Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Quien Es El Diablo En La Pasion De Cristo Quien Es El Diablo En La Pasion De Cristo

Quien Es El Diablo En La Pasion De Cristo

6433 palabras

Quien Es El Diablo En La Pasion De Cristo

La noche de Jueves Santo caía pesada sobre mi depa en Polanco, con el aire cargado de ese olor a incienso que se colaba por la ventana entreabierta. Marco y yo nos habíamos quedado solos después de la cena familiar, con una botella de mezcal reposado a medio acabar y la tele sintonizada en La Pasión de Cristo. Las velas parpadeaban en la mesa de centro, lanzando sombras danzantes por las paredes blancas, y el sonido grave de los latigazos retumbaba como un tambor en mi pecho. Yo, recargada en su hombro, sentía su calor filtrándose por la blusa ligera, un cosquilleo que ya me ponía la piel de gallina.

Marco era ese tipo alto, moreno, con ojos que te desnudan sin esfuerzo, mi carnal de hace dos años, el que me hacía sentir viva en medio de la rutina citadina. Pero esa noche, la película nos tenía atrapados. La escena del diablo, esa figura pálida y andrógina, serpenteando entre la multitud con una mirada que prometía todo lo prohibido, me revolvió las tripas.

¿Quién es el diablo en La Pasión de Cristo?
murmuré, casi sin darme cuenta, mientras mi mano se deslizaba por su muslo firme bajo los jeans.

Él giró la cabeza, su aliento con sabor a mezcal rozándome el cuello. ¿Qué dijiste, mi amor? Su voz ronca me erizó los vellos. Le repetí la pregunta, bajito, como si fuera un secreto entre nosotros y la pantalla. Yo creo que es la tentación misma, la que te hace cuestionar todo, respondió, y su mano cubrió la mía, apretándola contra su entrepierna donde ya sentía la dureza crecer. El corazón me latía desbocado, un pulso caliente que bajaba hasta mi centro, humedeciéndome las bragas de encaje negro que me había puesto esa tarde pensando en él.

Apagamos la tele con un clic remoto, pero la imagen del diablo seguía flotando en mi mente, seductora, invitándome a pecar. Me volteé hacia Marco, mis labios buscando los suyos en un beso lento, jugoso, con el gusto ahumado del mezcal mezclándose en nuestras lenguas. Ven, déjame mostrarte quién es el diablo esta noche, le susurré al oído, mordisqueando el lóbulo mientras lo empujaba suave contra el sofá de piel suave. Sus manos grandes subieron por mis caderas, amasando la carne bajo la falda plisada, y un gemido se me escapó, ronco, como el viento de la ciudad filtrándose por las cortinas.

El beso se volvió feroz, dientes chocando, saliva tibia resbalando por mi barbilla. Le quité la playera con urgencia, revelando ese pecho ancho, lampiño, con olor a jabón y hombre sudado por el calor de la noche. Mis uñas arañaron suave su piel morena, dejando rastros rojos que lo hicieron jadear. Pinche Ana, estás cañona hoy, gruñó él, y esa palabra mexicana, cruda, me prendió más. Le desabroché el cinturón, el sonido metálico del cierre zumbando en el silencio, y bajé la cremallera para liberar su verga tiesa, palpitante, con una gota perlada en la punta que lamí despacio, saboreando la sal muerta y el almizcle puro que me hacía agua la boca.

Acto dos: la escalada Nos movimos al piso, alfombra persa mullida bajo mis rodillas, las velas proyectando oro líquido sobre nuestros cuerpos. Marco me levantó la falda, sus dedos callosos rozando mis muslos internos, hasta encontrar la humedad empapando la tela. Estás chorreando, mi reina, dijo con esa sonrisa pícara, y metió dos dedos adentro, curvándolos justo donde dolía de placer. Grité bajito, arqueándome, el olor a mi propia excitación subiendo espeso, mezclado con el humo de las velas y su sudor fresco.

En mi cabeza, flashes de la película: el diablo susurrando tentaciones, Cristo sufriendo, pero yo no quería dolor, solo éxtasis puro.

¿Soy yo el diablo en tu pasión?
le pregunté mientras lo montaba, frotando mi concha hinchada contra su verga dura como piedra. Él rio, profundo, agarrándome las nalgas con fuerza. Tú eres mi diosa pecadora, Ana. Cógeme como quieras. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cada vena pulsando dentro, estirándome delicioso. El roce era fuego líquido, mis paredes apretándolo, succionándolo, mientras subía y bajaba con ritmo creciente, pechos rebotando libres de la blusa desabotonada.

Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando pezones duros como balas, enviando chispas directas a mi clítoris. Gemí su nombre, Marco, sí, carnal, más fuerte, y él embistió desde abajo, caderas chocando con palmadas húmedas que resonaban como latigazos eróticos. Sudábamos a chorros, piel resbaladiza, el aire denso con nuestro aroma: sexo crudo, deseo animal. Me volteó sin salirse, poniéndome a cuatro, y entró de nuevo, profundo, su vientre peludo golpeando mi culo redondo. Cada estocada rozaba ese punto interno, building tensión como una tormenta en el desierto sonorense, mi mente nublada solo por placer.

Le arañé la alfombra, mordí mis labios hasta saborear sangre dulce, mientras él gruñía en mi oído: Tu panocha me aprieta como diabla. Reí entre jadeos, volteando para besarlo salvaje, lenguas enredadas. La pregunta volvía: ¿Quién es el diablo en La Pasión de Cristo? Tal vez somos nosotros, entregándonos al fuego. Él aceleró, bolas golpeando mi clítoris, y sentí el orgasmo trepando, un nudo apretado listo para estallar.

El clímax y el afterglow No aguanté más. ¡Me vengo, güey, no pares! chillé, y exploté alrededor de su verga, espasmos violentos ordeñándolo, jugos calientes resbalando por mis muslos. Él rugió, clavándome las uñas en las caderas, y se vació dentro, chorros calientes llenándome hasta rebosar, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos juntos, enredados, respiraciones jadeantes sincronizándose como olas calmándose en la playa de Cancún.

Quedamos ahí, piel pegajosa enfriándose bajo la brisa nocturna, velas goteando cera como lágrimas de pasión extinguida. Marco me acarició el cabello húmedo, besándome la frente con ternura. Fue como pecar en el paraíso, mi amor, murmuró. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho, el corazón aún galopando bajito. La pregunta del diablo ya no importaba; en nuestra pasión, éramos tentadores y redimidos, dueños de nuestro propio éxtasis. Afuera, la ciudad dormía bajo las estrellas de Semana Santa, pero dentro, el fuego seguía latente, listo para encenderse de nuevo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.