Pasión y Poder del Elenco 1988
La pantalla del viejo tele brillaba con las escenas ardientes de Pasión y Poder, esa telenovela del 88 que me tenía clavada desde chava. Yo, Ana, con mis treinta y tantos, sentada en el sofá de mi depa en Polanco, sentía el calor subir por mis muslos cada vez que Verónica y Juan Carlos se miraban con esos ojos de fuego. El elenco de Pasión y Poder 1988 cast era legendario: Victoria Ruffo con su melena salvaje, Sergio Goyri con esa mandíbula que gritaba macho alfa. Me imaginaba en medio de ellos, piel contra piel, poder y deseo chocando como olas en Acapulco.
Pero esa noche, el destino me trajo a Marco. Lo conocí en un bar chido de la Condesa, donde ponían música retro y la gente recordaba las glorias de las novelas. Él estaba solo, con una chela en la mano, platicando con unos cuates sobre el drama de Pasión y Poder. "
Órale, wey, ¿te acuerdas del elenco de Pasión y Poder 1988? Esa química entre los protas era puro fuego", dijo, y su voz grave me erizó la piel. Me acerqué, coqueta, con mi vestido negro ajustado que marcaba mis curvas. "Sí, carnal, y el poder que manejaba Verónica... qué chingón", respondí, rozando su brazo sin querer-queriendo.
Sus ojos cafés se clavaron en los míos, y olí su colonia amaderada mezclada con el humo del bar. Hablamos horas: de las intrigas, de cómo el cast de esa novela nos marcó la juventud. Él era alto, fornido, con tatuajes asomando por la camisa. Yo sentía mi corazón latiendo fuerte, como si el deseo de esas pantallas saltara a la realidad. "¿Y si revivimos un poco de esa pasión y poder?", me soltó al oído, su aliento cálido en mi cuello. No lo pensé dos veces. "Vamos a mi depa, pendejo, a ver quién manda aquí".
En el taxi, sus manos ya exploraban. Tocó mi rodilla, subió despacio por mi muslo, y yo apreté sus dedos, guiándolos más arriba. El roce de su piel áspera contra la mía suave me hizo jadear bajito. Llegamos a mi casa, y apenas cerré la puerta, me empujó contra la pared. Su boca devoró la mía, lengua invadiendo, saboreando a tequila y menta. Olía a sudor fresco, a hombre listo para la batalla. "Esta noche, tú eres Verónica, la reina del poder", murmuró, y yo reí, mordiendo su labio inferior.
Lo llevé al sillón, donde aún parpadeaba el tele con el final de un capítulo de Pasión y Poder. Me quité el vestido lento, dejando que viera mis tetas firmes, pezones duros como piedras bajo la luz tenue. Él se desabrochó la camisa, mostrando pecho peludo y músculos que tensé con mis uñas. "Qué rico hueles, nena, a jazmín y excitación", dijo, enterrando la cara en mi escote. Lamí su cuello salado, bajando a sus pezones, chupándolos hasta que gimió como animal.
Pero yo quería el poder. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando contra mi panocha a través del calzón húmedo. "
Yo mando aquí, como en Pasión y Poder", le susurré, restregándome despacio. Él gruñó, manos en mis caderas, pero dejé que yo marcara el ritmo. Desabroché su jeans, liberando esa polla gruesa, venosa, palpitante. La olí, almizcle puro de macho, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen. Él jadeaba, "¡Chingada madre, Ana, qué chida boca!".
Mi mente era un torbellino: Esto es mejor que cualquier elenco de 1988, piel real, calor real. Lo chupé profundo, garganta apretando, saliva resbalando por sus bolas. Él me jaló el pelo suave, no fuerte, pidiendo más. Me subí, quitándome el calzón, y lo guié dentro de mí. ¡Ay, wey! Esa invasión lenta, estirándome, llenándome hasta el fondo. Gemí alto, paredes vaginales pulsando alrededor de su grosor. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando mi piel.
El aire olía a sexo: jugos míos mezclados con su esencia. Sonidos húmedos de carne chocando, nuestros jadeos roncos, la tele zumbando de fondo con diálogos apasionados. Él me amasaba las nalgas, dedos rozando mi ano, enviando chispas. "Más rápido, reina, dame todo tu poder", rogó. Aceleré, clítoris frotando su pubis, placer subiendo como lava. Pensé en el cast de Pasión y Poder 1988, en esas miradas que prometían esto, pero aquí era nuestro, crudo, mexicano.
Cambié de posición: él encima, pero yo lo controlaba con piernas enredadas. Misionero intenso, su peso delicioso aplastándome, verga embistiendo profundo. Sentía cada vena rozando mis paredes, bolas golpeando mi culo. "¡Te voy a hacer venir como nunca, pendejita caliente!", gruñó, y yo arañé su espalda. El clímax se acercaba, tensión en mi vientre, pulsos acelerados. Olía mi propia excitación, dulce y almizclada, mezclada con su sudor.
De repente, volteamos: perrito, él detrás, manos en mi cintura. Me penetró fuerte, salvaje, pero siempre chequeando: "¿Está chido, amor?". "¡Sí, cabrón, no pares!". Cada estocada mandaba ondas de placer, pezones rozando el cuero del sofá, fresco contra mi piel ardiente. Mi mente gritaba:
Esto es pasión y poder, puro, sin guion. Él aceleró, "Me vengo, Ana...", y yo exploté primero: orgasmo cegador, panocha contrayéndose, chorros de jugo mojando sus muslos. Él se corrió dentro, chorros calientes llenándome, gruñendo mi nombre.
Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa. Su semen goteaba lento de mí, cálido, íntimo. Lo besé suave, saboreando el afterglow. "Eres mejor que cualquier estrella de Pasión y Poder 1988 cast", le dije, riendo bajito. Él me abrazó, "Tú eres mi Verónica, con más fuego". Nos quedamos así, tele apagada, solo nuestros corazones latiendo en sintonía. El poder era nuestro, la pasión eterna, como esa novela que nos unió.