Pasion Prohibida Capitulo 35 El Fuego Oculto
El aire de la noche en Polanco estaba cargado de ese aroma a jazmín y asfalto caliente que tanto me gustaba de la Ciudad de México. Yo, Sofia, acababa de salir de una cena de negocios en uno de esos restaurantes fancy donde todos fingen ser más chidos de lo que son. Mi vestido rojo ceñido se pegaba a mi piel sudada por el bochorno, y cada paso que daba con mis tacones altos resonaba como un desafío en la banqueta. Hacía meses que no veía a Alejandro, pero ahí estaba él, recargado en su camioneta negra, con esa sonrisa pícara que me hacía temblar las rodillas desde la prepa.
¿Qué chingados hace aquí? pensé, mientras mi corazón empezaba a latir como tamborazo en una fiesta de pueblo. Éramos la pasion prohibida capitulo 35 de nuestra propia telenovela: yo casada con un tipo decente pero aburrido, él soltero pero con mi familia respirándole en la nuca porque decían que era un pendejo aventurero. Neta, prohibido por puro orgullo mexicano, pero el deseo nos jodía la vida desde siempre.
—Órale, Sofi —dijo él con esa voz ronca que olía a tequila reposado—. ¿Ya te ibas sin saludar al carnal?
Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarlo. Su colonia, esa mezcla de madera y especias, me invadió las fosas nasales como un vicio viejo. Nuestras miradas se cruzaron, y ahí estaba la chispa, la misma que nos había metido en problemas infinidad de veces.
—No seas menso, Alejandro. ¿Qué haces rondando por aquí? —respondí, fingiendo enojo, pero mi mano ya rozaba su brazo musculoso bajo la camisa ajustada.
Él se rio bajito, ese sonido gutural que me erizaba la piel. —Vine por ti, güey. Sé que tu viejo está de viaje. Vamos a platicar como en los viejos tiempos.
El conflicto me mordía por dentro.
Si me subo a esa troca, se arma el desmadre otra vez. Pero neta, lo necesito como el aire.Subí sin pensarlo dos veces, y arrancamos rumbo a su depa en Lomas, con el viento del DF colándose por las ventanas y revolviéndome el pelo.
En el elevador, el silencio era espeso, cargado de promesas. Su mano rozó la mía, y sentí el pulso acelerado en su muñeca. Olía a sudor limpio y deseo crudo. Cuando las puertas se abrieron, me jaló adentro de su penthouse minimalista, con vistas al skyline brillando como diamantes falsos.
Acto primero del desmadre: un trago de mezcal en vasos de cristal. El líquido ahumado bajó ardiente por mi garganta, despertando cada nervio. Nos sentamos en el sofá de piel suave, tan cerca que sus muslos rozaban los míos. Hablamos de pendejadas —el trabajo, los cuates, la pinche vida— pero mis ojos no dejaban su boca carnosa, imaginando cómo sabía.
—Sofi, ya no aguanto esto —murmuró, su aliento cálido en mi cuello—. Eres mi vicio, mi pasion prohibida. Cada capitulo peor que el anterior.
Lo miré, y el mundo se achicó. Mis pechos subían y bajaban rápido bajo el vestido, los pezones endureciéndose contra la tela. La tensión era un nudo en mi vientre, apretando más con cada segundo.
Acto dos: la escalada. Me paré, desafiante, y me quité los tacones con un movimiento lento, dejando que mis pies descalzos sintieran la alfombra mullida. Él se levantó como fiera, alto y fuerte, con los ojos negros devorándome. Sus manos grandes subieron por mis piernas, subiendo el vestido hasta las caderas. Sentí sus palmas callosas, ásperas del gym y el trabajo en su taller de motos, contrastando con mi piel suave depilada.
—Estás cañón, Sofi —gruñó, besándome el ombligo expuesto. Su lengua trazó círculos húmedos, saboreando mi sal. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes. Olía a mi propia excitación mezclada con su colonia, un perfume embriagador que me mareaba.
Lo empujé al sofá y me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi panocha a través de la tanga empapada. ¡Qué chingón se siente! Rocé mi clítoris contra él, moviéndome despacio, torturándonos. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico.
—Quítate eso, pendejo —le ordené, jalándole la camisa. Los botones saltaron, revelando su pecho velludo y tatuado con un águila mexicana que me volvía loca. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado, mordiendo un pezón hasta que rugió.
La intensidad subía como fiebre. Me arrancó el vestido, exponiendo mis tetas grandes y firmes. Chupó una, succionando con hambre, mientras su dedo se colaba en mi tanga, frotando mi chochito hinchado. Estaba chorreando, el jugo resbalando por mis muslos.
Esto es puro fuego, nuestra pasion prohibida capitulo 35, y no hay vuelta atrás.Metió dos dedos adentro, curvándolos justo en mi punto G, bombeando lento al principio, luego rápido. Grité, arqueándome, el placer como rayos eléctricos desde mi centro hasta las yemas de los dedos.
—Te voy a chingar hasta que grites mi nombre, Sofi —prometió, su voz quebrada por la lujuria.
Lo desabroché, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de ganas. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso furioso. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el pre-semen salado y amargo. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. La chupé profunda, garganta relajada, escuchando sus gemidos roncos que vibraban en mi pecho.
Pero quería más. Me puse de pie, me quité la tanga empapada y la tiré. —Ven, cabrón. Hazme tuya.
Me tendí en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Él se quitó el resto, desnudo y glorioso, músculos tensos bajo la luz tenue. Se colocó entre mis piernas, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. El roce era tortura exquisita, mi clítoris latiendo por penetración.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, wey, qué llena me sientes! Gemí alto cuando bottomó out, su pubis contra el mío, pelitos rozando. Olía a sexo puro, almizcle y sudor. Empezó a moverse, embestidas lentas y profundas, saliendo casi todo para volver a hundirse. Cada choque de piel contra piel era un plaf húmedo, eco en la habitación.
La tensión psicológica explotaba: Esto está mal, pero se siente tan bien. Mi marido ni en sueños me hace volar así. Aceleró, follándome duro, mis tetas rebotando, uñas clavadas en su espalda. Cambiamos posiciones —yo encima, cabalgándolo como amazona, controlando el ritmo, moliendo mi clítoris contra él. Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Él desde abajo, pellizcando mis pezones, gruñendo "¡Más rápido, rica!"
El clímax se acercaba como tormenta. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi bajo vientre. —¡Ya, Alejandro! ¡Métemela más hondo! —supliqué, voz ronca.
Me volteó a cuatro patas, embistiéndome desde atrás, una mano en mi clítoris frotando furioso, la otra jalando mi pelo. El placer era cegador, olas y olas. Exploté primero, chillando, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga como puño, jugos chorreando por mis piernas. Él siguió, unos golpes más, y se corrió adentro, chorros calientes llenándome, su rugido animal en mi oído.
Acto tres: el afterglow. Colapsamos enredados, pechos agitados, piel pegajosa. Su semen goteaba de mí, cálido y pecaminoso. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el resto de deseo. El skyline parpadeaba afuera, testigo mudo.
—Esto no puede seguir, mi amor —susurré, trazando su pecho con el dedo—. Pero neta, eres mi todo.
Él me abrazó fuerte, su corazón latiendo contra el mío.
Nuestra pasion prohibida capitulo 35 termina aquí por esta noche, pero el próximo será aún más intenso.Dormimos así, envueltos en sábanas revueltas y promesas rotas, el aroma a sexo persistiendo como un secreto compartido en la capital del desamor consentido.