Abismo de Pasion Capitulo 133
El atardecer en la playa de Puerto Vallarta me envolvía como un abrazo cálido y pegajoso, con ese olor a sal y coco que se pegaba a la piel. Yo, Ana, acababa de bajar del taxi, con el corazón latiéndome a mil por hora. Habían pasado diez días desde la última vez que vi a Diego, mi carnal, mi todo, el wey que me hace perder la cabeza con solo una mirada. La villa que rentamos era un paraíso chido, con palmeras susurrando al viento y el mar rugiendo bajito, como si supiera lo que se nos venía.
Él salió al porche, descalzo, con una playera blanca ajustada que marcaba sus pectorales bronceados y unos shorts que dejaban ver sus piernas fuertes. Órale, qué guapo está el cabrón, pensé, mientras mi cuerpo ya empezaba a traicionarme con ese cosquilleo entre las piernas. "¡Ana, mi reina!", gritó con esa voz ronca que me eriza la piel, y corrió a cargarme como si fuéramos chavos otra vez. Sus brazos me apretaron fuerte, y olí su colonia mezclada con sudor fresco, ese aroma que me pone loca.
Esto es el inicio de nuestro abismo de pasion capitulo 133, el momento en que todo el deseo acumulado explota como volcán.
Entramos a la casa, riéndonos como pendejos, y él me dejó en el suelo de la sala, iluminada por velas que ya había prendido. La mesa tenía tacos de mariscos listos, con limón y salsa que picaba la lengua, pero ni madres comimos de una. Sus ojos cafés me devoraban, bajando por mi escote del vestido floreado que se pegaba a mis curvas por el calor húmedo. "Te extrañé, amor. Neta, no aguanto verte así de rica", murmuró, acercándose hasta que su aliento caliente me rozó el cuello.
Mi piel se erizó entera. Le puse las manos en el pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la tela. "Yo más, Diego. Me la he pasado pensando en ti, en cómo me tocas". Nuestros labios se juntaron en un beso suave al principio, probando sabores de menta y sal marina. Pero pronto se volvió hambriento, lenguas enredándose, mordidas suaves que me arrancaban gemidos. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando mi cadera ancha, y yo le clavé las uñas en la espalda, oliendo su piel salada que sabía a verano eterno.
Nos fuimos tropezando al sofá de mimbre, con cojines suaves que crujían bajo nuestro peso. Él se sentó y yo me subí a horcajadas, frotándome contra su dureza que ya se notaba tiesa bajo los shorts. Qué chingón se siente eso, pensé, mientras el roce me hacía mojar la tanga. "Quítate eso, Ana, déjame verte", pidió con voz entrecortada, y yo me paré un segundo para bajarme el vestido lento, dejando que mis tetas rebotaran libres, pezones duros como piedras por la brisa del ventilador.
Diego gruñó de gusto, jalándome de nuevo a su regazo. Sus labios chuparon un pezón, lengua girando alrededor, succionando fuerte hasta que vi estrellitas. El placer subía como ola, punzante y dulce, mientras yo le metía mano por los shorts, agarrando su verga gruesa, venosa, que palpitaba en mi palma. "¡Carajo, estás enorme!", le dije riendo, y él contestó: "Pa' ti, mamacita, todo pa' ti". La piel de su pito era suave, caliente, con ese olor almizclado que me volvía loca de lujuria.
Pero no queríamos apurarnos. Esta era nuestra noche, el corazón del abismo de pasion capitulo 133, donde el deseo se cocina a fuego lento. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a la recámara, con vista al mar. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, y el sonido de las olas era nuestra banda sonora. Me tendió despacio, besándome el ombligo, bajando por mi vientre hasta lamer el borde de mi tanga empapada.
En mi mente, revivía todas las veces que hemos follado como animales, pero esta vez era diferente, más profundo, como si nos hundiéramos en un pozo sin fondo de placer.
"Estás chorreando, mi amor", dijo oliendo mi aroma dulce y salado, y yo abrí las piernas temblando. Su lengua se hundió en mi chocha, lamiendo lento los labios hinchados, chupando mi clítoris con maestría. Gemí alto, arqueando la espalda, sintiendo cada roce como electricidad. El cuarto se llenó de mis jadeos y el slurp húmedo de su boca, mientras mis jugos le corrían por la barba. "¡Sí, Diego, así, no pares, wey!", suplicaba, agarrándole el pelo negro revuelto.
Él se quitó la ropa rápido, quedando desnudo, su cuerpo atlético brillando de sudor bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Yo gateé hacia él, queriendo devolverle el favor. Su verga apuntaba al techo, goteando pre-semen que lamí de la punta, salado y adictivo. La chupé hondo, garganta relajada, sintiendo cómo se hinchaba más en mi boca. Diego jadeaba, "¡Qué rica chupas, Ana, me vas a hacer venir!", pero yo paré, sonriendo pícara. "Aún no, cabrón. Quiero sentirte adentro".
Nos pusimos en posición, yo de rodillas en la cama, él detrás, frotando su punta en mi entrada resbalosa. El roce era tortura deliciosa, mi coño palpitando de necesidad. "Métemela ya, por favor", rogué, y él empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Ay, Dios, qué completo me hace sentir. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer por mi espina. El sonido de piel contra piel, chapoteo de jugos, gemidos mezclados con el mar... todo era sinfonía erótica.
Agarrándome las nalgas, aceleró, clavándome profundo, tocando ese punto que me hace ver fuegos artificiales. "¡Más fuerte, Diego, rómpeme!", gritaba yo, perdida en el ritmo. Sudor nos cubría, oliendo a sexo puro, pieles resbalosas chocando. Él me volteó boca arriba, piernas en sus hombros, penetrándome visualizando mis tetas rebotando. Nuestros ojos se clavaron, almas conectadas en ese abismo. "Te amo, Ana, neta te amo", confesó entre jadeos, y yo respondí: "Yo más, mi vida, fóllame como si no hubiera mañana".
La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose. Sentí el orgasmo venir como tsunami, contrayéndome alrededor de él. "¡Me vengo, carajo!", chillé, explosión de luz y éxtasis, jugos salpicando. Él gruñó animal, "¡Yo también!", y se corrió adentro, chorros calientes llenándome, pulsos que sentía en el útero. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El mar seguía cantando, y el aire olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas. "Esto fue épico, ¿verdad?", dijo él besándome la frente. Yo sonreí, acariciando su espalda. "El mejor abismo de pasion capitulo 133 de nuestra historia, mi rey".
Mientras la noche nos envolvía, supe que esto no era el fin, solo una página más en nuestro libro infinito de deseo. Mañana seguiría el calor, las caricias, el amor que nos hunde en placer eterno. Pero por ahora, en sus brazos, era perfecta paz ardiente.