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Noche de Chivas Pasion

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Noche de Chivas Pasion

El estadio Akron retumbaba con los gritos del Rebaño Sagrado. Yo, Ana, estaba en la grada norte, con mi camiseta rojiblanca pegada al cuerpo por el sudor de la emoción. Chivas acababa de meterle dos goles al América, y la chivas pasion nos tenía a todos en llamas. Alrededor, miles de almas cantando "¡Chivas, Chivas!", el olor a chelas frías y el humo de los cuates prendiendo cigarros ilegales en las esquinas. Mi piel erizada por el viento fresco de la noche tapatía, y un cosquilleo en el estómago que no era solo por la victoria.

Después del pitazo final, bajé con la tribu hacia el bar de siempre, El Rincón del Rebaño, en la Zona Roja. Luces neón parpadeando, música de banda sonando fuerte, y cuerpos sudados chocando en abrazos eufóricos. Pedí una corona bien helada, el vidrio empañado goteando en mis dedos. Ahí lo vi: Marco, alto, moreno, con la misma camiseta que yo, pero desabotonada dejando ver un pecho marcado por horas en el gym. Sus ojos cafés me clavaron cuando choqué con él al dar un sorbo.

¡Órale, mamacita! ¿También del Rebaño? Esa chivas pasion te queda pintada, —me dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca cortando el ruido.

Me reí, sintiendo un calor subir por mi cuello. Neta, este wey está bien bueno, pensé, mientras el aroma de su colonia mezclada con sudor me llegaba directo al cerebro. Hablamos de la jugada del Chicharito, de cómo el portero del América era un pendejo, y de pronto sus manos rozaron mi cintura al pasar un cuate borracho. Ese toque fue eléctrico, como un gol de último minuto. Nuestras miradas se engancharon, y supe que la noche no acababa ahí.

Salimos del bar caminando por avenidas iluminadas, el eco de los cláxones y risas lejanas. Guadalajara olía a tacos al pastor y jazmines nocturnos. Marco me tomó de la mano, sus dedos callosos envolviendo los míos, y me llevó a su depa en Providencia, no lejos. En el elevador, el silencio se llenó de tensión; su respiración pesada, mi corazón latiendo como tambor de banda. ¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan cabrón bien.

Adentro, su lugar era chido: posters de Chivas en las paredes, una tele grande con highlights del partido. Me sirvió un tequila reposado, el líquido ámbar quemando dulce en mi lengua. Nos sentamos en el sofá de piel, cercanos, piernas tocándose. Habló de su chivas pasion desde morrillo, cómo su carnal lo llevaba al estadio, y yo conté lo mismo de mi jefazo. La plática fluyó, pero el aire se cargaba de algo más. Su mano en mi muslo, subiendo despacio, y yo no la quité.

Quiero esto, me dije, mientras su boca rozaba mi oreja. Olía a hombre, a deseo crudo. Lo besé primero, mis labios hambrientos en los suyos, lengua explorando el sabor salado de su piel. Se levantó conmigo en brazos, fuerte como un defensa, y me llevó a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas oliendo a suavizante fresco.

Acto dos: la escalada. Me quitó la camiseta con reverencia, besando cada centímetro de mi piel expuesta. Sus labios en mi cuello, chupando suave, enviando chispas por mi espina.

Eres una chiva de pura pasión, Ana. Déjame adorarte, —susurró, voz temblorosa de ganas.
Yo gemí bajito, arqueándome cuando sus manos grandes amasaron mis tetas, pulgares en los pezones endurecidos. El roce era fuego, mi clítoris palpitando ya, húmeda entre las piernas.

Le arranqué la playera, lamiendo su pecho sudoroso, saboreando la sal y el leve amargo de su vello. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, latiendo en mi palma. ¡Madre santa, qué pedazo de chisme! La acaricié despacio, sintiendo las venas pulsar, mientras él jadeaba mi nombre. Me tumbó de espaldas, besando mi panza, bajando hasta mis calzones empapados. Los deslizó, inhalando profundo mi aroma almizclado de excitación.

Su lengua en mi coño fue revelación: lamiendo lento los labios, succionando el clítoris con maestría. Gemí fuerte, uñas en su pelo, caderas moviéndose solas. ¡No pares, pendejo cabrón! El sonido húmedo de su boca, mis jugos chorreando, el colchón crujiendo bajo nosotros. Introdujo dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El orgasmo vino en olas, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras el placer me partía en dos.

No me dejó caer del todo. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, nalgas firmes. Su verga rozó mi entrada, pidiendo permiso con los ojos. Asentí, ansiosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué llenada tan chingona! Empujó profundo, el slap de piel contra piel llenando la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Sudor goteando, olores de sexo crudo invadiendo todo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, sus manos en mi culo guiándome. Él de lado, mordisqueando mi hombro, acelerando hasta que sentí su verga hincharse.

La tensión crecía, interna y externa. Esto no es solo un polvo post-partido; hay algo más, una conexión de la tribu, pensé entre embestidas. Sus confesiones entre gemidos: cómo soñaba con una fan como yo, cómo la chivas pasion lo ponía caliente. Yo respondí con verdades mías, liberando años de soltería frustrada. Cada roce, cada beso, construía el clímax.

Acto tres: la liberación. Me puso en cuatro, embistiéndome duro, sus bolas golpeando mi clítoris. El placer subía como volcán, mis paredes apretándolo.

Vente conmigo, Ana. ¡Dame todo!
Grité sí, y explotamos juntos. Su leche caliente llenándome, mi coño ordeñándolo en espasmos. Colapsamos, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Su corazón martillando contra mi espalda, respiraciones sincronizadas.

Después, en la afterglow, nos quedamos así, fumando un cigarro en la cama —el humo curling perezoso—. Hablamos susurros, planes de ir al próximo partido juntos, tal vez más noches de chivas pasion. Me besó la frente, tierno, y yo supe que esto era más que un revolcón. El amanecer tapatío filtrándose por las cortinas, prometiendo más victorias, en el estadio y en la cama.

Me vestí con su chamarra rojiblanca, oliendo a nosotros. Al salir, el sol calentaba las calles, y caminé con una sonrisa, piernas flojas pero alma llena. Chivas siempre da sorpresas, wey. Y esta, la mejor de todas.

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