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Pasión de Gavilanes Capítulo 162 Fuego en la Carne

7080 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 162 Fuego en la Carne

La noche caía suave sobre el rancho en las afueras de Guadalajara, con ese calor pegajoso que hacía que la piel se sintiera viva, como si el aire mismo estuviera cargado de promesas. Tú, Jimena, habías pasado el día trabajando en el establo, el olor a heno y tierra húmeda aún pegado a tu blusa ajustada. Qué pinche día, wey, pensabas mientras te servías un vaso de agua fresca del garrafón. Ahí estaba él, tu hombre, Gaby, recostado en el sillón viejo de la sala, con la tele prendida y una cerveza fría en la mano. Era el wey más guapo que habías visto en tu vida, con esa barba de tres días que raspaba delicioso y unos ojos negros que te miraban como si fueras el único trozo de carne en el mundo.

"Ven pa'cá, mami", te dijo con esa voz ronca que te erizaba la piel, palmeando el espacio a su lado. Sonreíste, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago. Habían estado juntos dos años, pero cada noche era como la primera. La tele estaba sintonizada en el canal de telenovelas, y justo empezaba Pasión de Gavilanes capítulo 162. "Mira, es el que tanto esperábamos, el de la bronca entre los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo", murmuró él, jalándote contra su pecho. Su olor a jabón mezclado con sudor fresco te invadió las fosas nasales, y no pudiste evitar restregar la nariz contra su cuello.

Este capítulo va a estar bueno, neta. Siempre me prende ver esas pasiones locas, como si fueran nosotros, pensaste, mientras su mano grande se posaba en tu muslo, subiendo despacito por debajo de tu falda vaquera corta.

La pantalla cobraba vida con los gritos apasionados de los personajes. Los hermanos Reyes, fieros y machos, defendían su amor con uñas y dientes. Tú sentías el calor de Gaby irradiando contra tu espalda, su aliento caliente en tu oreja. "Fíjate en esa mirada de la Sarita, carnal. Pura hambre", susurró él, y su dedo índice trazó un círculo lento en tu piel interna del muslo. El roce era eléctrico, como un chispazo que te hacía apretar las piernas. El sonido de la telenovela llenaba la habitación: música dramática, voces entrecortadas de deseo reprimido. Olías el popote de maíz que habían calentado antes, pero ahora todo era su aroma, terroso y masculino.

En la tele, los amantes se besaban con furia, y tú sentiste la boca de Gaby en tu cuello, mordisqueando suave. "Jimena, mi reina, ¿sientes eso? Como si estuviéramos en Pasión de Gavilanes capítulo 162", dijo él, riendo bajito. Su risa vibró contra tu piel, y un gemido se te escapó sin querer. Tus pezones se endurecieron bajo la blusa, rozando la tela áspera. Te giraste un poco, buscando sus labios, y el beso fue como un incendio. Lenguas danzando, sabor a cerveza salada y a tu gloss de fresa. Sus manos subieron a tus senos, amasándolos con firmeza, y sentiste su verga endureciéndose contra tu nalga.

No aguanto más, pendejo, pensaste, mientras el beso se profundizaba. La tensión del día se deshacía en ese roce, pero una vocecita en tu cabeza te decía que lo hicieras esperar, que lo volvieras loco. Te levantaste despacio, poniéndote de pie frente a él, con la falda subida apenas, mostrando el encaje negro de tus calzones. "Si quieres más, ven por mí", le retaste, con la voz temblorosa de anticipación. Gaby se incorporó como un tigre, sus músculos flexionándose bajo la playera ajustada. Te cargó en brazos, riendo. "Eres mi gavilán, Jimena. Te voy a comer viva".

El colchón del cuarto crujió bajo su peso cuando te dejó caer, el olor a sábanas limpias y a su loción de sándalo envolviéndote. La luz de la luna se colaba por la ventana entreabierta, pintando sombras en su torso desnudo mientras se quitaba la ropa. Lo miraste, hipnotizada: el pecho ancho, el vientre marcado, esa verga gruesa y venosa apuntando a ti como una promesa. Te quitaste la blusa con lentitud, dejando que viera cómo tus tetas rebotaban libres, pezones oscuros y duros como piedras. "Ven, Gaby, tócame", suplicaste, y él obedeció, gateando sobre la cama.

Sus manos eran fuego en tu piel, bajando por tus costados, desabrochando la falda. El sonido de la cremallera fue como un susurro obsceno. Te abrió las piernas con gentileza, inhalando profundo. "Hueles a miel, chula. A panocha rica y mojada". Su aliento caliente rozó tu clítoris, y arqueaste la espalda, gimiendo. La lengua de él lamió despacio, saboreando tus jugos, chupando con maestría. ¡Qué rico, cabrón! No pares, gritaste en tu mente, mientras tus caderas se movían solas, follándole la boca. El sonido húmedo de succión llenaba el cuarto, mezclado con tus jadeos y el lejano canto de grillos afuera.

Pero querías más, lo necesitabas dentro. Lo jalaste por el pelo, besándolo con furia, probando tu propio sabor salado en su lengua. "Chíngame ya, wey. Hazme tuya como en la novela". Él gruñó, posicionándose. La punta de su verga rozó tu entrada, resbalosa y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. Sentiste cada vena, cada pulso, el calor abrasador llenándote. "¡Ay, Dios! Qué grande estás", gemiste, clavando las uñas en su espalda. Él empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse profundo.

El ritmo creció, sus embestidas fuertes y profundas, el choque de piel contra piel como tambores. Sudor perlando sus músculos, goteando en tus tetas. Lo lamiste, saboreando la sal, mientras él te mamaba un pezón, mordiendo suave.

Esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes. Es nuestra pasión, nuestra carne ardiendo
, pensaste en medio del éxtasis. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo, y él jadeaba en tu oído: "Te voy a llenar, Jimena. Eres mía, pinche diosa". La tensión subía como una ola, tus nervios vibrando, el placer acumulándose en tu vientre.

Cambiaron de posición, tú encima, cabalgándolo como una amazona. Tus nalgas rebotaban contra sus muslos, el sonido carnoso y obsceno. Agarraste sus manos, poniéndolas en tus tetas, mientras girabas las caderas, frotando tu clítoris contra su pubis. "¡Más fuerte, Gaby! ¡Dame todo!", exigiste, y él embistió desde abajo, clavándose hasta el fondo. El orgasmo te golpeó como un rayo, un grito ronco saliendo de tu garganta mientras tu panocha se contraía en espasmos, jugos chorreando por su verga. Él te siguió segundos después, gruñendo como animal, su leche caliente inundándote, pulso tras pulso.

Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos enredados y brillantes de sudor. Su corazón latía desbocado contra tu mejilla, el olor a sexo y amor impregnando el aire. Te besó la frente, suave ahora. "Eres lo mejor de mi vida, Jimena. Mejor que cualquier telenovela". Sonreíste, trazando círculos en su pecho con la uña. Neta, wey. Pasión de Gavilanes capítulo 162 nos prendió el fuego, pero esto es nuestro para siempre, reflexionaste, mientras el sueño los envolvía en una paz profunda, con la promesa de más noches así, ardientes y eternas.

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