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Cañaveral de Pasiones Remake

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Cañaveral de Pasiones Remake

El sol de mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de mi familia en Veracruz, ese mar verde de cañas altas que se mecían con el viento como susurros de amantes secretos. Yo, Ana, había regresado después de años en la ciudad, huyendo del ruido y las promesas rotas. El aire olía a tierra húmeda, a savia dulce y a algo más primitivo, como el deseo que se despierta en la piel después de una siesta larga. Caminaba entre las hileras, mis sandalias hundiéndose en el barro suave, el sudor perlándome el escote del vestido ligero que se pegaba a mis curvas como una caricia no pedida.

¿Por qué carajos volví? me pregunté, mientras el zumbido de las chicharras llenaba mis oídos. La hacienda San Isidro era un cañaveral de pasiones remake, como decían los viejos del pueblo: la versión moderna de aquellas historias de amores prohibidos que inspiraron la telenovela de los noventa, pero ahora con toques de realidad cruda y caliente. Mi abuelo la había visto en su lecho de muerte, riendo con malicia ante las traiciones y los besos robados. Y aquí estaba yo, sintiendo que el destino me tejía el mismo guion.

Entonces lo vi. Diego, el capataz nuevo, alto y moreno como el tronco de un ceibo, con los músculos brillando bajo la camisa remangada. Estaba cortando cañas con su machete, el filo silbando en el aire antes de morder la carne verde. Nuestras miradas chocaron. Sus ojos, negros como el café de olla, me recorrieron de arriba abajo sin pudor. Órale, qué mamacita, imaginé que pensaba, porque su sonrisa torcida lo delataba. Me acerqué, fingiendo inspeccionar el cultivo.

¿Qué onda, güey? —le dije, con voz juguetona, el corazón latiéndome como tambor de son jarocho—. ¿Todo chido por aquí?

Él se irguió, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Olía a hombre de campo: tierra, sal y un toque de tabaco. —Sí, jefa, contestó, su voz grave vibrando en mi pecho. Pero con esta calor, uno se pone... ansioso.

La tensión creció como la savia en las cañas. Hablamos de la cosecha, pero las palabras eran excusa. Sus ojos se clavaban en mis labios, en el valle entre mis pechos. Yo sentía el calor subir desde mi vientre, un pulso húmedo que me hacía apretar los muslos.

Si me toca ahora, me rindo, pensé, recordando las escenas ardientes del viejo cañaveral de pasiones.

Al atardecer, el sol se hundía en un cielo naranja, tiñendo las cañas de fuego. Nos quedamos solos en el corazón del campo. Diego dejó el machete y se acercó, su mano rozando mi brazo. La piel se me erizó, como si un viento fresco hubiera barrido mi cuerpo. —Ana, neta que desde que llegaste, no pienso en otra cosa —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

Yo no respondí con palabras. Lo jalé por la camisa, atrayéndolo contra mí. Nuestros cuerpos chocaron, duros y suaves a la vez. Sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a ron añejo y a mango maduro. ¡Qué rico! Gemí bajito mientras su lengua exploraba mi boca, danzando con la mía en un ritmo que me mareaba. Sus manos, callosas pero tiernas, bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con posesión juguetona.

Caímos entre las cañas, el suelo mullido de hojas secas amortiguando nuestra caída. El crack de las tallos partiéndose era como aplausos a nuestro secreto. Me quité el vestido de un tirón, quedando en brasier y tanga, la piel expuesta al aire vespertino que olía a jazmín silvestre y a nuestro sudor mezclado. Diego se desnudó rápido, su verga erguida, gruesa y venosa, palpitando como si tuviera vida propia. ¡Madre mía, qué pedazo de hombre!

Te quiero chupar toda —gruñó, bajando la cabeza a mis pechos. Sus labios rodearon un pezón, succionando con fuerza que me arqueó la espalda. El placer era eléctrico, rayos que bajaban directo a mi concha, que ya chorreaba jugos calientes. Lamía, mordisqueaba, mientras sus dedos se colaban en mi tanga, rozando mi clítoris hinchado. ¡Sí, así, pendejo caliente! jadeé, enredando mis dedos en su pelo negro y revuelto.

La noche caía lenta, las estrellas asomando como testigos curiosos. Rodamos, yo encima ahora, besando su pecho salado, bajando por el abdomen marcado hasta llegar a su verga. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre el acero. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado de su pre-semen, luego la engullí hasta la garganta. Diego gimió fuerte, sus caderas empujando. ¡Qué chingón, Ana! ¡No pares!

Pero yo quería más. Me subí a horcajadas, guiando su verga a mi entrada húmeda. Despacio, me hundí en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué grande! El roce era fuego puro, cada vena frotando mis paredes internas. Empecé a moverme, arriba y abajo, mis tetas botando al ritmo, sus manos amasándolas.

El cañaveral nos envolvía, las cañas susurrando con el viento, como un coro erótico. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos chocando con plaf húmedos. Su pulgar en mi clítoris me volvía loca, círculos rápidos que me acercaban al borde.

Esto es el verdadero remake, no esa novela pendeja, pensé, mientras el orgasmo me golpeaba como una ola del Golfo.
Grité, convulsionando, mi concha apretándolo como un puño, ordeñándolo.

Diego no se quedó atrás. Me volteó, poniéndome a cuatro patas entre las cañas. Entró de nuevo, profundo y salvaje, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. ¡Más fuerte, mi amor! ¡Dame todo! lo urgió, y él obedeció, follándome como animal en celo. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y sudor, mezclado con la dulzura de la caña machacada bajo nosotros.

Sus gemidos se volvieron roncos, sus manos clavándose en mis caderas. —¡Me vengo, Ana! ¡Juntos! —rugió. Sentí su verga hincharse, explotando chorros calientes dentro de mí, llenándome hasta rebosar. Mi segundo clímax me sacudió, piernas temblando, visión nublada por estrellas más brillantes que las del cielo.

Colapsamos, enredados, respirando agitados. El viento nocturno secaba nuestro sudor, trayendo el aroma fresco de la tierra. Diego me besó la frente, suave ahora, como si fuéramos novios de toda la vida. —Eres mi cañaveral de pasiones, mi remake perfecto —susurró, riendo bajito.

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. El corazón me latía tranquilo, satisfecho. Mañana volvería la rutina, la cosecha, los ojos curiosos del pueblo. Pero esta noche, en el corazón del cañaveral de pasiones remake, habíamos escrito nuestro propio final feliz, uno que no necesitaba comerciales ni repeticiones. Solo piel, alma y un deseo que renacía con cada brisa.

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