forjado en gimnasios exclusivos y sesiones de yoga al amanecer. Esta noche no será como las otras, pensó, mientras su pulso se aceleraba con anticipación. Sabía que Alejandro llegaría pronto, ese hombre que la desafiaba en los salones de juntas y la volvía loca en la cama. Pasión y poder, capítulo 130 de su interminable telenovela personal.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa lobuna que prometía problemas. Vestía un traje italiano impecable, pero sus ojos oscuros la devoraban como si ya estuviera desnuda. Órale, qué mamacita, murmuró en voz baja, cerrando la distancia entre ellos con pasos felinos. Isabella giró sobre sus tacones altos, enfrentándolo con la barbilla en alto.

—Llegas tarde, carnal. ¿Pensaste que iba a esperarte toda la noche?

Él rio, un sonido grave que vibró en el pecho de ella como un tambor. —Sabes que el poder no espera a nadie, pero por ti... siempre hago una excepción. Sus manos grandes se posaron en su cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Isabella sintió el calor de él a través de la tela fina, el latido firme de su corazón contra el suyo. Olía a sándalo y a algo más primitivo, masculino, que le erizaba la piel.

En el comienzo de esta danza eterna, ella lo empujó juguetona, probando límites. —¿Excepción? Neta, Alejandro, no me vengas con cuentos. Hoy mando yo. Él arqueó una ceja, divertido, pero cedió, dejándola guiar sus pasos hacia el sofá de cuero italiano. Se sentó, extendiendo las piernas, y ella se acomodó a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza creciente bajo sus caderas.

Esto es pasión y poder, capítulo 130: mi turno de reinar
, se dijo, mientras sus labios rozaban el lóbulo de su oreja, exhalando cálidamente.

El beso empezó lento, exploratorio. Sus lenguas se encontraron en un duelo sensual, saboreando el tequila en la boca del otro, salado y dulce a la vez. Las manos de Isabella se deslizaron por su pecho, desabotonando la camisa con dedos impacientes, revelando la piel bronceada y los músculos tensos. Tocó, sintió la aspereza del vello oscuro, el calor que irradiaba como fuego vivo. Alejandro gruñó bajito, un sonido gutural que la hizo apretar los muslos contra él.

—Qué chingón te sientes, Isabella. Me traes loco, güey. Sus palmas subieron por sus muslos, arrugando el vestido hasta la cadera, exponiendo la piel suave y el encaje negro de sus panties. Ella jadeó cuando sus dedos rozaron el borde, trazando círculos lentos que enviaban chispas por su espina. El aire se cargó de electricidad, el olor a deseo húmedo mezclándose con el jazmín y el sándalo. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero dentro, el mundo se reducía a sus respiraciones entrecortadas.

La tensión crecía como una tormenta. Isabella se incorporó, quitándose el vestido con un movimiento fluido, quedando solo en lencería que abrazaba sus pechos plenos y su trasero redondo. Él la miró con hambre pura, las pupilas dilatadas. —Eres una diosa, neta. Ella sonrió, victoriosa, y lo despojó de la camisa, besando cada centímetro de torso expuesto: el sabor salado de su sudor, el roce de sus labios contra pezones endurecidos. Bajó más, desabrochando su pantalón, liberando su erección palpitante. La tomó en su mano, sintiendo la seda caliente de la piel, el pulso acelerado como un corazón desbocado.

Alejandro la levantó en brazos con facilidad, caminando hacia la habitación king size. La cama era un mar de sábanas de satén negro, iluminada por la luz tenue de las velas que ella había encendido. La depositó con gentileza, pero sus ojos prometían rudeza controlada. —Ahora sí, déjame mostrarte quién tiene el poder de verdad. Isabella rio, un sonido ronco y provocador.

Que lo intente. Esta noche, el control es compartido, como debe ser en pasión y poder, capítulo 130.

Se tumbaron juntos, cuerpos entrelazados en una maraña de extremidades. Sus bocas se devoraban mientras las manos exploraban sin prisa. Él lamió su cuello, bajando a los senos, succionando un pezón con maestría que la hizo arquear la espalda. ¡Ay, cabrón! Qué rico, gimió ella, clavando las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él adoraba. El sonido de sus jadeos llenaba la habitación, mezclado con el crujir del colchón y el roce húmedo de piel contra piel.

La escalada fue gradual, tortuosa. Alejandro deslizó una mano entre sus piernas, encontrándola empapada, resbaladiza de necesidad. Sus dedos entraron en ella con delicadeza, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. Isabella se mordió el labio, sintiendo la presión building, el calor que se acumulaba en su vientre como lava. —Más, pendejo, no pares, suplicó, mientras sus caderas se movían al ritmo de él. Él obedeció, agregando la boca, lamiendo su clítoris con lengua experta, saboreando su esencia almizclada, dulce como miel caliente.

Pero ella no era de las que se rinden fácil. Lo volteó, montándolo de nuevo, guiando su miembro endurecido hacia su entrada. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. ¡Qué grande, qué perfecto! El estiramiento era exquisito, una mezcla de placer y leve dolor que la volvía salvaje. Comenzó a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena, cada throbb contra sus paredes internas. Sus pechos rebotaban, y él los tomó, amasándolos mientras sus caderas empujaban hacia arriba, encontrándola a mitad de camino.

El ritmo se aceleró, sudor perlando sus cuerpos, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos obscenos. Isabella sintió el orgasmo acercándose, una ola gigante que rugía en su interior. —Ven conmigo, Alejandro, ahora, ordenó, y él gruñó, embistiéndola con fuerza controlada. El clímax la golpeó como un rayo: contracciones pulsantes, un grito ahogado que salió de su garganta, el mundo explotando en estrellas detrás de sus párpados cerrados. Él la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un rugido primal, su cuerpo temblando bajo el suyo.

Colapsaron juntos, exhaustos, envueltos en el aroma almizclado del sexo y el sudor compartido. Alejandro la abrazó por detrás, besando su hombro húmedo. —Eres increíble, mi reina. Pasión y poder en su máxima expresión. Isabella sonrió en la oscuridad, sintiendo la paz post-orgásmica filtrarse en sus músculos laxos.

Capítulo 130 cerrado con broche de oro. ¿Qué vendrá en el 131? Solo el tiempo lo dirá.
Su mano trazó patrones perezosos en el pecho de él, mientras la ciudad seguía su curso afuera, ajena a su éxtasis privado.

En ese afterglow, no había vencedores ni vencidos, solo dos almas entrelazadas en un baile de deseo eterno. El poder radicaba en la entrega mutua, la pasión en cada caricia compartida. Isabella cerró los ojos, saboreando el momento, lista para lo que el destino les deparara.

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