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Eres Mi Pasión 2018

6402 palabras

Eres Mi Pasión 2018

El antro en Polanco bullía de vida esa noche de verano en la Ciudad de México. Las luces neón parpadeaban al ritmo de la cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes, y el aire cargado de sudor, perfume barato y tequila me hacía sentir viva. Yo, Ana, acababa de cumplir treinta, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo moreno, y buscaba algo que me sacara del tedio de mi rutina de oficina. Neta, necesitaba una noche chida para olvidar al pendejo de mi ex.

Entonces te vi. Ahí estabas, en la barra, con esa sonrisa pícara que me volvía loca hace años. 2018, el año en que nos conocimos en una fiesta en Coyoacán. Tú, Marco, con tu camisa negra desabotonada dejando ver ese pecho tatuado, y yo bailando como poseída. Aquella noche terminamos enredados en tu cama, sudando hasta el amanecer.

Eres mi pasión, me susurraste entonces, y desde ahí se quedó grabado en mi mente como un tatuaje invisible.
Habían pasado años, pero verte ahí, con el pelo revuelto y esa mirada que prometía travesuras, hizo que mi chochito se humedeciera al instante.

Me acerqué con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. —Órale, Marco, ¿qué onda wey? ¿Sigues siendo el mismo galán? —te dije, rozando tu brazo con mis uñas pintadas de rojo. Tu olor, mezcla de colonia Brummel y hombre sudado, me invadió las fosas nasales. Sonreíste, tus ojos bajando por mi escote. —Ana, mi reina, ¿tú qué? Sigues más rica que un taco al pastor. Reímos, pedimos unos cheves frías, y la charla fluyó como el mezcal: recuerdos de fiestas locas, viajes a la playa en Puerto Vallarta, y esa química que nunca se apagó.

La tensión crecía con cada sorbo. Tus rodillas rozaban las mías bajo la barra, y sentía el calor de tu piel a través de la tela. ¿Y si nos vamos de aquí? pensé, mordiéndome el labio. Tú lo notaste, porque tu mano subió por mi muslo, suave pero firme. —Ven, vamos a mi depa, está cerca. Quiero recordarte por qué eras mi locura. Asentí, el pulso acelerado, el aroma de tu cuello llamándome como un imán.

Acto segundo: la escalada

En tu coche, un Tsuru viejo pero chido, la ciudad pasaba en un borrón de luces. Tu mano en mi pierna subía despacio, rozando el borde de mi tanga. —No mames, Ana, siempre me pones como loco. —murmuraste, y yo gemí bajito cuando tus dedos encontraron mi humedad. El sonido de la radio con banda MS se mezclaba con mi respiración agitada. Paramos en un semáforo, y te besé, saboreando el tequila en tu lengua, salado y dulce.

Llegamos a tu depa en la Roma, un lugar acogedor con posters de Fútbol Mexicano y velas aromáticas a vainilla. Cerraste la puerta y me acorralaste contra la pared, tus labios devorando los míos. Sentí tu verga dura presionando mi vientre, gruesa y palpitante bajo el pantalón. —Eres tan mojada ya, mi amor —dijiste, deslizando la mano dentro de mi vestido. Tus dedos juguetearon con mi clítoris, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. Olía a ti, a deseo crudo, y el roce de tu barba en mi cuello era como fuego en la piel.

Te quité la camisa, lamiendo tus pezones duros, saboreando el salado de tu sudor.

Esto es lo que necesitaba, neta, tú eres mi pasión desde 2018
, pensé mientras bajaba al piso, desabrochando tu cinturón. Tu verga saltó libre, venosa y lista, con ese olor almizclado que me enloquece. La tomé en mi boca, chupando despacio, oyendo tus gemidos roncos: —¡Ay, cabrona, qué rica mamada! Mi lengua giraba en la cabeza, probando el pre-semen salado, mientras mis manos masajeaban tus huevos pesados.

Me levantaste como si no pesara, llevándome a la cama. El colchón crujió bajo nosotros. Me desnudaste con urgencia, pero sin prisa en los besos. Tus labios bajaron por mi cuello, succionando mis tetas, mordisqueando los pezones hasta que dolían de placer. —Tus chichis son perfectas, Ana —gruñiste, y yo reí, enredando mis dedos en tu pelo. El aire se llenó del sonido de lenguas húmedas y jadeos. Tus dedos entraron en mí, dos, luego tres, curvándose para tocar ese punto que me hace gritar. Estaba empapada, chorreando en tus manos, el olor de mi excitación impregnando la habitación.

La tensión era insoportable. Te subí encima, guiando tu verga a mi entrada. —Métemela ya, Marco, no aguanto —supliqué. Entraste despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en tu espalda. Empezamos a movernos, lento al principio, sintiendo el choque de piel contra piel, el slap-slap rítmico. Aceleramos, tú embistiéndome profundo, yo arqueándome para recibirte más. Sudor goteaba de tu frente a mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Acto tercero: la liberación

El clímax se acercaba como tormenta. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándote como amazona, mis caderas girando, apretando tu verga con mi concha. Tus manos en mi culo, azotando suave, el ardor mezclándose con el placer. —¡Sí, así, mi pasión! ¡Eres mi pasión 2018! —grité, recordando esa noche lejana, y tú respondiste con un rugido, empujando desde abajo. El cuarto olía a sexo puro, a fluidos y pasión desatada. Mis gemidos se volvieron gritos: —¡Me vengo, wey, no pares!

El orgasmo me partió en dos, olas de fuego desde mi clítoris hasta la punta de los pies. Mi concha se contrajo alrededor de ti, ordeñándote, y sentí tu verga hincharse, explotando dentro de mí. Chorros calientes llenándome, tu semen mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeando, corazones latiendo al unísono. Tu peso sobre mí era perfecto, protector.

En el afterglow, nos quedamos enredados, el ventilador zumbando sobre nosotros, enfriando el sudor. Te besé la frente, oliendo tu pelo húmedo. —Eres mi pasión, Marco, desde 2018 y para siempre —susurré. Reíste bajito, acariciando mi espalda. —Y tú la mía, Ana. Esto no termina aquí. La ciudad ronroneaba afuera, pero en ese momento, éramos solo nosotros, satisfechos, conectados en cuerpo y alma. Mañana sería otro día, pero esta noche, el deseo se había consumado en gloria.

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