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Pasión Comanche

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Pasión Comanche

El sol del norte de Chihuahua caía a plomo sobre la feria del pueblo, pero el aire estaba cargado de ese olor a tierra seca y carne asada que me hacía sentir viva. Yo, Ana, había venido de la ciudad pa' desconectarme un rato, harta de la rutina de oficina y jefes pendejos. Vestida con una blusa escotada y jeans ajustados que marcaban mis curvas, caminaba entre los puestos de antojitos, sintiendo las miradas de los vaqueros que rondaban por ahí. Neta, necesitaba algo que me prendiera el fuego por dentro.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con el pelo negro largo atado en una coleta y unos ojos fieros como los de un guerrero de las leyendas que mi abuelita contaba. Se llamaba Javier, me enteré después, y tenía sangre comanche en las venas, de esas historias de apaches y comanches que cabalgaban libres por estas tierras. Estaba recargado en la barda del rodeo, con una camisa a cuadros abierta hasta el pecho, mostrando músculos curtidos por el sol y el trabajo en el rancho. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en la piel, como si el viento caliente del desierto me acariciara las nalgas.

¿Qué chingados me pasa? Este wey parece sacado de un sueño húmedo, con esa pinta de indio salvaje. Quiero que me mire así toda la noche.

Me acerqué fingiendo interés en un puesto de botas, pero él no se hizo del rogar. "¿Qué onda, preciosa? ¿Vienes a ver cómo domo potros o a que te dome yo?" dijo con esa voz ronca, llena de promesas. Reí, juguetona, y le seguí la corriente. "Si eres tan bueno como pareces, tal vez te deje intentarlo, comanche." La palabra salió sola, evocando esa pasión comanche que decían corría por su sangre: indomable, ardiente, lista pa' devorar.

Charlamos un rato, bebiendo chelas frías que sabían a limón y sal, mientras el bullicio de la feria nos envolvía: risas, música de banda norteña retumbando, el olor a elotes quemados mezclándose con su aroma a cuero y sudor fresco. Me contó de su rancho, de cómo cabalgaba al amanecer, sintiendo la tierra vibrar bajo los cascos. Yo le hablé de mi vida citadina, pero en el fondo, lo que quería era sentir esa libertad salvaje que él exudaba. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de sus dedos callosos en mi brazo. Mi corazón latía fuerte, y entre las piernas ya sentía esa humedad traicionera.

Al caer la noche, la banda tocaba corridos bravos, y él me jaló a bailar. Sus manos en mi cintura eran firmes, posesivas pero gentiles, guiándome en un vaivén que imitaba el galope de un caballo desbocado. Su aliento cálido en mi cuello, oliendo a cerveza y hombre puro. Dios, cómo me prende este wey. Nuestros cuerpos se pegaban, sintiendo el bulto endurecido presionando contra mi vientre. "Sientes esa pasión comanche que me corre por las venas, ¿verdad, mamacita?" murmuró en mi oído, y asentí, mordiéndome el labio.

El deseo era un fuego que nos consumía. "Vamos a mi rancho, no está lejos. Quiero mostrarte lo que un comanche hace con una mujer como tú." Su invitación era clara, y yo, empoderada por el momento, le dije: "Llévame, pero no creas que soy presa fácil. Yo también sé cabalgar." Subimos a su troca vieja, el motor rugiendo como nuestro pulso acelerado, y el camino de terracería nos mecía con baches que hacían que su mano rozara mi muslo cada rato.

Acto dos: la escalada

Llegamos al rancho bajo un cielo estrellado, el silencio roto solo por el canto de los grillos y el relincho lejano de los caballos. La casa era rústica, de adobe, con un porche donde encendió una fogata que crepitó, lanzando chispas al aire fresco de la noche. El olor a leña quemada se mezcló con el de su piel, y nos sentamos en una cobija gruesa, compartiendo un trago de mezcal que ardía en la garganta como preludio de lo que vendría.

Sus ojos me devoran, y yo siento mi chichi endurecerse bajo la blusa. Quiero arrancarle la ropa, lamer cada centímetro de ese torso moreno.

Hablamos más profundo ahora. Él confesó que las mujeres de la ciudad lo veían como un trofeo exótico, pero conmigo era diferente: "Tú entiendes esta pasión comanche, Ana. Es como el desierto: seco por fuera, pero con ríos de fuego adentro." Yo le abrí mi alma, contándole cómo necesitaba sentirme viva, deseada sin ataduras. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, explorando: sabor a mezcal y sal de sus labios carnosos. Luego el beso se volvió feroz, lenguas danzando como en una batalla amorosa, sus manos amasando mis pechos por encima de la tela, arrancándome gemidos que se perdían en su boca.

Me quitó la blusa con urgencia reverente, exponiendo mi piel al aire nocturno que me erizó los vellos. "Eres una diosa, wey," gruñó, lamiendo mis pezones duros, succionándolos con una maestría que me hacía arquear la espalda. Yo desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante como un potro listo pa' montarse. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo mi palma áspera por el deseo. ¡Qué chulada! Grande, dura, hecha pa' llenarme.

Nos tendimos en la cobija, cuerpos entrelazados. Sus dedos bajaron a mi entrepierna, abriendo mis labios húmedos, frotando mi clítoris hinchado con círculos expertos. El sonido de mi excitación era obsceno, jugos chorreando, olor almizclado de mujer en celo impregnando el aire. "Estás chorreando por mí, ¿eh? Dime que quieres esta pasión comanche." "Sí, Javier, fóllame como un comanche salvaje," supliqué, mi voz ronca.

Me penetró lento al principio, su grosor estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. Cada embestida era un latido compartido: el slap-slap de piel contra piel, mis uñas clavándose en su espalda tatuada con cicatrices de vida dura, el sudor perlando nuestros cuerpos brillando a la luz del fuego. Aceleró, yo envolví mis piernas en su cintura, clavándole los talones pa' que fuera más hondo. Esto es el paraíso, neta. Cada roce me lleva al borde. Gemí su nombre, él el mío, en un ritual ancestral de placer mutuo.

Cambié posiciones, montándolo como amazona: yo arriba, cabalgando su polla con furia, mis tetas rebotando, su mirada fija en mí empoderada. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo mandaba el ritmo, sintiendo su vientre contra mi clítoris, construyendo el orgasmo como tormenta en el desierto.

Acto tres: la liberación

El clímax llegó como un rayo. "¡Me vengo, Ana! ¡Córrete conmigo!" rugió, y yo exploté, contracciones vaginales ordeñando su verga, chorros de placer mojando su pubis. Él se derramó dentro, caliente, abundante, marcándome con su esencia. Colapsamos jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, el corazón tronando al unísono.

Nos quedamos así, envueltos en la cobija, el fuego agonizando en brasas. Su cabeza en mi pecho, yo acariciando su pelo. "Esa fue la pasión comanche verdadera, preciosa. Indomable, pero tuya pa' siempre que quieras." Sonreí, sintiendo paz y fuego residual. Quién diría que un viaje al norte me daría esto. Volveré por más, sin duda.

Al amanecer, nos despedimos con un beso lento, prometiendo repetir. Monté en un taxi de regreso al pueblo, el cuerpo adolorido pero satisfecho, oliendo aún a él, a nosotros. Esa noche había despertado algo en mí: una pasión comanche propia, libre y ardiente.

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