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Demonio La Pasión de Cristo

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Demonio La Pasión de Cristo

En las calles empedradas de San Miguel de Allende, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso y a jazmines en flor. Tú, María, una mujer de treinta y tantos, con curvas que el hábito de monja no podía ocultar del todo, caminabas por la plaza principal. Eras la encargada de las procesiones, devota hasta los huesos, pero últimamente un fuego te quemaba por dentro. ¿Por qué Dios me manda estas tentaciones? pensabas, mientras el sudor perlaba tu frente bajo el sol de abril.

El tamborileo de los matracas y el lamento de las saetas llenaban el ambiente. Ahí lo viste por primera vez: un hombre alto, moreno, con ojos negros como el carbón y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Vestía una camisa blanca ajustada que marcaba sus músculos, y pantalones que dejaban poco a la imaginación. Se recargaba contra la fuente, observándote con una intensidad que te erizó la piel.

Es el demonio mismo, encarnado en carne mortal
, te dijiste, recordando las leyendas de tu abuela sobre tentaciones durante la Pasión.

—Órale, mamacita, ¿ya te cansaste de rezar? —te dijo con voz ronca, acento chilango que te vibró en el pecho.

Tú te sonrojaste, pero no pudiste evitar mirarlo. Olía a tierra mojada y a algo más, un aroma masculino, almizclado, que te hizo apretar las piernas. —No soy mamacita de nadie, pendejo —respondiste, pero tu voz salió temblorosa, traicionera.

Él se rio, un sonido grave que resonó en tu vientre. —Soy Cristo, el de la pasión verdadera. La que quema, no la que duele en clavos.

Aquella noche, en tu casita colonial al borde del pueblo, no pudiste dormir. El calor era asfixiante, y tus manos vagaban solas por tu cuerpo, recordando esos ojos. Demonio la pasión de Cristo, murmuraste en la oscuridad, como un conjuro prohibido. Era el título de un cuadro que habías visto en una galería clandestina, una reinterpretación erótica de la crucifixión donde el demonio susurraba promesas al Salvador. Te excitó tanto que te tocaste, imaginando sus manos en lugar de las tuyas, ásperas y seguras.

Al día siguiente, durante la procesión del Silencio, él apareció de nuevo. Te esperó en un callejón angosto, perfumado de bugambilias. —Ven conmigo, María. Deja que te muestre la pasión real.

Tu corazón latía como tambor de muerte. Esto es pecado, pero neta que lo quiero. Lo seguiste hasta una hacienda abandonada pero lujosa, con velas encendidas y un colchón de plumas en el suelo de la sala principal. El aire estaba cargado de humo de copal y de su esencia.

—Dime tu nombre, demonio —susurraste, mientras él te quitaba el rebozo con delicadeza.

—Llámame Lucifer, pero hoy soy tu Cristo. —Sus labios rozaron tu cuello, enviando chispas por tu espina. Su aliento caliente olía a tequila y a deseo puro.

Acto primero de tu rendición: él te besó lento, explorando tu boca con una lengua hábil que sabía a miel y pecado. Tus pezones se endurecieron bajo la blusa, y él los pellizcó suavemente, haciendo que gimieras. —Qué chula eres, María. Tan mojada ya, ¿eh? —dijo, metiendo la mano bajo tu falda. Sus dedos encontraron tu centro, resbaloso, y tú arqueaste la espalda, oliendo tu propia excitación mezclada con la suya.

Te quitó la ropa pieza por pieza, adorando cada centímetro de piel expuesta. Sus manos callosas rozaban tus senos, tu vientre, tus muslos, dejando rastros de fuego. Tú lo desnudaste también, fascinada por su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando al ritmo de tu pulso acelerado. Demonio la pasión de Cristo, pensaste, mientras la lamías, saboreando la sal de su piel, el sabor terroso que te volvía loca.

Él te recostó en el colchón, abriéndote las piernas como un libro sagrado. Su boca descendió, lamiendo tu clítoris con maestría, chupando hasta que viste estrellas. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, mezclado con tus jadeos. —¡Ay, cabrón, no pares! —suplicaste, clavando uñas en su cabello negro.

Pero él se detuvo, sonriendo pícaro. —No tan rápido, mi devota. Hay que construir la pasión.

En el medio del fuego, la tensión creció. Caminaron desnudos por la hacienda, explorando cuartos con espejos que reflejaban vuestros cuerpos entrelazados. Él te cargó contra la pared, penetrándote de pie, lento al principio. Sentiste cada centímetro estirándote, llenándote, el roce de su pubis contra tu clítoris. El sudor chorreaba, goteando entre vuestros pechos pegados. Olía a sexo crudo, a piel caliente, a la tierra del jardín que entraba por las ventanas abiertas.

—Eres mi demonio —le dijiste entre gemidos, mientras él te embestía más fuerte, el slap-slap de carne contra carne resonando como latigazos de pasión.

Internamente luchabas:

¿Esto es el infierno o el paraíso? Neta que no quiero que acabe
. Él te volteó, entrando por detrás, una mano en tu cadera, la otra masajeando tu pecho. Sus bolas golpeaban tu trasero, y tú empujabas hacia atrás, queriendo más. Hablaba sucio en tu oído: —Te voy a llenar, María. Serás mía en esta pasión de Cristo demoníaca.

La intensidad subió cuando te puso a cuatro patas en el colchón. Sus dedos jugaban con tu ano, untados en tus jugos, prometiendo más placeres. Tú gritabas su nombre —¡Lucifer! ¡Cristo mío!—, perdida en el vaivén. El olor de vuestros cuerpos era embriagador, almizcle y sudor, y el sabor de sus besos salados te mantenía al borde.

Él te volteó de nuevo, mirándote a los ojos. —Ven conmigo al clímax, mi reina.

El final explotó como cohetes de feria. Tú cabalgaste sobre él, tus caderas girando, sintiendo su verga pulsar dentro. Tus paredes se contraían, ordeñándolo, mientras olas de placer te sacudían. Él gruñó, profundo, animal, llenándote con chorros calientes que sentiste resbalar por tus muslos. El mundo se volvió blanco, sonidos ahogados en tu grito, el tacto de su piel temblorosa contra la tuya.

Después, en el afterglow, yacían enredados, el aire fresco de la noche calmando vuestros cuerpos febriles. Su mano acariciaba tu cabello, y tú olías su pecho, saboreando la paz. —Demonio la pasión de Cristo —murmuraste, riendo bajito—. Eso fuiste tú para mí.

Él te besó la frente. —Y tú mi salvación, María. Vuelve cuando quieras más.

Al amanecer, caminaste de regreso a la plaza, las piernas flojas pero el alma plena. La procesión continuaba, pero ahora veías la pasión con otros ojos. No hay pecado en el deseo mutuo, pensaste. Y en tu corazón, la llama ardía eterna, lista para la próxima tentación.

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