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Pasiones Argentinas en Carne Viva

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Pasiones Argentinas en Carne Viva

Ana caminaba por las calles empedradas de la Roma, en el corazón de la Ciudad de México, con el bullicio de la noche envolviéndola como un abrazo cálido. El aroma a tacos al pastor se mezclaba con el perfume de jazmines que flotaba desde los balcones, y el eco de risas y música le aceleraba el pulso. Había oído hablar de esa milonga clandestina en un sótano de un edificio viejo pero chulo, un lugar donde los argentinos traían su fuego a la capital mexicana. Pasiones argentinas, decían las amigas, con esa mirada pícara que prometía más que unos pasos de tango.

Al bajar las escaleras, el sonido del bandoneón la golpeó como una ola. El aire estaba cargado de humo de cigarro rubio y sudor fresco, ese olor terroso que despierta instintos primarios. Ana se ajustó el vestido rojo ceñido, sintiendo la tela rozar sus muslos como una caricia prohibida. Sus ojos negros escanearon la pista: parejas enlazadas en un abrazo mortal, cuerpos que se mecían con una intensidad que hacía vibrar el piso bajo sus tacones.

Allí estaba él. Diego, con su melena oscura revuelta y una sonrisa que cortaba como navaja. Argentino puro, de Buenos Aires, con esa porteña arrogancia que volvía locas a las chilangas. La vio de inmediato, sus ojos grises clavándose en ella como si ya la hubiera desnudado.

¿Quién es esta morra que me mira así? Neta, parece que trae fuego adentro
, pensó Ana, mientras su corazón latía desbocado. Él se acercó, extendiendo la mano con la elegancia de un tanguero nato.

Che, boluda, ¿bailás? —preguntó con ese acento cantarín que le erizaba la piel.

—Órale, güey, enséñame tus pasiones argentinas —respondió ella, juguetona, sintiendo el calor subirle por el cuello.

La pista los engulló. Su mano en la curva de su espalda era firme, posesiva, el calor de su palma traspasando la tela delgada. Cada giro, cada pausa, era una promesa. El bandoneón gemía como un amante herido, y el roce de sus muslos la hacía jadear bajito. Olía a él: colonia amaderada mezclada con el salitre de su piel, un aroma que le nublaba la razón. Chingao, este pendejo sabe mover el cuerpo, se dijo Ana, mientras sus pechos rozaban su torso con cada ocho del tango.

La canción terminó, pero ellos no se soltaron. Sus respiraciones se entrechocaban, pesadas, cargadas de electricidad. Diego la miró fijo, los labios entreabiertos.

—Vení conmigo. Quiero mostrarte más.

Ana no pensó. Solo asintió, el deseo ardiéndole en las entrañas como mezcal puro. Salieron a la noche mexicana, el viento fresco lamiendo su piel sudorosa. Tomaron un taxi hasta su depa en la Condesa, un loft con ventanales que daban a los árboles iluminados. Apenas cerraron la puerta, él la arrinconó contra la pared, su boca capturando la de ella en un beso voraz.

Su lengua sabía a vino malbec y a algo salvaje, invadiendo su boca con la misma pasión que ponía en el baile. Ana gimió, clavando las uñas en su nuca, tirando de su cabello.

Esto es lo que necesitaba, neta. Un argentino que me haga olvidar el pinche estrés de la oficina
. Sus manos bajaron por su espalda, amasando sus nalgas con fuerza, levantándola hasta que sus piernas se enredaron en su cintura. El vestido se subió, exponiendo sus bragas de encaje negro, y él gruñó contra su cuello, mordisqueando la piel sensible.

—Sos una diabla, mexicana. Me tenés loco —murmuró, su voz ronca como el bandoneón.

—Pues desatá tus pasiones argentinas, carnal. Quiero sentirte todo —exigió ella, arqueando la espalda.

La llevó a la cama king size, tirándola con gentileza pero urgencia. La luz tenue de las velas parpadeaba sobre sus cuerpos, proyectando sombras danzantes. Diego se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por años de tango: músculos definidos, vello oscuro que bajaba hasta la V de su abdomen. Ana se lamió los labios, el pulso martilleando en su centro. Él se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, inhalando su aroma almizclado de excitación.

—Huele a cielo, reina —dijo, antes de enganchar los dedos en sus bragas y arrancarlas de un tirón. Su lengua la encontró de inmediato, lamiendo con lentitud tortuosa, saboreando cada pliegue húmedo. Ana gritó, las caderas elevándose, el placer como rayos eléctricos subiendo por su espina. ¡Qué chingón! Nadie me comía así. Él succionaba su clítoris con maestría, dos dedos curvándose dentro de ella, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, sus gemidos ahogados, el roce de su barba incipiente contra su piel sensible.

Pero Ana quería más. Lo empujó hacia arriba, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Puta madre, qué pieza, pensó, envolviéndola con la mano, sintiendo el calor y la dureza de acero vivo. Él siseó, cerrando los ojos.

Despacio, boluda, o me vengo ya.

Ella sonrió maliciosa, lamiendo la punta, probando el sabor salado de su pre-semen. Lo tomó en la boca, chupando con hambre, la lengua girando alrededor del glande mientras su mano bombeaba la base. Diego maldecía en argentino, las caderas empujando, follándole la boca con cuidado. El olor de su excitación la embriagaba, mezclado con el cuero de sus zapatos tirados a un lado.

No aguantaron más. Él la volteó boca abajo, colocándose detrás. El colchón se hundió bajo su peso, su pecho pegado a su espalda, el calor de su piel quemándola. La punta de su verga rozó su entrada, lubricada y lista.

—¿Estás segura, mi amor?

¡Sí, pendejo! Métemela ya! —suplicó ella, empujando contra él.

Entró de un solo golpe, llenándola por completo. Ana aulló, el estiramiento delicioso, sus paredes contrayéndose alrededor de su grosor. Él empezó a moverse, lento al principio, cada embestida profunda, el sonido de carne contra carne resonando en la habitación. Sus manos agarraban sus caderas, marcándola con los dedos, mientras besaba su nuca, mordiendo el lóbulo de su oreja.

El ritmo aumentó, salvaje, como un tango furioso. Ana se arqueaba, el sudor chorreando entre sus pechos, el placer acumulándose en espiral.

Esto es puro fuego argentino. Me va a romper en mil pedazos
. Él la volteó de nuevo, cara a cara, para mirarla mientras la penetraba. Sus ojos se clavaron, almas conectadas en el éxtasis. Ella clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos, mientras él gruñía su nombre.

Ana, me aprietas tan rico... ¡Venite conmigo!

El orgasmo la golpeó como un terremoto, olas de placer convulsionándola, su panocha ordeñando su verga. Diego se corrió segundos después, llenándola con chorros calientes, colapsando sobre ella en un enredo de miembros temblorosos.

Se quedaron así, jadeantes, el aire pesado con el olor a sexo y piel satisfecha. Él la besó suave, trazando círculos en su vientre.

Pasiones argentinas en México... quién lo diría —susurró.

Ana sonrió, el corazón lleno, el cuerpo laxo. Neta, esto fue épico. Ojalá no sea la última. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en ese loft, el mundo se había detenido en un abrazo eterno.

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