Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Abismo de Pasión Capitulos Ardientes Abismo de Pasión Capitulos Ardientes

Abismo de Pasión Capitulos Ardientes

7549 palabras

Abismo de Pasión Capitulos Ardientes

En las calles empedradas de Puerto Vallarta, donde el mar besa la arena con un susurro eterno, Ana caminaba con el corazón latiéndole como tambor de banda sinaloense. El sol del atardecer teñía todo de oro líquido, y el aire cargado de sal y jazmín la envolvía como un amante invisible. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel morena por la brisa húmeda, marcando las curvas que tanto le enorgullecían. Tenía treinta años, soltera por elección, y esa noche buscaba algo más que un trago en el bar playero.

Entró al palapa bar, donde la música de cumbia rebota rebota sonaba suave, mezclada con risas y el choque de vasos. Pidió un michelada bien fría, el limón chorreando en sus labios, el chile picando la lengua. Ahí lo vio: Javier, alto, con camisa guayabera entreabierta dejando ver el pecho velludo y bronceado, ojos negros como el abismo del Pacífico. Estaba solo, girando un tequila reposado en su mano callosa, de esas manos de hombre que trabaja con las suyas pero sabe de placeres finos.

Órale, wey, este tipo me prende como yesca. Neta, siento un cosquilleo en la panocha nomás de verlo.
pensó Ana, mientras sus pezones se endurecían bajo la tela fina.

Él levantó la vista, y sus miradas chocaron como olas furiosas. Sonrió con picardía, esa sonrisa de macho mexicano que promete travesuras. Se acercó, oliendo a mar y a agua de coco.

Buenas noches, mamacita. ¿Vienes a bailar o a conquistar? —dijo con voz grave, ronca como el rugido de un jaguar.

Las dos cosas, guapo. Pero primero, invito yo la siguiente ronda —respondió ella, juguetona, rozando su brazo con los dedos. La piel de él ardía, áspera por el sol, y ese toque envió chispas directas a su entrepierna.

Hablaron de todo y nada: de las tortugas que anidan en la playa, de cómo el tequila sabe mejor con buena compañía, de sueños locos bajo las estrellas. La tensión crecía con cada risa, cada mirada que bajaba a los labios del otro. Javier le contó de su vida como pescador, de noches en alta mar donde el deseo se hace insoportable. Ana confesó su afición por las novelas eróticas, esas que leen a escondidas.

Sabes, hay una que se llama como un abismo de pasión capítulos que devoran el alma. Así me siento contigo ahorita —murmuró ella, su aliento cálido en la oreja de él.

Él la tomó de la mano, piel contra piel, sudor mezclándose ya. Salieron del bar, caminando por la playa desierta, la arena tibia entre los dedos de los pies. La luna llena iluminaba sus siluetas, el oleaje rugiendo como un coro de amantes.

En su cabaña rentada, con hamaca balanceándose en la terraza, la puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Javier la arrinconó contra la pared de adobe fresco, sus labios capturando los de ella en un beso hambriento. Sabían a sal, a tequila, a urgencia. Las lenguas danzaron, explorando bocas húmedas, dientes rozando con ternura fiera.

¡Qué chido! Su boca es puro fuego, me moja toda. Quiero que me coma entera.

Las manos de él subieron por sus muslos, levantando el vestido, hallando la tanga empapada. Ella gimió contra su cuello, oliendo su sudor masculino, ese aroma terroso que la volvía loca. Javier era gentil pero dominante, preguntando con los ojos si podía seguir. Ana asintió, jadeante, guiando su mano.

Sí, carnal, tócame ahí. Neta, me tienes mojada como la playa en tormenta.

Él se arrodilló, besando su ombligo, bajando lento, torturándola con la barba raspando la piel sensible del vientre. El vestido cayó al piso, quedando ella en lencería negra que contrastaba con su piel canela. Javier lamió sus labios mayores a través de la tela, el sabor salado de su excitación invadiendo su lengua. Ana arqueó la espalda, uñas clavándose en su cabello negro revuelto, el sonido de su respiración agitada mezclándose con el viento nocturno.

Lo jaló arriba, desabrochando su camisa con dedos temblorosos. El pecho de él era un mapa de músculos duros, pezones oscuros que ella mordisqueó, saboreando el salitre. Bajó la cremallera de sus pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante como un corazón salvaje. La tomó en la mano, piel suave sobre hierro caliente, el olor almizclado de su masculinidad llenando la habitación.

Qué rica verga, wey. La quiero dentro ya —susurró ella, masturbándolo lento, sintiendo el pre-semen lubricando su palma.

Pero él la detuvo, cargándola a la cama king size con sábanas de hilo fresco. La acostó boca arriba, abriendo sus piernas como un libro prohibido. Besó cada centímetro: tobillos, pantorrillas, muslos temblorosos. Llegó a su centro, quitando la tanga con los dientes. Su lengua entró en ella, lamiendo clítoris hinchado, chupando jugos dulces como tepache fermentada. Ana gritó, caderas moviéndose al ritmo, el placer subiendo como marea.

¡Madre santa! Este hombre me lleva al cielo y al infierno al mismo tiempo. Mi chochito palpita, voy a explotar.

Javier subió, posicionando su miembro en la entrada húmeda. Miraron a los ojos, un pacto silencioso de placer mutuo.

¿Estás lista, mi reina? —preguntó él, voz entrecortada.

¡Métemela toda, pendejo ardiente! Hazme tuya.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor placer inicial dio paso a éxtasis puro cuando la llenó por completo. Se movieron juntos, ritmo de salsa lenta al principio, luego frenético como banda en fiesta. Pieles chocando con palmadas húmedas, sudor goteando, mezclándose. Él la penetraba profundo, rozando ese punto que la hacía ver estrellas, ella clavando talones en su espalda, arañando con pasión.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como amazona en yegua salvaje, senos rebotando, pezones duros rozando el pecho de él. Javier amasaba sus nalgas firmas, un dedo explorando el ano con permiso susurrado, añadiendo capas de placer. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y mar, sonidos de gemidos guturales, "¡Ay, sí! ¡Más duro!", el crujir de la cama de bambú.

La tensión escalaba, espiral infinita. Ana sintió el orgasmo acercarse, un tsunami en su vientre. Javier gruñía, conteniéndose para sincronizarse.

Vente conmigo, amor. Lléname de tu leche caliente.

Explotaron juntos: ella convulsionando, chorros de placer empapando sus uniones, él eyaculando profundo, pulsos calientes inundándola. Gritos ahogados en besos, cuerpos temblando en éxtasis compartido.

Después, yacieron enredados, pieles pegajosas enfriándose al viento de la terraza abierta. Javier la abrazó por detrás, su verga semi-dura aún dentro, besando su nuca.

Esto fue más que un polvo. Es como esos abismo de pasión capítulos que se graban en el alma, wey. Quiero más capítulos contigo.
pensó Ana, sonriendo en la oscuridad.

¿Sabes? —murmuró él, acariciando su vientre—. Esta noche es solo el principio. Tenemos un abismo entero por explorar.

Ella giró, besándolo suave, saboreando el afterglow. La luna los velaba, el mar susurrando promesas de más noches ardientes. En Puerto Vallarta, su historia apenas comenzaba, capítulos de pasión que devorarían cualquier distancia.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.