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Como Descubrir Mi Verdadera Pasion

6652 palabras

Como Descubrir Mi Verdadera Pasion

Estaba harta de la rutina, wey. Vivía en el caos chido de la Condesa, con mi departamentito lleno de plantas y posters de Frida, pero mi vida sexual era como un taco de suadero sin salsa: sosa y predecible. Mi ex, un pendejo bien perdedor, solo sabía meter y sacar sin alma, dejándome con un vacío que ni los chismes con mis morras llenaban. ¿Cómo descubrir mi verdadera pasión? me preguntaba todas las noches, mientras me tocaba pensando en fantasías locas que nunca me animaba a confesar.

Todo cambió en una fiesta en la Roma. La música cumbia rebentaba los parlantes, el olor a mezcal y cigarros flotaba en el aire caliente de la noche. Yo llevaba un vestido negro pegadito que me hacía sentir pinche rica, con el escote dejando ver justo lo necesario. Ahí lo vi: Marco, alto, moreno, con ojos que te desnudaban sin tocarte. Me miró desde el otro lado de la sala, y sentí un cosquilleo en la panocha que me puso los calzones húmedos al instante.

Órale, Ana, no seas pendeja, ve y habla con él. ¿Y si este es el wey que te enseña cómo descubrir tu verdadera pasión?

Me acerqué con una chela en la mano. "Qué onda, ¿vienes seguido a estas broncas?", le dije, fingiendo desinterés. Él sonrió, con dientes blancos y perfectos, y su voz grave me erizó la piel: "Neta, pero nunca había visto a alguien como tú. ¿Bailamos?". Sus manos en mi cintura eran firmes pero suaves, como si supiera exactamente dónde tocar para encender el fuego. Bailamos pegaditos, su verga dura rozándome el culo al ritmo de la música. Olía a colonia cara mezclada con sudor masculino, un aroma que me mareaba.

La fiesta se desvaneció. Terminamos en su coche, un Tsuru viejo pero limpio, besándonos como desesperados. Sus labios eran calientes, su lengua juguetona explorando mi boca con un hambre que me hacía gemir bajito. "Vamos a mi casa", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo. Esto es lo que buscaba, pinche pasión de verdad.

Llegamos a su depa en Polanco, minimalista y con vistas al skyline iluminado. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios ardientes. Nos sentamos en el sofá de piel suave, y empezó el juego. "Cuéntame tus secretos, Ana", dijo, trazando círculos en mi muslo con los dedos. Le confesé todo: las noches solitarias, las ganas de algo más salvaje, de rendirme sin miedo.

"Yo te voy a mostrar cómo descubrir tu verdadera pasión", prometió, y me besó el lóbulo de la oreja, enviando chispas directo a mi clítoris. Se levantó y me llevó a la recámara, iluminada solo por velas que olían a vainilla y jazmín. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Me desvistió despacio, admirando cada centímetro de mi cuerpo desnudo. "Eres una diosa, wey", gruñó, y yo me sentí poderosa, deseada.

Sus manos expertas masajearon mis hombros tensos, bajando por la espalda hasta mis nalgas, amasándolas con fuerza. Gemí cuando sus dedos rozaron mi raja húmeda, ya chorreando jugos. "Estás empapada, mi reina", susurró, y me abrió las piernas como un banquete. Su lengua caliente lamió mis labios mayores, saboreando mi miel salada y dulce. Qué rico, pensé, arqueándome mientras chupaba mi clítoris hinchado, succionando con maestría. El sonido húmedo de su boca en mi panocha era obsceno, delicioso, y el calor subía por mi vientre como lava.

¡No pares, cabrón! Esto es mi pasión, neta, esto es lo que necesitaba.

Pero él no se apuraba. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo, mordiendo suave la curva de mis caderas. Sacó aceite de coco de la mesita, tibio y fragante, y lo vertió en mi culo, masajeando profundo. Sentí un dedo entrar en mi ano virgen, lubricado y gentil, expandiéndome con paciencia infinita. "Relájate, mija, déjame entrar en tu mundo", dijo. Otro dedo se unió, y el placer prohibido me hizo jadear, el ano palpitando alrededor de sus nudillos.

Me puso de rodillas, su verga enorme y venosa frente a mi cara. Olía a hombre puro, a deseo crudo. La lamí desde la base, saboreando la piel salada, hasta tragar la cabeza bulbosa. Él gimió ronco, enredando dedos en mi pelo. "Mámamela rico, Ana". La chupé con ganas, babeando por el tronco grueso, sintiendo las venas pulsar en mi lengua. Él me follaba la boca suave, respetuoso pero dominante, y yo me mojaba más, tocándome la panocha con furia.

El calor era insoportable, el aire cargado de nuestro sudor y gemidos. Me tumbó en la cama y se posicionó entre mis piernas, restregando su pija empapada en mi entrada. "Dime que la quieres", exigió. "¡Sí, métemela toda, Marco! Enséñame cómo descubrir mi verdadera pasión". Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Llenaba mi coño hasta el fondo, rozando mi punto G con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con mis gritos: "¡Más duro, pendejo, rómpeme!".

Cambiamos posiciones como en una coreografía erótica. Yo encima, cabalgándolo como jineteza, mis tetas rebotando mientras su verga me perforaba. El olor a sexo impregnaba la habitación, sudor perlando su pecho musculoso que lamí con avidez, saboreando sal. Él me pellizcaba los pezones duros, enviando descargas eléctricas a mi útero. Luego de lado, su mano en mi garganta suave, controlando sin ahogar, solo recordándome quién mandaba en ese momento de éxtasis.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Mis paredes internas se contraían alrededor de su pija, ordeñándola. "Me vengo, Marco, ¡me vengo!". El orgasmo me partió en dos, olas de placer líquido explotando desde mi clítoris hasta las yemas de los pies. Grité su nombre, arañando su espalda, mientras él seguía bombeando, prolongando mi clímax hasta que vi estrellas. Finalmente, gruñó como animal, llenándome de leche caliente, chorros potentes que sentí salpicar mi cervix.

Colapsamos jadeantes, cuerpos enredados y pegajosos. Su corazón latía contra mi mejilla, un tambor triunfante. Me besó la frente, tierno ahora. "Viste, mi amor, así se descubre la verdadera pasión: rindiéndose al momento, sin miedos".

Me quedé ahí, envuelta en su calor, oliendo a nosotros. El skyline brillaba afuera, pero mi mundo era este hombre, esta noche. Ya no era la Ana aburrida; era una mujer despierta, empoderada por su propio fuego. Gracias, Marco, por mostrarme cómo descubrir mi verdadera pasión. Y supe que esto era solo el principio de muchas noches locas, llenas de placer infinito.

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